No sé si conocen la sensación de verse envueltos en una situación embarazosa con tintes kafkianos, experimentada mil veces, de esas que hay que tragar saliba antes de resoplar y mirar al cielo mientras musitamos aquello de “otra vez la misma historia”. Cuando interpretan tus intenciones a la virulé y sientes que te están tomando por el pito del sereno; no encuentras cómo salir del paso de una manera airosa y diplomática, pues llevas un buen rato tratando de deshacer el embrollo y en lugar de aclarse ves que aquello se alarga interminablemente. Te insisten, erre que erre, en lo que no has querido dar a entender. Y lo peor es que por agotamiento, llegas a pensar que eres tú, en definitiva, quien ha provocado ese desenlace, pues de sobra sabías que la situación no podía terminar de otra forma.
Imagínense una agradable velada con amigos, amigos de tus amigos y otras personas a las que nadie a dado vela en el entierro. La conjunción de los astros y que tienes uno de esos días extraños en que los casi siete mil millones de humanos que superpoblamos el planeta te parecen interesantes, hacen que llegues a sentir a estos últimos más cercanos que los que realmente lo son cotidianamente. Al final acabas la noche intimando con uno de ellos, haciéndole confesiones que en otra ocasión, y sobre todo sereno, no harías. Poco antes de que la carroza se convierta en calabaza y pierdas un zapato, las aguas vuelven a su cauce, y cada uno se retira con quien le corresponde, conmigo mismo en mi caso. Pero, hete aquí que te piden el teléfono, que lo das, que quedas un día a tomar café, otro para ir al cine, a pasear por el Retiro… El teatro, el Prado, un partido de fútbol, patinar sobre hielo y todas esas actividades que normalmente no haces pero que aseguras soler hacer para hacerte el interesante ante alguien que no te despierta el más mínimo interés. Hasta que te invitan a pasar un fin de semana en una casa rural de Castrillo de Polvazares. Entonces es cuando abres los ojos y te preguntas cómo has llegado a tal extremo. Primero las excusas, las llamadas perdidas y las pérdidas de memoria. Luego encaras la situación de soslayo, “¡uy fíjate que te iba a llamar yo ahora!”; hasta que no te queda otra que arrostrar el mal trago: “mira, no es lo que parecía… “ Y no quiero ceñirme al tema sentimental. Podría poner mil ejemplos de toda índole. Del ámbito laboral sin ir más lejos. Cuando tu jefe te pregunta si tienes algo que hacer el fin de semana. Necesita alguien para un asunto urgente y estratégico que solo puede ser ejecutado por alguien de tu valía. A regañadientes aceptas una vez, dos veces, tres veces… como si hubieras dado a entender que no tienes mejor cosa que hacer que suplir la incompetencia de los directivos de la empresa, despreocupados y forrados, a la hora de gestionar los recursos.
Supongo que saben a qué me refiero. También habrán sido víctimas más de una vez. Ahora bien, no hablo de su ocurrencia como algo excepcional, sino habitual. Una cosa es olvidarse un día de dónde has dejado las llaves, y otra bien distinta es no saber nunca donde las has puesto. Este será el caso si la timidez es su religión. Uno acaba harto de ir por la vida poniendo notas a pie de página, cuando no, perdido en la esquizofrenia de no saber qué parte de uno es la original y cuál la traducción. Y qué me dicen de esos comentarios estúpidos en que te atribuyen una doble vida, o esa maldita forma de entornar los ojos, o esa mueca apagada de silencio suspicaz en la boca cuando una de cada tres mil veces te lanzas a emitir un comentario personal que no suele coincidir con lo que de tí se espera. O vas a tu aire y haces tuyo el dicho bíblico de quién tenga oídos para oír que oiga, o terminas por transformarte en una suerte de cajero automático y según quién y qué tecla pulse expendes la cantidad que se acomode a cada interlocutor. El problema llega el día en que te quedas sin fondos y tienes que explicar que en realidad lo tuyo no son los billetes sino el tabaco. Supongo que el malentenido estriba en mi falta de osadía y pedagogía a la hora de exponer mi criterio.
