En Segovia, una tarde, de paseo / por la alameda que el Eresma baña, / para leer mi Biblia / eché mano al estuche de las gafas / en busca de ese andamio de mis ojos, / mi volado balcón de la mirada. / Abrí el estuche, con el gesto firme / y doctoral de quien se dice: aguarda / y ahora verás si veo…
Abrí el estuche, pero, dentro: nada; / point de lunettes… ¿Huyeron? Juraría / que algo brilló cuando la negra tapa / abrí del diminuto / ataúd de bolsillo, y que volaban, / huyendo de su encierro, /cual mariposa de cristal, mis gafas.
El libro bajo el brazo, / la orfandad de mis ojos paseaba / pensando: hasta las cosas que dejamos / muertas de risa en casa, / tienen su doble donde estar debieran / o es un acto de fe toda mirada.
Antonio Machado
A la altura de la antigua Casa de la Moneda cruzamos el Eresma y nos sentamos en un banco. El viejo profesor nos lee completo el poema de Machado cuya primera estrofa está inscrita en un mojón al pie del camino. Después nos lee fragmentos de algunas de las cartas a Pilar Valderrama, su amor platónico, las pocas que se conservan, las menos comprometidas. Las otras parece que fueron arrojadas al fuego. Me sorprende la cursilería de algunos de los epítetos que le dedica a su amada, “Diosa mía”. Si hasta uno de los mayores poetas de la lengua castellana cayó en tal afectación, que tanto detesto, será que el amor debe ser así. No voy a enmendarle la plana a Don Antonio. Si yo mismo reconozco que las mayores estupideces las he dicho y me las han dicho estando enamorado. No se me olvidará uno de esos amores tórridos de vacaciones en que la historia barruntaba su final, había que regresar y las cosas debían volver a su cauce, es decir, que la tercera persona que había estado ausente, cobraba relieve, mientras yo iremisiblemente me difuminaba. En este marco, tuvo lugar la siguiente conversación: “Yo lo dejaría todo por tí” a lo que se me contestó: “Entiendeme, tú eres muy especial, pero mi corazón es una minipimer”. Claro que siempre hay metáforas susceptibles de empeorar. Ahí está Carlos de Inglaterra transustanciado en tampax en la vagina de Camila Parker Bowles.
Seguimos por la vereda que bordea el río. Cerca de La Fuencisla nos detuvimos junto a una pareja de pescadores. Las aguas mansas del Eresma enmascaraban nuestros rostros bajo una malla de hojas secas. A unos metros, un niño comenzó a lanzar piedras haciendo ondas sobre la superficie, hipnotizando nuestras miradas y sumiéndolas en el recuerdo de algo viejo que ya se lo había llevado la corriente. Proseguimos por la vertiente del Clamores, bordeando la proa del Alcázar. Mi cuñado y el viejo profesor quedaron rezagados, departiendo sobre ciencia, política y toros. Yo caminaba junto a mi hermana, mirándonos de rebote en las copas medio desnudas de los álamos mientras remontábamos el cauce seco surcando la corriente yerta de hojas enmohecidas. Mi hermana, en estado de seis meses, de cuando en cuando se palpaba el vientre abultado y musitaba “mi pequeñín”. A la par que discutíamos sobre los posibles nombres de mi futuro sobrino, tratábamos de identificar las distintas especies de árboles que flanqueaban el camino. Nos volvimos a juntar al final del paseo. Hicimos un alto para comtemplar la silueta de la ciudad, en la que despuntaban la catedral y el Alcázar, bajo la luz dorada del atardecer, antes de poner fin a una tarde de reencuentro, de paseo, de miradas y pequeños milagros. Quizá actos de fe.
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