Cae la mano rendida a la recia doblez de la noche.
Liviano pañuelo ahorcado en el palo de mi brazo.
Llanto nunca echado,
Bienvenidas y despedidas no dadas…
A los que nunca estuvieron, por lo que nunca ha pasado.
Tal es el peso que moja la soga que tira de mi mano

¿Quién va? Quien vaya,
Quienquiera que viniera ha desistido.
Nunca nadie ha vuelto sin haber ido.

Tan sólo amagos aquí y allá,
De viento que se levanta
¡Mira! Ya ondea la bandera
De la patria de mi cuerpo
Y sin embargo, sigue quieto,
Y mi mano, muerta.

Hola, alguien saluda. Tan solo una sospecha
El silencio emboscado,
Tras el chisporroteo de una farola
Que arroja su resplandor marchito, abrigo de invierno,
Sobre el lecho de un mendigo, la sombra de mi cuerpo

Ponte a trabajar, mano ociosa,
desfonda el suelo de la noche,
extrae de la tierra con ímpetu renovado,
el cielo aplastado entre las raíces de tu espanto,
no te hundas mano estéril sin haber fecundado
un dulce epitafio,
el que Dios pone en tus labios,
cuando transformas tu agonía
en el eco de las buenas noches
que anuncia que tras las noches vacías…
vendrán días…