Los casos de ancianos con sídrome de Diógenes se están convirtiendo en una contante en la prensa, como los maltratos a mujeres, los atracos a joyeros, los accidentes del fin de semana o la llegada de cayucos . Siempre me queda la duda de si los telediarios reflejan lo que ocurre, o siguen un patrón que varía según la temporada. ¿Tendrán pasarelas informativas, “News fashion weeks” o algo semejante? Lo cierto es que hay asuntos que de la noche a la mañana desaparecen de los titulares como por ensalmo. ¿Dejan de ocurrir?, o simpelmente ya no son “tendencia”.
Recuerdo a mi madre despotricando por la casa de mi abuela (cuando ésta no estaba presente, ¡menuda era la “Tía María”!, ¡para llevarle la contraria!) haciendo acopio de todo tipo de cajas, envases, platos desportillados, y otros objetos ajados y en desuso. Ahora hace lo mismo con mi padre: “Me quieres explicar qué misterio tiene guardar toda esta mierda. Cada día te pareces más a mi madre”. Yo mismo debo de haber heredado algo de esta manía, no sé si de mi padre o de mi abuela. Hay veces en que me paso una semana sin tirar la basura. Pero lo mío creo que es simplemente desidia o vagancia. Trabajar como un cerdo y vivir solo, sin una madre que te hostigue dan como resultado tener la casa hecha unos zorros. Menos cuando le visitan a uno, que me paso las horas previas haciendo batida por todos los rincones con el plumero en ristre y la fregona al biés. Y qué bien suena luego que te digan “Hay que ver como tienes la casa, parece un museo, como los chorros del oro”. El caso es que últimamente cuando me voy a la cama, después de saltar por encima de la tabla de planchar, sortear media docena de rimeros de libros, arramblar con media docena de hojas del ficus (¡qué coño hará ahí en medio!), ropa sucia amontonada, me pregunto resoplando si no tendré yo el susodicho síndrome, o un principio del mismo, y si me comporto ahora así, que será de mí dentro de treinta años. Luego concluyo que no es bueno estar solo, ya lo dice la Biblia en el Génesis, y me pongo a imaginar como sería mi vida compartiéndola con alguien, del que cuidaría, mimaría, y fruto de esa atención tendría la casa dispuesta de una manera decente. Si en este punto no me he quedado sopa, malo. No me queda otra que levantarme, volver a sortear los obstáculos y burlar los baches, para apoltronarme en el sofá e intentar coger el sueño con la tele. Las opciones si tengo suerte son a saber: documental del franquismo o la guerra civil, en La 2; Sánchez Dragó con algún iluminado tipo Jodorosky en Telemadrid, reality en Telecinco, una peli de serie B de una decente y pastueña madre de familia, a la que el marido engaña y maltrata, además de abusar sexualmente de sus hijos, en Antena3; de la cuatro la sexta y esas moderneces ni hablo porque no las he sintonizado todavía, eso sí tengo configurados un montón de canales de telepedricadores, echadoras de cartas, y pelis porno que la mayoría son de lesbianas (sobre ésto tendré que meditar un día). Al final, no se cómo ni cuándo me debo quedar dormido. De ello dan fe los pitidos del despertador que me urgen a emprender la jornada. Un día de éstos lo estampo y me quedo durmiendo y mando a hacer puñetas todo y me dedico a planchar huevos, columpiar gallinas o a afeitar bombillas, que es lo mío. O me pego un tiro directamente. Estoy seguro de que nunco lo haré. Algún día meditaré también sobre este extremo. El caso es que siempre me lanzo a la ducha, agua fría casi siempre, pues casi siempre la caldera no funciona; después búsqueda desesperada entre los montones de ropa de una prenda que a) no tenga lámparas o se puedan disimular, y b) no huela mal. Café con cigarrillo y puerta. Al atasco, las malos humos, las caras de amargura, el trabajo urgente y el día que transcurre siempre con una sonrisa inquebrantable. La vida es maravillosa.
No sé qué puñetas se le pasó por la cabeza a los psicólogos que en 1975 definieron los síntomas que se dan en una persona huraña, recluída y que acumula basura como síndrome de Diógenes. Pues, éste filósofo griego, de la escuela cínica, precisamente se caracterizó por todo lo contrario. Vivía en un tonel y su única posesión era una escudilla para beber. Hasta que un día observó cómo un niño utilizaba las palmas de sus manos, y se deshizo de ella. Cuentan que Alejandro Magno un día le preguntó si necesitaba algo. “Sí, que te apartes, que me tapas el sol”, le espetó. También se dice que una noche se le vió por Atenas recorriendo las calles con una lamparilla, gritando a diestro y siniestro “¡Busco un hombre!”. “La ciudad está llena”, le contestaban. “No, busco a uno que se valga por sí mismo, que no sea parte del rebaño”. ¡Qué majo el tío! Supongo que son de esas historias que halagan los oídos y que, o bien nos sentimos identificados, o nos gustaría tener a alguien así como amigo. Algo de cinismo hay en nosotros entonces, y no precisamente filosófico, más bien del desvergonzado. Y esa es la paradoja de la vida moderna: unos acumulan basura material, otros moral, y qué fácil es distinguir las dos, pero ¡ay! la segunda qué complicado lo tenemos a la hora de pasar del pensamiento a la acción. El caso más paradigmático es la televisión. Todo quisque opina que es una mierda, pura basura. Todos opinan ven La 2. Sin embargo esta cadena es la que menos audiencia tiene. Puro cinismo, no el de Diógenes precisamente.
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