Nadie me ha arrastrado hasta aquí,
el lugar donde mi cuerpo se ha desplomado.
El bramido del gentío que me increpa
me llega como el eco de una voz
que apedrea el horizonte,
lejana y débil,
como una brisa ligera y tibia,
que quisiera rematarme
y mira por dónde,
me arranca cosquillas del costado.
Como el susurro tierno en la madrugada,
que antaño me tapaba y acurrucaba
entre los pliegues de las sábanas
hasta que se colaba la mañana
por la ventana
y transformaba mis sueños
en almohada.
Soñando debo estar
en medio de algo que no va conmigo.
Al menos, esta inoportuna cabezada
me permitirá velar
por lo que podría haber sido.
Rezar se reza cuando lo que se busca
no se encuentra en la naturaleza,
eso hago, por si lo consigo.
Ni engañado, ni a la fuerza
Ninguna conjura del destino.
Quizá por torpeza o desatino,
mis huesos traídos por la vereda
hasta una plaza de arena.
Mansamente yo mismo he conducido
las riendas hechas con hilo gramante
para que mis actos fueran por delante
y mis palabras tan solo polvo del camino.
Rutas he trotado
que vagamente podría trazar en un mapa,
ni declarar en la atmósfera hueca
de una audiencia,
donde un juez tomara testimonio
de mi inocencia.
Si bien sería fácil decir
que fueron de tal o de cuál
las manos que me empujaron
todavía me queda aliento
para en la memoria discernir
mi laberinto dactilar
índice, corazón, anular
por aquí,
meñique y pulgar
por allá,
el cristal del tiempo empañado
con mis huellas agujereado
dejando ver
que en todas partes
he estado.
De todos los lugares
vienen quejas.
El mundo en este momento postrero
se presenta cuál grano de gravilla
incrustado en la frente para no verlo
como recuerdo de una caída.
Duele,
como duele un órgano vital enfermo.
Se tambalea, tirita
y hasta parece desprenderse
cuando todo mi cuerpo se sacude
al sentir el filo de la espada
hundirse entre mi carne
buscando sangre
la que luego será tinta.
Tumbado boca abajo,
en una playa desnudo,
desplumado y desollado.
Tan solo me cubre
un cielo desmayado,
como la sangre a una herida.
Afuera toda la rabia,
el ímpetu y la furia,
dibujando el perímetro
de mi cuerpo maltratado,
como el que se traza
en la escena de un crimen.
Cabezazos en la arena,
para librarme de las ideas
que dan vueltas en mi cabeza,
mientras sube la marea
y mi cuerpo aguarda
que se hunda en el agua
y flote sobre la tierra.
Las olas royen mis piernas,
la luna enciende mi boca,
otra vida me espera,
o no,
¡ojalá lo supiera!
Lo sabría a ciencia cierta,
sino fuera yo quien soy,
sino cualquiera.
Si lo soy o no lo soy,
si soy como todos son,
o como quieren ser
cuando sueñan,
con los pies en las nubes
y la cabeza en tierra,
arrastrando la arena,
sea lo que sea,
aguantaré
como pueda.