Mientras hundía repetidamente mi escudilla en las aguas del río he mirado al cielo. Una niña correteaba risueña por la ribera intentando hacer volar su cometa: un triángulo azul más grande que ella que apenas levantaba un par de metros del suelo. El cielo hoy parece mostrarse igualmente tacaño. Los sueños, sean en forma de pepitas de oro o de pájaro artificial, son algo propio de niños o de mentes febriles, como la mía. Pronto dejaré este oficio. Me dedicaré a otra cosa igualmente ociosa. Quizá emigre al páramo. He oído que hay una vacante de zahorí. Conozco bien el agua. La piel de mis piernas tiene el tacto del murmullo de la corriente. Todo lo que tengo que hacer es andar descalzo por la hosca llanura hasta sentir el gentil cosquilleo de las turbulencias subterráneas. Hasta que llegue el día en que de nuevo me dé por mirar al cielo y quizá entonces se abra. Si no tendré que buscarme otro oficio. Eso o sucumbir a la tentación de ponerme un paño caliente en la frente que disimule la fiebre.
La niña de la cometa llora desconsoladamente junto al río. Se le ha enganchado la cometa entre las ramas de un álamo. Al tirar, el triángulo azul de plástico más grande que ella misma se ha desgarrado. He lanzado mi escudilla en mitad del río. Se la ha llevado la corriente. Me he sentado a su lado. Juntos nos hemos quedado mirando al cielo.