Una señora en sus cincuenta, madre de familia numerosa, seguramente ya abuela, aguarda al otro lado de la acera. El tráfico discurre por la calzada en desatada torrentera. Teñida de rubio oscuro, impecablemente peinada, los mechones de pelo bien colocados y enlacados, cortados al estilo de las acacias del paseo, recién podadas. Se abre el semáforo. Cruza las solapas de su chaqueta y mira a un lado ya otro de la calle, rígida como paso de Semana Santa. Lo único que parece tener vida propia es el cono de su falda, apenas por debajo de sus corvas, que homogeneiza la estructura sinuosa y abultada de su cuerpo. Camina con la mirada, entre el suelo y el horizonte, con pasos de bastón de ciego.
Me quedo parado, pensando en mis cosas. No sé cómo he ido a parar en este cruce. Me cuesta encontrar el rumbo que llevaba. Al pasar junto a mí, se pasa una mano por la frente y se mira la punta de los dedos, como quien traduce el mensaje inscrito en los renglones redondos de un tocón en el bosque. Recuerdos viejos, desgracias pasadas que el humo y el polvo de la ciudad difícilmente tapan. Se para, reanuda el paso y se vuelve a detener. Me dice algo a un metro de distancia con voz avergonzada. Me giro para pedirle perdón. No estaba escuchándola, cosas propias me rondaban la cabeza. Crispa las manos y entorna los ojos, dejando entrever que le ocurre algo, quizá yo pueda ayudarla. Le han robado el monedero, viene de fuera. No sabe qué hacer, no conoce a nadie. Rebusca en el bolso algo que le acredite, es una mujer honrada. Mientras sus brazo bucea entre los pequeños objetos, como aspa de molino espoleada por el viento, le extiendo un billete de cincuenta euros. Quisiera darle mucho menos, lo justo para el billete de vuelta, pero es lo únco que llevo. Y bastante tengo con saber a dónde voy, para andar buscando cambio, al menos ella lo tiene claro. La señora pega un brinco como si le hubiera tocado el gordo. Tropieza con el bordillo y casi se despanzurra mientras un taxi pasaba a todo trapo, levantando al vuelo el cono de su falda. Nos separamos, con el susto encima eclipsando la alegría de ver la preocupación resuelta. Al menos el hipo de la duda se me ha pasado, ya me acuerdo donde iba, aunque llego tarde.
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