Hace unos años, poco después de otro estrepitoso fracaso sentimental, me inscribí en una página de contactos de internet. Piqué cuando me disponía a abrir mi buzón de correo. Saltó uno de esos malditos ‘pop-ups’. “Te vas a enamorar” rezaba el reclamo. Entonces, cual Escarlata O’Hara despanzurrada sobre la escalinata de su mansión de Atlanta, al final de “Lo que el viento se llevó”, las efigies de personas relevantes en mi vida orlaron mis pensamientos: mi padre, mi madre, mis hermanos, algún amigo de la infancia, el párroco de mi barrio, una antigua novia despechada, mi profesora de latín del instituto, el Papa, Madonna, y otros personajes que no fui capaz de identificar. Hablaban con voz de ultratumba, alternándose frases entre ellos, de un mismo mensaje: “¿Por qué hasta ahora no has encontrado a nadie especial?, ¿Por qué todas tus relaciones han fallado?, has buscado en el lugar equivocado, ¿Por qué te empeñas en buscar el amor de tu vida en sórdidos tugurios y garitos de mala muerte?, entra aquí, ven, vuelve, esta es tu casa, tu hogar, tu territorio, regresa a Tara, te vas a enamorar”.
Rellené el formulario como poseído. En la sección “qué buscas” puse algo así como ”no sé lo que busco, pero cuando lo encuentre, habré sabido lo que estaba buscando”. Acojonante. Eché mano de mi mejor foto, me quité las ojeras con Photoshop, tersé la piel de mi cara, me cubrí las entradas y me engrosé los labios. Luego busqué en Google por ”male muscle bodies” y encontré el cuerpo de un tío cachas, al que descabecé y, ni corto ni perezoso, le acoplé mi cabeza.
Enseguida empecé a recibir mensajes. Los primeros eran del presuntuoso de Jaime, con el que me topaba por todas partes. ─¡Hombre, qué sorpresa! Tú por aquí─. Para mi consuelo, él también estaba retocado. Luego vino la recua de tarados y salidos. Una cita, Romualdo Pérez, que era católico y de derechas, como yo, pero de un catolicismo y una derecha que a mí me resultaban demasiado indigestas. Los dos últimos meses, antes de desistir de aquel invento, me consolé con los mensajes de amor cortés de un admirador secreto. Dos años más tarde, a través, de otro amigo, me enteré de que el tal sucedáneo de Cyrano, que me envíaba mensajes un día si y otro también, como violetas cada nueve de noviembre, no era otro sino el plasta de Ambrosio.
─Jacinto, te voy a contar algo que no he contado a nadie. Hace dos años me apunté a una página de contactos.
─¿Qué?. No te oigo con la música.
─Que me apunté a una página de contactos─. Medio bar se me quedó mirando.
─Ya lo sabía, so subnormal, si me enseñó Ambrosio tu página, y los mensajes que os intercambiabais. Por cierto, en la foto estabas súper-re-to-ca-do.
─¡Qué va! Es que entonces hacía natación.
─¡Y una mierda! Que te llevo viendo desnudo muchos años.
Aún hoy sigo visitando páginas de contacto, con una preocupante curiosidad patológica. En poco tiempo han proliferado como setas este tipo de sitios. ─Normal, estamos todos desesperados─, aduce mi amigo Bruno. Los principales portales de la red, tanto los de ámbito general, como los exclusivos para gays, los tienen y los difunden a bombo y platillo mediante banners y pop-ups, con eslóganes como ”Cuando el amor te importa de verdad”, ”Encuentra tu media naranja”, ”lo que quieras, cuando quieras”. Incluso hay alguno que, tras un fatigoso estrujamiento de sesera, se le ha ocurrido el original ”Lo que necesitas es amor”.
