La vida afuera sigue su curso. Los inocentes escolares se transforman en ociosos adolescentes, igualmente alborotados. Los vecinos regresan con la compra semanal. La radio emite el último boletín informativo. Entretanto varias sirenas importunan los escasos intervalos de sesteo. No repararía en estas cosas si no fuera porque me son tan ajenas como lo son los ruegos de los duelos a sus muertos. Y si la vida es esa suma de murmullos distantes que percibo mientras ando y desando los caminos cortados de mi casa, entonces debo de estar en otra parte: un lugar impreciso, sin nombre. No es una prisión: conocería el delito, distinguiría entre el ruido de afuera y el silencio de la celda, detestaría uno y anhelaría el otro, haría planes para cuando fuera rehabilitado. No soy convicto, ni he sido condenado a las penas del infierno, tampoco estoy enfermo. Estoy vivo, pues huyo, aunque sea dentro de mi propio cuerpo.
La vida afuera sigue su curso. Los inocentes escolares se transforman en ociosos adolescentes, igualmente alborotados. Los vecinos regresan con la compra semanal. La radio emite el último boletín informativo. Entretanto varias sirenas importunan los escasos intervalos de sesteo. No repararía en estas cosas si no fuera porque me son tan ajenas como lo son los ruegos de los duelos a sus muertos. Y si la vida es esa suma de murmullos distantes que percibo mientras ando y desando los caminos cortados de mi casa, entonces debo de estar en otra parte: un lugar impreciso, sin nombre. No es una prisión: conocería el delito, distinguiría entre el ruido de afuera y el silencio de la celda, detestaría uno y anhelaría el otro, haría planes para cuando fuera rehabilitado. No soy convicto, ni he sido condenado a las penas del infierno, tampoco estoy enfermo. Estoy vivo, pues huyo, aunque sea dentro de mi propio cuerpo.
Recuerdo, aunque con esfuerzo, que hubo otro tiempo, que fui otro, quizá yo mismo. Pero eso ya es historia. Pasa la vida, pareciera que no ha pasado nada, después de tantos años. Yo era un niño que sembraba tierras vírgenes con semillas de cerezo. Suenan los pitidos del ascensor que es llamado. Me recuesto sobre la puerta, me deslizo lentamente hacia el suelo mientras voy cerrando los ojos. Voy hacia atrás en el tiempo, sigo la vaga senda del recuerdo, me hago pequeño. También entonces huía de mi tiempo, cavando hoyos en el campo. Cerraba los ojos y sentía el tacto de la tierra que sacaba a puñados como si fuera la corteza de un árbol, decenas de veces casado con otras tantas ninfas sacadas de mis sueños. Intento trepar por el tronco. De pie, me despierto. El chasquido de mis rodillas como golpe seco de un hacha que tala los árboles del huerto, me ha devuelto al desierto. Así que todo era esto.
Recuerdo, aunque con esfuerzo, que hubo otro tiempo, que fui otro, quizá yo mismo. Pero eso ya es historia. Pasa la vida, pareciera que no ha pasado nada, después de tantos años. Yo era un niño que sembraba tierras vírgenes con semillas de cerezo. Suenan los pitidos del ascensor que es llamado. Me recuesto sobre la puerta, me deslizo lentamente hacia el suelo mientras voy cerrando los ojos. Voy hacia atrás en el tiempo, sigo la vaga senda del recuerdo, me hago pequeño. También entonces huía de mi tiempo, cavando hoyos en el campo. Cerraba los ojos y sentía el tacto de la tierra que sacaba a puñados como si fuera la corteza de un árbol, decenas de veces casado con otras tantas ninfas sacadas de mis sueños. Intento trepar por el tronco. De pie, me despierto. El chasquido de mis rodillas como golpe seco de un hacha que tala los árboles del huerto, me ha devuelto al desierto. Así que todo era esto.
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