¿De dónde dices que eres?―Insistí, si bien había oído perfectamente el nombre de la localidad. ―Soy ta-ta-ta-ta-tano―. El gentilicio me despistó. Raíz latina, pensé. Ta-ta-ta… debió ser el nombre con que nuestros ancestros romanos nominaron aquel cerro pelado en el que nadie se había detenido nunca, hasta que el centurión Ta-ta-ta junto con sus hombres, se desmandaron cuando hacían de avanzadilla de su legión, y al caer la tarde, decidió montar el campamento allí mismo. Dispuesto a partir, al día siguiente, tras una noche de sosiego y solaz, debió de decir: ¡Por todos los Dioses! Quedémonos aquí, el lugar donde hemos alcanzado la dicha bien merece vernos morir.
Construyamos una ciudad. Y así lo hicieron, y ésta tomó el nombre de su fundador. Qué menos. Luego vendrían los visigodos, los moros, Isabel la Catolica, Felipe II, Napoleón, las guerras carlistas, los nacionales y los republicanos, Fraga y ZP y de resultas de la refriega histórica, la pobre Ta-ta-ta devino en ese insulso nombre que no consigo retener, por mucho que me lo repita el probo ta-ta-ta-tano. Al menos, sus habitantes han logrado perpetuar la memoria de su buen nombre original en el gentilicio. Menos da una piedra. Piedras y solo piedras es lo que había cuando el centurión Ta-ta-ta paró por allí, tiempo ha. Y piedra sobre piedra, anduvo Ta-ta-ta (la ciudad) el pedregoso camino de la historia. Resistencia numantina, manque solo les quede el gentilicio para atestiguar su hazaña. Delante de mí tengo a un ta-ta-ta-tano paradigmático. Su fisonomía también lo atestigua. Si no me hubiera dicho que era ta-ta-ta-tano hubiera pensado ―¡Vaya, qué tipo más curioso este! ― Ahora que sé su procedencia, respiro aliviado, pues mi asombro se transforma en lógica cuando asocio sus características (pasicorto, pecho hundido, hombros caídos, culo flácido, piel cetrina, pelo hirsuto, ojos saltones y claros, mirada cristalina, vello en las orejas, labios lamidos, frente estrecha y pómulos piramidales) con el gentilicio. Como si tuviera delante un bloque de piedra grisácea moteado con incrustaciones negras y brillantes y me viniera automáticamente la siguiente secuencia: cuarzo, feldespato y mica… ¡Granito! Equiliqua. Si no fuera por el vello en las orejas, la identificación entre un bloque de granito y un ta-ta-ta-no sería total. Un tipo duro y gris, pero con vello en las orejas. Reconozco que me fascina este extremo. Me indigna que la gente le ningunee por este rasgo. Le miran con descaro de oreja a oreja, como preguntándose ¿tendrá también pelos en la otra? Luego fruncen el ceño y miran al techo o al suelo en función de si la constatación de que efectivamente hay pelos en la otra, les haya causado espanto o repugnancia. ¡Necios!, se trata de un ta-ta-ta-tano cien por cien, y no sabéis ver más allá de unas matillas de pelo ensortijado y canoso que brotan de la glándula ceruminosa. Para mí son los asideros a los que me amarro para viajar en el tiempo y adentrarme en el océano de la historia en busca de una civilización perdida y fascinante como si pretendiese toparme a través de la mampostería de su rostro con los muros sumergidos de la Atlántida.
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