Entre los perfiles de la gente que se anuncia, hay de todo. Abundan los que, como yo en su día, ven en Internet un medio más accesible donde poder satisfacer sus necesidades sentimentales (¿follar?), después de haber fracasado por los métodos tradicionales: bares, discotecas, amigos comunes, cines, teatros, iglesias, parques y jardines, supermercados; fingidos desmayos, lipotimias en enero, amnesia en los andenes de la Renfe… Los hay que están de vuelta de muchas cosas (y quién no lo está, me pregunto, en estos tiempos tan convulsos y contradictorios que nos ha tocado vivir, más aún si eres gay, pasas de los treinta y llevas rodando por el ambiente varios años). De ahí la frase favorita: ”soy un tío normal, busco a alguien normal, sin malos rollos”. Entremos al trapo de la frasecita: definamos normal. Tiro la toalla. Daría para una tésis. Veamos los ”malos rollos”. Si me quedara algo después de tirar la toalla, lo tiraría. Esto da para unos episodios nacionales por lo menos. Lo que me subyuga (¡qué fino!) es la pobreza de recursos que se emplea a la hora de describirse. Aparte del manoseado ”soy un tio normal”, otros lugares comunes no menos repugnantes son: majete, amigo de mis amigos (¡cómo me pone esta frase!), me gusta el cine, salir de marcha, pero también compartir esos momentos (por qué coño utilizarán ese eufemismo en vez de “follar”; no estábamos ya liberados de tabúes, prejuicios y demás zarandajas?), ver duvedés en casa, viajar, conocer gente nueva…. Busco a alguien con el que compartir lo bueno y lo malo (¡unos acordes de violín porfa!); en principio amistad, y luego lo que surja (¡anda que no está visto ésto también!). La preocupante indigencia en que se halla el lenguaje no distingue entre niveles culturales. Es más, muchos tienen carrera universitaria, hablan varios idiomas, cantan ópera, declaman a Rilke en alemán, y no saben ensartar cinco palabras juntas sin propinar varios puntapiés en el lomo de María Moliner. ¡Santa mujer! La pobre se pasó media vida buscándole el significado exacto a todas las palabras, encerrada en su tediosa cocina, para llegar a esto, ¡si levantara la cabeza!, se dedicaría a remendar calcetines: el habla de Puerto Hurraco como emblema nacional. “Me gusta estar en forma, pero no soy un psicópata del deporte”, dice uno. Lo de menos es poner ges en lugar de jotas, uve donde es be, etc. Esto ya es una batalla perdida. ¡Viva México! Por no hablar del abuso de apócopes y grafías fonéticas: weno, xq, tq, kiero, aunke… ¡Bárbaros!
Casi que prefiero los berridos de mis paisanos del pueblo, que cuando te ven por la calle te sueltan coas como: “ieeeehhh”, “quiá”, “ea”, “miatú”, etc. Me siento más identificado. Será por eso que dice mi amigo Bruno: ”Aunque te vistas de Hugo Boss, uses colonias carísimas, te sepas de memoria todos los poemas de San Juán de la Cruz, y leas a Virginia Woolf en inglés, no puedes ocultar tus raíces. Sigues siendo un paleto”.
Luego está la omnipresente onomatopeya “jeje”. Cualquier cosa supuestamente graciosa que se diga, se acompaña del “jeje” de marras. ”Mi idea es conocer chicos fuertes, velludos y más altos que yo, ositos más o menos, jeje”. Y qué me decís de los “emoticones” (barbarismo donde los haya): O de la mutilación de palabras: los findes voy al gym. No hay gay que se precie que no desperdicie, o sueñe con hacerlo, dos horas diarias en esos antros de tortura. Hay que cuidarse, justifican. Y yo leo a Corín Tellado para profundizar en la teoría cuántica, ¡no te jode!
Y para concluir este minucioso a la par que arbitrario, estudio de este fenómeno que amenaza el planeta, vayamos a mi sección favorita: los hobbies. Aquí es donde el subconsciente colectivo emerge en su máximo esplendor. A todos les gusta lo mismo. En cine: pelis de Almodóvar (¡ay Satanasa, quién te ha visto y quién te ve!), Spilberg, las archisagas de marcianos, alienes, troles, elfos y demás fauna. En literatura (¿?): bestsellers infumables como El código Da Vinci, o el mamotreto de Los pilares de la tierra. Para llenar la panza dominan los italianos, aunque los japoneses reinan entre los más esnobs. Luego existe una exigua minoría que, ¡oh, comen, leen y ven unas cosas! que deben decirse a sí mismos, qué interesante que soy. Veo películas del serbio Mihail Heiserberegerterton Kansum, en versión original, faltaría más; las tardes se me van leyendo al incomprendido poeta chiapés Jesús Ermeregildo Pena, y cuando el trabajo me lo permite (soy tan imprescindible en la empresa) disfruto de una maravillosa cena en un libanés cerca del trabajo donde te ponen un confit de pelíkano con salsa de setas de cedro que quita el sentido (me lo creo).
Si alguna vez volviera a inscribirme en una página de contactos (nunca dirás de esta agua no beberé) y tuviera una cita, me iría con un centenar de canicas en el bolsillo, y como el personaje de Bernard Shaw, se las metería en la boca (¡malpensados!) del pretendiente para que repitiera aquello de ”The rain in Spain, falls mainly in the plain”. Superada la prueba, vendrían las preguntas típicas de test: ¿crees en Dios? ¿a quién votaste en las últimas elecciones? ¿Republicano, monárquico o juancarlista? ¿La Jurado o la Pantoja? ¿Qué te pone más los apareamientos del tigre de Bengala en La 2 o el Diario de Patricia?. Lo típico, vamos. Yo también soy un tío de lo más normal.
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