Uno de los efectos colaterales de la ley antitabaco es el aumento del negocio por parte de las empresas que reparan ascensores. Con tanto trajín sube-baja su mecanismo se ve sometido a un desgaste mucho mayor que antes del uno de enero. Me estoy acostumbrando a ver a sus operarios por la oficina casi tanto como a los de la máquina expendedora del café y el agua mineral. El primero, el último, el de media mañana, el de después de comer, el de “joder que estress, me voy a echar un piti”, el de “te hace un piti y de paso discutimos esto”, el de “me meo vivo, bueno y de paso echo un cigarrito”, el de “qué te bajas a fumar, bueno pues te acompaño”, el de “voy a hacer una llamada privada y de paso me fumo otro»… Total, que la jornada trascurre entre caladas, sorbos de café y llamadas al ascensor.
Hace unos meses hubo un robo de ordenadores portátiles en la oficina. Me sorprendió ver, al día siguiente, a la policía científica, tomando huellas en los pulsadores del ascensor. Uno se imagina a los investigadores en plan CSI-Canillas, encerrados en su laboratorio, lucubrando ante la muchedumbre de huellas dactilares, descartando las de los trabajadores del personal ajeno, separando las de hombres y mujeres, las de fumadores y no fumadores. ¿Y si el ladrón hubiese sido alguien del edificio y fumador? ¿Será la nicotina un profiláctico para el delito como lo es el guante de látex? No encontraron al autor del delito, pero quizá le pasaran el informe al director de recursos humanos? Fulanito ha cogido el ascensor veinte veces. No obstante, aquél está empeñado en que los que estamos bajo el influjo de semejante “trauma”, así llama al vicio de fumar, dejemos de estarlo, advirtiéndonos machaconamente sobre las consecuencias perniciosas del humo y aconsejándonos todo tipo de lecturas, terapias, charlas, consejos prácticos, trucos, etc. ¿Le importa nuestra salud, el rendimiento laboral, o la factura del ascensor?
Ahora que lo pienso, otras que tienen más trabajo son la mujeres de la limpieza. Porque entrar en un ascensor es como ir al cuarto de baño. No hay quien sucumba a la tentación de mirarse y remirarse en el espejo, de frente, de espalda, de reojo; se coloque un mechón desmandado, se terse las ojeras, se zafe de alguna legaña persistente, se perfile una pestaña, hasta los hay que se sacan los mocos y los dejan pegados, o los que echan el aliento para plasmar su rúbrica en plan “yo estuve aquí”, también los hay que los utilizan como muro de las lamentaciones para darse de cabezazos.
Y qué me dicen de las convenciones y normas de cortesía. ”Tú primero, no tú, anda entra. ¿Qué tal? Uff, ni te cuento. De lunes, o de viernes. Vaya manera de llover, ya hacía falta, aunque menudo atascazo se ha formado, pero es bueno para el campo… ¿Pero tú no lo habías dejado? Ya ves, dos meses y otra vez, no hay manera”. Planta cero. Intercambio de muecas complacientes y al ritual. ”Oye que me he quedado sin tabaco, no tendrás uno. Sí hombre, sí”. Porque esa es otra, el día que te quedas sin tabaco es una putada, no hay máquinas en un kilómetro a la redonda. En estos casos, también el ascensor sirve de cofesonario para soltar la rabia contra el mundo.
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