
Yo sólo quería sacar todo el dinero, mi dinero, de la cartilla. Quinientos veinticuatro euros con veinte céntimos. Lo que me quedaba para pasar el mes, una vez descontados el alquiler, el coche, y demás letras. Menos de veinte euros por día. Así he ido tirando durante el último año desde que vine aquí. Esta es un pueblo pequeño, la vida es barata. No hay cines, ni teatros, ni discotecas, ni centros comerciales. Con veinte euros al día, en Madrid, rozaría la miseria. Aquí, vaya, aún terminaba el mes con unos ahorrillos que gastaba en libros que pedía por correo. Novela negra y novela rosa. Usados y de bolsillo. La mayoría descatalogados. No es que me gusten estos géneros, en realidad no me gusta leer. Tengo una enfermedad visual, con una denominación complicadísima que he sido incapaz de aprenderme. Algo así como vista perezosa. Leer estos libros era como pasear todas las tardes por el mismo parque. Los árboles estarían desnudos o frondosos, podía lucir el sol o soplar el viento. El parque como las historias románticas o policíacas tenía el mismo sustrato. Lo importante era caminar, el movimiento.
No es que llevara una vida excitante, pero tampoco era desgraciado. Tampoco extrañaba mi vida anterior. No me hacía planteamientos trascendentes. A los ojos de los demás, pasaba totalmente desapercibido. O eso creía. Apenas me relacionaba con la gente. No había mucho tiempo. Trabajaba cuatro días por semana, de vigilante en la central nuclear, a cinco kilómetros del pueblo, en turnos de doce horas. Los días libres los pasaba en casa leyendo, a veces salía a pasear por el parque. Los domingos que no tenía turno iba a misa. No soy católico, ni siquiera creyente, pero me gustan las iglesias, sobretodo si son antiguas. Al salir de misa el teniente nos invitaba a mí y al cura a comer en su casa. Tampoco el teniente era creyente, y las iglesias le daban grima. Sin embargo, el domingo era el único día que podía eludir, por unas horas, sus responsabilidades de máxima autoridad. Ir a misa era una trasgresión disculpable. Su mujer le había abandonado apenas un mes después de que fuera destinado aquí. La primera vez que acudí a su casa, me enseñó una foto de boda. Este pueblo no es para ella, le dije. Se debía sentir como un pájaro en una jaula. En la mirada se ve que es una mujer que necesita que el mundo gire. Aquí la vida es como en el polo, no se siente el movimiento de la tierra. Al teniente le pareció interesante mi punto de vista, que en realidad no era mío. Debí de leer algo así en una novela. Desde entonces, escuchaba embebido mis opiniones. Supongo que por eso me invitaba a comer. El cura era un tipo afable y bonachón. Nunca entendí porqué rechazaba las invitaciones de otros fieles, y en cambio, aceptara reunirse con dos incrédulos. Quizá quisiera seguir a rajatabla el mandato bíblico de juntarse con los pecadores para buscar su redención. O simplemente el asado de cordero que nos preparaba el teniente le recordase al que hacía su madre. Era el último de los cinco pueblos donde celebraba misa. Aunque no intervenía en la conversación, su presencia era clave. Tanto el teniente como yo, buscábamos constantemente el apoyo en alguna mueca de su rostro que afianzara nuestros argumentos, normalmente bastante débiles. Los tres debíamos de andar por los treinta y cinco años. Los tres éramos novatos en el papel de huérfanos. Habíamos perdido recientemente el apoyo de las personas que constituían la razón de nuestras existencias. El teniente a su esposa, el cura a su madre, yo a ambas. Pero de estas cosas no solíamos hablar. De eso hablaban ya nuestros gestos. El tamborileo nervioso de las manos del teniente sobre la mesa, como si redactase un atestado, mirando con los párpados entrecerrados al cura, el cigarrillo colgado como una baba, mientras el sacerdote giraba la cabeza para dirigir su mirada hacia la ventana, con una mano masajeando el pecho, hasta que yo, tras cruzarme varias veces la chaqueta, y carraspear otras tantas, sentenciaba sobre el tiempo para abrir otro debate sobre la nueva variante de la nacional, la liga de fútbol, la apertura de la veda de caza. Rara vez nuestros oficios centraban la discusión. Un nuevo manto para la virgen, la necesidad de cambiar la astrosa bandera del cuartel, o el parón de doce horas por mantenimiento de la central, lo más que puedo recordar. Tampoco había mucho más. Era un pueblo tranquilo. Alli no se cometían delitos, ni infracciones de tráfico. Ni nacía ni se moría nadie, ni bodas ni bautizos. La central estaba a desmano de todas partes para que los ecologistas fueran hasta allí a protestar. No se me ocurre ninguna razón por la que nada destacable en lo concerniente a nuestra forma de ganarnos la vida pudiera ser motivo de comentario. La única vez que la hubo, nuestras existencias asentadas se desbarataron.
