
Seis de noviembre del presente
he vuelto a la ciudad
tantos años olvidada y ausente.
He pasado por delante del colegio,
de la iglesia, del parque.
por la biblioteca, la estación
correos y la calle mayor.
Le he puesto cara a los recuerdos
para saber que fue de vosotros
que fue de mí todo este tiempo.
Cuántas cosas ocurrieron
por primera vez.
¿Por qué me fui corriendo?
¿Por qué no he vuelto?
Pocas cosas quedan en pie
las viejas fachadas remozadas,
nuevos barrios a las afueras,
extrañas gentes ataviadas
al uso de todas partes
casi nada es diferente
Todo huele a muerte.
Lo que hay fue alzado
con la sangre
de los inocentes.
No hay papeles en el suelo
las aceras relucientes
la estatua de Neptuno
tiene un ojo tuerto
el viejo mercado demolido
y el cine de siempre embargado.
Grandes avenidas, hoteles
centros comerciales,
bancos y multicines
glorietas y fuentes
artificiales
bloques de viviendas
literas errantes
al borde de la carretera
tus habitantes descansan
duerme tu nombre
debajo de la cama.
Por la calle que baja al río,
ya cerca del puente
hay un viejo cafe
que sigue igual que antes
donde desayunaba
en tiempos de exámenes
mientras repasaba
los apuntes.
Allí ya no van los estudiantes,
ahora casi todos son emigrantes.
Me siento en la barra
saludo al dueño
poco ha cambiado
buenos días caballero
decía antaño,
ahora va al grano.
Un café cortado.
Tres ancianos
los únicos paisanos
juegan al mus
al fondo difuminados
entre el humo del tabaco
y gritos de órdago.
El reloj de pared
al que no quitaba ojo
mientras musitaba la lección
recién aprendida
da la hora a destiempo,
segundos más tarde
que suenan las campanas
del ayuntamiento.
Dichoso intervalo
que despierta
el misterio de lo pasado
en dulce letargo,
entre el vómito
del humo del cigarro
y el trago de
un café amargo.
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