Si elevo el brazo,
Si no arrimo el hombro.
Si no tiendo la mano
Si alzo el puño.
Si meto la pata.
Si te doy la espalda.
Si mi pecho desnudo
tapara con la barbilla
Si hundiera mi corazón
entre las entrañas
Si la rabia dejara
atar mis lágrimas
en gruesos nudos
Si dejara de beberme
el aire que se cuela
entre las falanges.
Si en vez de respirar
mi propia sangre
fuera el humo
que sale al gritar
lo que no se sabe.
Andaré de cabeza,
noche y día,
sin que un reproche
me haga.
Sencilla pereza.
Procuraré pues
conservar lo que es mío,
compartirlo contigo:
la pureza.
Guardar mi tesoro,
en cofre seguro.
La ignorancia de los pobres,
la fe de los creyentes,
la decisión de los fuertes,
la fragilidad del desvalido,
la candidez de los niños.
Multitud de almas
después de ser llamadas
y arrojadas desde mi garganta:
lentos roces de romero
en tus palmas abiertas
a un cielo sereno.