Por el capricho de un arquitecto, injustamente olvidado, los alargados bloques de viviendas de la calle habían sido dispuestos alternativamente, uno mirando al frente, otro dando la espalda. En cambio, la numeración de los portales pertenecían todos a la misma calle, de tal manera que los que desconocían esta peculiaridad, y por alguna razón misteriosa tenían que dirigirse a una vivienda, se volvían locos cuando trataban de orientarse dentro de semejante laberinto. Y eso que, paradójicamente, mirándola desde un extremo, la calle parecía guardar una respetable lógica, mas pronto se descubría engañosa y disparatada. Por si esto no fuera suficiente, los bloques no eran paralelos a la calzada, sino que conforme avanzaba la calle, se iban abriendo en ángulo cada vez más acusado de manera que el último bloque estaba situado de canto, y sus dos portales, uno miraba al norte y otro al sur. Los entendidos en geometría aducían que como la calzada se iba estrechando, la inclinación paulatina de los edificios generaba la ilusión óptica de que la calle estaba proporcionaba. ¿Y por qué se tuvo que estrechar la calle? Replicaban los más escépticos. ¿No hubiera sido más sencillo hacer la calle con la misma anchura de principio a fin, y colocar los bloques alineados, uno tras otro, como en todas partes? Pero esto eran lucubraciones que solo se hacían quienes no vivían en el barrio. Los vecinos, por el contrario, estaban tan acostumbrados a lo que a los demás se les antojaba desconcertante, que no perdían el tiempo entrando en estas consideraciones.
La calle en cuestión se llamaba calle del Doctor Prudencio Jiménez Iturralde, pero todo el mundo en el barrio la conocía como “La calle”. Tal era la cosa, que cuando algún forastero se interesaba por la calle del Doctor Prudencio Jiménez Iturralde, contestaban lacónicamente “Aquí no es” o “No me suena”. El visitante en cuestión se veía sumido en el desconcierto, incluso si por casualidad en su peregrinar por el barrio se topaba con “La calle”, pues ésta, a lo largo de sus seiscientos metros y cuarenta y ocho números, veinticuatro a un lado y veinticuatro del otro, no tenía ni un solo cartel que la identificara.
La calle empezaba y terminaba en sendas plazas redondas: la plaza del Doctor Constancio Rivas Manrique y la del doctor Jeremías Álvarez Torres, que siguiendo la lógica simplificadora de los habitantes del barrio, eran denominadas “Plaza Pequeña” y “Plaza Grande” respectivamente, pese a que ambas tenían el mismo tamaño. “¿Y por qué ésta es la pequeña y aquella la grande?” Le pregunté a un vecino que salía del número uno. Yo venía de la grande, y ahora que estaba frente a la pequeña, juraría que ambas me parecían iguales. “Pues porque esta es pequeña, y aquella es grande y na más”, me contestó con desdén.
Toda una mañana me costó encontrar el número 50 de la calle del Doctor Prudencio Jiménez Iturralde. A pesar de las explicaciones de los vecinos, pude dar con él. Gracias a la foto del anuncio que llevaba conmigo, y que tuve la suerte de que el número estuviera de frente, al menos en una de las innumerables veces que la anduve de un extremo a otro, pues al guardar el bloque una inclinación de cuarenta y cinco grados con respecto a la dirección de la calle, esto es muy relativo. Debo de llevar varios años viviendo en el cuarto piso. No sé exactamente cuantos. Al igual que la calle, el tiempo aquí sigue una progresión torcida. El caso es que me he hecho a mi barrio. Me resulta absurdo, y no pierdo el tiempo entrando al trapo, cuando me encuentro con alguien que me pregunta por la calle del Doctor Jiménez Iturralde, “Aquí no es” respondo. O si me discuten que la “plaza pequeña” es igualmente grande o pequeña que la “plaza grande”, arguyo que “ésta es la pequeña” y “aquélla la grande”, “y na más”.
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