Llevábamos tres semanas sin comer juntos en domingo. Yo había trabajado sin tregua. Había tenido que acudir durante los fines de semana a cubrir los turnos extraordinarios, debido a las obras de reforzamiento en el reactor de la central. De esto hablábamos precisamente el último domingo que nos vimos. El teniente se levantó para poner el café. Entonces el cura me dijo que se marchaba a dar clases de religión en la capital, que el domingo siguiente, vendría su sustituto y después de la misa se marcharía. Yo también me marcho dijo el teniente desde la cocina. Desvié la mirada hacia la ventana y me puse a tamborilear con las manos sobre la mesa. Reconozco que por primera vez en mucho tiempo me invadió la melancolía. No me gustan los cambios. Ya me había hecho a la vida apacible y anodina del pueblo. No era aquella una vida excitante, pero no era desgraciado. Creo que lo he dicho antes. Quisiera subrayarlo. No ser desgraciado era lo máximo a lo que podía aspirar. Mi garita en la central. Mi casita en lo alto del pueblo, pequeña y destartalada, pero acogedora. Las lecturas irrelevantes para mantener despierta la mirada y los paseos por la alameda, en mis días libres. Los domingos que me podía permitir, ir a misa y comer con el cura y el teniente. Con quinientos ochenta y cuatro euros con cuarenta céntimos, para pasar el mes. No pedía más. En estas cosas supongo que pensaba, cuando el teniente irrumpió con la cafetera en la mano. No le des más vueltas, dijo. Nos sirvió el café y desapareció de nuevo. Regresó con una caja de farias esbozando una extraña sonrisa. Se lo había requisado a unos pelanas que se habían despistado y se habían metido en el pueblo en lugar desviarse por la nueva variante. Era hachís. El cura se santiguó cuando se encorvó hacia la mesa para olfatear el contenido de la caja. Es una ocasión especial, esto no puede ser pecado, padre. Sentenció el teniente. Quizá no nos volvamos a ver en la vida. Y para acompañar, sacó una botella de orujo de su tierra. ¡Qué carallo! Los tres llevamos demasiado tiempo cumpliendo con nuestros deberes sin desviarnos un milímetro. Es hora de romper la rutina. Hay que hacerlo de vez en cuando, para no apolillarse. Mientras el teniente continuaba con su perorata, y liaba tres canutos como si lo hubiera estado haciendo todos los domingos, el cura y yo observábamos con cierta perplejidad pero sin mostrar la más mínima oposición. El teniente encendió su canuto, aspiró y dejó tiempo para que el humo invadiera hasta la célula más remota de su cuerpo. Luego nos vomitó el humo al cura y a mí, a partes iguales, como quien riega un jardín. ¡Qué coño! Dije. Tomé un canuto, lo encendí y se lo ofrecí al cura que lo tomó dubitativo. Tomé el tercero. Venga padre, le dije. Aspiramos a la par. Más lento, le dije. A la tercera calada, prorrumpimos en carcajadas. Hablemos sobre lo divino y lo humano, dijo el teniente.
-Tú cómo te metiste a cura.
-El Señor me llamó.
-Ya veo. ¿Cómo fue?
