Cuatro hombres aguardaban en el interior de un vehículo aparcado enfrente de mi casa. Sus rostros disueltos en la negritud de la noche, parece que durmieran o hubieran muerto, eran imperceptibles incluso si hubiera pegado la cara al cristal de una ventanilla. En cambio, he sabido de su presencia cuando al cerrar la puerta Gracián, mi perro, ha tirado de la cuerda para conducirme hasta el coche, mientras gruñía de la manera que solo hace cuando advierte el peligro. Atraído por el olor a caucho todavía caliente ha olfateado la rueda trasera unos segundos, ha alzado la pata y ha miccionado. No deben de llevar mucho tiempo. Ninguno de los hombres se ha inmutado ante el gesto desvergonzado de mi perro. ¡Qué sabrá el animalito!

Al alejarme calle abajo he mirado hacia atrás y he visto relampaguear sus ojos en el interior. Mi miedo se ha propagado por la cuerda y Gracián ha tirado con más fuerza incitándome a acelerar el paso. Al doblar la esquina he sentido el rugido de un motor, juraría que era ese coche, pero no podría poner la mano bajo el fuego. Me he quedado paralizado unos segundos, pensando que venían a por mí. Han pasado de largo. He soltado a Gracián y me he sentado, aliviado, en un banco a fumarme un cigarrillo. Las manos me temblaban todavía. Las orejas me dolían del frío. De vez en cuando crujían a la manera en que lo hace el televisor al rato de apagarse. Gracián se ha puesto a perseguir las hojas secas de los plátanos que corrían al ras del bordillo de la acera. Cuando me disponía a fumarme un segundo cigarrillo, Gracián ha comenzado a ladrar desafiante enfrente de mí. He guardado el pitillo en el paquete y me he levantado para volver a casa. Ya estaba más sosegado. Sin embargo, me he vuelto a sobresaltar al ver desde la distancia, la puerta de mi casa entreabierta y la luz del recibidor encendida. Ese coche seguía aparcado enfrente, pero no he visto sus ojos parpadear fulminantes como hacía un rato. He permanecido agazapado junto a la verja por unos minutos. Gracián ha entrado medio cuerpo y con la cabeza vuelta me miraba con una mueca de incomprensión mientras meneaba el rabo. Deben de estar dentro, he pensado. Más no se oía más ruido que el del viento y las hojas que arrastraba. La puerta se ha cerrado de un golpe de viento. El perro se ha quedado dentro. Han entrado. Era seguro, pues ha sonado apenas dos segundos el teléfono y alguien lo ha debido descolgar. Seguidamente Gracián se ha puesto a ladrar a la manera en que lo hace cuando el peligro acecha. Se ha callado o lo han callado. Sin pensarlo he corrido hasta alcanzar la calle principal. He tomado un taxi y me he dirigido a casa de mis padres. No les he contado nada de lo ocurrido para no preocuparles. Les he salido con el cuento de que me había dejado las llaves en el trabajo. Soy despistado y no es la primera vez que me hubiera ocurrido si hubiese sido cierto. Les ha resultado creíble. Allí he pasado la noche.

No he vuelto a casa hasta mediodía, después de trabajar. Gracián se ha puesto a ladrar al notarme cerca. El modo en que lo ha hecho me ha dado seguridad para abrir la puerta sin titubeos. Ese coche ya no estaba aparcado enfrente. He revisado toda la casa y no he echado en falta nada. Me he tumbado en el sofá. Cuando me estaba amodorrando ha sonado el teléfono y cuando tenía la mano sobre el auricular, a punto de descolgar, ha dejado de sonar. Gracián ha comenzado a ladrar del modo en que sólo lo hace cuando siente el peligro. Al separar la mano del teléfono he sentido en las yemas de los dedos la sensación del tacto de una mano ajena.