He ordenado mis cosas, he fregado el suelo y me he apostado en el quicio de la puerta a deleitarme en el inusual espectáculo de contemplar las cosas tal cuál deberían estar siempre: dispuestas tal como lo haría mi madre: la ropa limpia y recién planchada, las camisas a un lado, los jerséis apilados en la balda superior, los pantalones con la raya marcada; los cristales de la ventana, invisibles; la cama hecha, sábanas limpias con aroma a sueños de lavanda; los libros colocados en la estantería, verticales, suspendidos en la distancia que resulta de contrarrestar la gravedad terrestre de la fuerza ascendente de las ideas que contienen…
… Y el aire que recorre toda la casa, limpio, transparente, frío como la corriente de las montañas, cálido como el mar del trópico. Respiro el oxígeno de las alfombras que sobrevuelan los lugares que creo haber visitado. Exhalo dióxido de carbono en forma de pompas para alimentar las plantas salvajes que brotan de mi pecho. Aquí reina la calma. Disfruto de la paz del náufrago felizmente hallado en la civilización que buscaba cuando le sobrevino la tormenta. Nada me inquieta. Lo que podía turbar mi descanso es lo que he olvidado: los recuerdos desgraciados y los pensamientos malditos; los deseos que un día me hicieron desgraciado y maldito. Se los dicté a un confesor excomulgado. Con densa resina los encuadernó y con las manos temblando me los entregó en un grueso tomo de tapas grises. Lo uso de tope, debajo de una de las patas de la cama que quedaba coja.
Al atardecer, cuando las cosas limpias y ordenadas comenzaban a apagarse y dejaba de percibir que estaban ordenadas y limpias, me he recostado en la cama con la ventana entreabierta. Todo está tranquilo… desde que no pasa nada. Lo que pasa, pasa fuera. Lo que pasa dentro, es pasado, fue. Lo uno y lo otro están unidos por un hilo de lento viento que se cuela por un resquicio: el silbido lejano del tren que cruza la vega antes de adentrarse en el túnel de la sierra; el griterío apagado de los niños antes de recogerse para hacer los deberes; la música monocorde del transistor del vecino: el ulular de los perros, la orquesta oxidada de los grillos; puertas que se abren o cierran; pasos que se aproximan, se detienen y se alejan… Sonidos que vienen a fundirse con los ecos del ayer bajo la pata de mi cama, sumidero infinito, ancla que fondea el abismo de mis pensamientos centrífugos que sólo consigo levar al amanecer, cuando me despierto en la luz de un nuevo mundo, distinto del que creía provenir, como un recién nacido que se frota los ojos antes de abrirlos y contemplar sosegado el orden y pulcritud que reinan a su alrededor. Todo está en calma. Aquí reina la paz. ¡Qué dicha vivir así! Sin que pase nada… cuando acaba de pasar todo ante la mirada.
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