-Verás, yo estaba para casarme, con la boda planificada y todo. Cuanto más se acercaba el día, sentía con más fuerza, una especie de quemazón en el pecho. Yo entonces era aficionado a la pesca. Un día, a una semana de la boda, salí a pescar. No había pescado nada en toda la mañana. De repente se hizo el silencio, como si la corriente del río se congelase, el cielo se cubrió de nubes, y sentí un tirón como si hubiera picado el anzuelo una ballena. Tan es así, que me hizo zambullirme en el río. Al final el sedal se partió. Regresé a casa y me metí en la cama tiritando. Al día siguiente cuando me desperté, vi con claridad cuál era mi destino.
-¡No me jodas!
-¿Y a ti, por qué te abandonó tu mujer? Dijo el teniente, dirigiéndose a mí.
-Por lo mismo que a ti, supongo. Ya te lo conté, hablemos de otra cosa anda.
-Te recuerdo que me dijiste que se había muerto. Osea que te dejó tirado como a una colilla, eh? Te pillé.
-¡Hijo de puta!
-Haya paz hermanos. Medió el cura. Fumemos la pipa de la paz. Anda pásame otro.
-¡Coño con el cura! Pasemos a lo humano… Por cierto, antes de hacer voto de castidad…ya sabes..
-El qué.
-¡Coño, si te la follaste!
-Ella no quiso.
-Joder, esta si que es buena. Osea que nunca… ya sabes.
-No.
-Umm. Alguna paja te habrás hecho digo yo.
-Soy cura, pero también soy humano.
-No se hable más. ¡Vámonos de putas!
-¡Virgen Santa!
-Ya tendrás tiempo de saldar cuentas con el de arriba. Es lo bueno que tiene tu religión. Y tú, no me mires con cara de asombro, coño. Cuánto tiempo llevas sin afilar el lápiz.
El cura se levantó. Ya he tenido bastante, el jueves paso a despedirme, dijo. Cuando se disponía a abrir la puerta y marcharse, el teniente lo agarró de un brazo, y le apuntó con la pistola en la nuca. Simuló que disparaba. ¡Pa! Al sentir estremecerse la espalda del cura, debió de apiadarse y le dejó irse. Yo estaba completamente colocado. Había observado la escena con la misma indiferencia que la lectura de un capítulo de una de las novelas que pedía por correo. Vámonos de putas, le dije. Es mejor que te vayas.
Al día siguiente, al despertarme entendí el relato del cura, de cuando recibió la llamada. Tenía que marcharme yo también de aquel pueblo. Hice la maleta, tiré todos lo libros, cogí el coche y paré junto a la caja de ahorros. Yo solo quería sacar todo el dinero de la cartilla, quinientos ochenta y cuatro euros con cuarenta céntimos, lo que me quedaba tras descontar las letras. Con eso no iba a ninguna parte, pero era mi dinero. Sin dar explicaciones, ni despedirme de nadie. Así lo hice la última vez. No sabía a dónde ir. No estaba en el orden de mis preocupaciones. Ese sería el siguiente paso. Lo primero era sacar el dinero. Era primero de mes. Todos los viejos de la zona parecían haberse acordado venir a la misma hora a recoger su mísera pensión. Y no se morían los condenados, siquiera para dar algo de trabajo al cura. La cola no avanzaba. Estaba hecho un manojo de nervios. Sentía que las miradas se concentraban hacia mí. Los viejos cuchicheaban y me miraban con suspicacia. Como si fuese a atracar la caja. La muchacha del mostrador, descolgó el teléfono y estuvo un buen rato con el auricular pegado a la oreja sin pronunciar palabra. Colgó y prosiguió con sus tareas. De vez en cuando alzaba el cuello y sentía que me miraba. Luego giraba la cabeza hacia el ventanal. Cuando me llegó el turno, la muchacha volvió a alzar el cuello. Me giré, y vi tras de mí, a unos metros, al cura. Se acercó, me puso una mano en el hombro y me pidió que saliera con él afuera, que tenía un asunto urgente que tratar conmigo. Fuera esperaban dos guardias civiles. Uno de ellos me esposó mientras el otro me leía los derechos.
Yo solo quería sacar mi dinero, le dije una y otra vez al teniente en el cuartel. Te pillé de nuevo, me decía., tras poner sobre la mesa las fotografías de mi esposa y de la prostituta asesinada la noche anterior. Son clavadas, como las marcas del cuello, como las huellas dactilares encontradas. Las tuyas.
¡Hijo de puta!
Leave a reply