En estos días de sesera perezosa y sangre de horchata mucha paciencia hay que tener para darle miel al asno sabiendo que te la va a escupir a la cara. Entiéndanme, no quiero dar la impresión de ser la perfección andante, ni siquiera un incomprendido del que deban compadecerse (noten que no uso el repugnante y políticamente correcto verbo “empatizar”). Es más, seguramente lo que decía al principio del sentimiento de culpa tenga algo de cierto, pues en el orígen de todo malentendido parte, cuarto y mitad, o el total de la responsabilidad recaiga en mí por darle el sentido que a mí me conviene a las intenciones del otro, o ser excesivamente condescendiente.
No sé si es el tipo de vida que llevamos caracterizado por la prisa, la búsqueda de la felicidad en el sofá y las zapatillas de felpa; el mando a distancia y la bolsita de agua caliente sobre la panza mientras vemos en el telediario a los negritos famélicos de Somalia; el ansia desmedido por consumir todo tipo de objetos innecesarios, y el individualismo entendido como eufemismo del egoísmo; lo que nos aleja inexorablemente de lo sutil que hay en nosotros. Los matices se difuminan para entronizar lo genérico, emborronando lo que de particular y extraordinario tiene cada situación. Un mismo supositorio cura el dolor de barriga y trasforma el olor de piés en fragancia mentolada. A la ecuación del comportamiento humano le vamos quitando incógnitas, la simplificamos hasta tal extremo, para que cuadre con los excasos resultados posibles que se ajusten a un modo de ver las cosas unidireccional. Tarea tan imposible como meter un camello por el ojo de una aguja. Pues muchos creen haberlo conseguido.
Algo parecido sucede con el lenguaje. Es más, son fenómenos simbióticos. El léxico cada vez más empobrecido; la sintaxis, más farragosa. El diccionario y la gramática, de bolsillo y abreviados, se utilizan como quien sigue las instrucciones del juego de la oca. En la educación clásica, la retórica era una asignatura fundamental. No en el sentido peyorativo de afectación y grandilocuencia, sino como el arte de exponer los argumentos con brillantez y eficacia, para lo cuál era menester previamente entender, con el mismo arte, los del interlocutor. Y así, poder defender los propios, rebatir los del contrario, o compartir los de ambos. Ésto, en el sistema educativo actual, sería tachado de elitista. Lo que se prima es la igualdad, cosa que está muy bien, solo que la experiencia demuestra que el listón se sitúa a ras de suelo, si se aplica de manera dogmática. De resultas de lo anterior, cuando queremos decir algo que sentimos como propio, que se aparte de los lugares comunes donde suele abrevar el resto del ganado, corremos el riesgo de que a nuestras palabras les sea aplicado el gamellón como unidad de medida, y demos a entender cosa muy distinta de la que pretendíamos.
En una sociedad “multicultural” como la actual, donde “conviven” diferentes maneras de entender la vida, con lenguas dispares y escalas de valores muchas veces antagónicas, la solución política menos trabajosa, que suele ser la que a corto plazo más votos revierte, para que esto no se convierta en Babel consiste en transformar la sociedad en una moderna Sodoma y Gomorra haciéndonos creer que esto es Jauja. Cuando las lenguas y las culturas se mezclan no de una manera racional sino incestuosa, que es lo que suele ocurrir, acabamos todos como aquel muchacho chicano que se encontró Cela en Texas vendiendo dulces. “Tú qué haces, le preguntó Don Camilo. “Deliberando groserías” (delivering groceries)”, le contestó. Vamos, no diciendo las cosas como se debiera, ni una palabra que rechine, ni un pensamiento que pueda ofender, solo “bollitos” que empalaguen los oídos. Dentro queda lo importante, que no sale nunca, y si sale es demasiado tarde y está revenido, sabe amargo.