Hoy al despedirme, he vuelto a mirarte
como el policía que lee los derechos
al delincuente,
pensando que no habría próxima,
como siempre,
oportunidad tendremos, seguro
de aquí a un trecho.
no sabes lo que me divierte,
quedarme con tu miedo
clavado en la frente
sólido muro,
¡cómo quisiera ser juez y parte!
y condenarte a muerte.
Dispararte dos balas en cada mirada,
la que me ofreces y la que te guardas.
Ver tu sangre derramarse
entre mis piernas,
como se ve el agua del río correr,
desde el pretil de un puente.
Suerte tengas. Al volver,
pues volverás,
cuando cambie la corriente,
habrá otra gente,
sino te buscaré, aunque sea tarde
de tí nunca tengo bastante.
Cien pasos he caminado a tus espaldas
y ya siento cómo el luto absorve mi alma.
Charol mojado en mis pies,
y en mis manos, algodón usado
felpa volada en la cabeza,
todos los miembros amputados volando
como pájaros asustandos por la tronera
de la torre de una audiencia,
y mi cuerpo enviudado despacio hacia el suelo,
como baja el monaguillo
por el hueco de la escalera
al doblar la campana
tras probar abajo
y quedarse con la soga rota
entre las manos.
Una nota aguda dentro,
insoportable sordera,
retumba en mi pecho
tambalea todo mi cuerpo
como la toga colgada
solitaria en el armario
después de pronunciar
sentencia grave
para la tierra y el cielo,
predica tu entierro
y te condena al infierno.
Hasta el hasta, martes, el martes,
me has dicho, te he dicho,
antes de dispararte.
La misma frase que antes.
La misma que te digo,
te diré más tarde.
Tirándonos las palabras,
como las balas erradas
de dos foragidos.
Seguimos en pie,
no nos hemos muerto.
Dime entonces
por qué nos miramos
como si deseáramos
estarlo.
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