Útimamente me sorprendo a mi mismo examinando con curiosidad de entomólogo el sentido de frases hechas que me vienen al azar como molestos insectos que se posan en la frente. En lugar de zafarme de ellas con un manotazo, encuentro entretenido, incluso placentero, sentir el leve cosquilleo de sus patitas merodeando por la piel, y hasta me resulta refrescante el minúsculo vientecillo que provoca el desordenado revoloteo de tan vulgar especie por el campo yermo de mi cara. Una forma de matar el tiempo, tan absurda e intrascendente como cualquier otra.
Pues bien, ayer mientras arreciaba la tormenta, me dediqué con ahínco a este pasatiempo de desmenuzar dichos “mirando a las musarañas” , en sentido literal y también metalingüístico. Quizás sea consecuencia de llevar ya casi cinco años viviendo solo, alejado de la familia, los amigos, los amantes y de todo lo que en otro tiempo constituía el bagaje con el que recorría los tiempos y los lugares que me han tocado en suerte. A veces consigo elevar la mirada al cielo y pienso que en todo este tiempo he visto morir y nacer, seguramente haya salvado la vida de alguien, y no descarto que alguien, incluso más de una vez, haya hecho pedazos mi esquela cuando estaba ya redactada; he leído grandes novelas y visto obras maestras del cine, asistido a representaciones teatrales memorables, descubierto pintores y genios consagrados y anónimos; he visitado lugares fascinantes, y he conocido a gente excepcional, pero también a tipos corrientes, hasta vulgares individuos que paradójicamente me han abierto los ojos para ver las cosas desde un ángulo ignorado hasta entonces. Sin embargo mirar a lo alto cansa. Cuando repaso estos hitos, lo hago con la misma distancia y desapego con que observo las notas del colegio que un día buscando no se qué aparecen en un cajón revueltas con otras cosas que tampoco buscaba. Reconozco que de un tiempo a esta parte lo más destacable que he hecho es mirar a las musarañas. Y lo curioso, es que observo en la gente que esta costumbre crece aceleradamente, que no soy un bicho raro. Qué tendrá este tiempo que nos ha tocado vivir, en que creíamos haber alcanzado cotas de conocimiento y desarrollo sin precedentes, y total para qué, acaso somos más felices, mejores personas; y lo que considero fundamental: qué hay del compromiso de respetar la herencia que nos legaron los antepasados para si no mejorarlo, al menos conservarlo para los que vengan. En esta carrera de relevos que es la historia de la humanidad, al hombre de nuestro tiempo, le ha dado la pájara a mitad de carrera, y se ha quedado mirando el testigo, sin saber muy bien lo que tiene entre las manos. Mirando a las musarañas, en definitiva.
No solo miramos a las musarañas, cuando nos quedamos con esa mueca perpleja y helada, con los ojos como platos, como si un ente abstracto y helado nos tomara. Algo así ocurre cuando viajamos en metro, esperamos en la antesala de la consulta del médico, vamos de copilotos en el coche, o hacemos cola para entregar la declaración de la renta. Este pasatiempo tiene muchas variantes. Me viene a la memoria la imagen de mi madre haciendo punto, sentada en el borde del sillón, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia el suelo, la mirada caída, y la boca descolgada. Al cabo de un rato, deshacía todo y lo volví a tejer. La de mi abuela, secando con un paño los cubiertos a primera hora de la mañana, mientras dormíamos, y nos atormentaba con el ruido metálico de cucharas, tenedores y cuchillos lanzados con rabia sobre el tablero de la mesa. Y cuando estaban todos secos, los volvía a coger uno a uno para repetir el mismo ritual, una y otra vez, interminablemente. Mi padre, limpiándose con denuedo las uñas con un palillo mondadientes, mientras hacía ejercicios circulares con el cuello, y soltaba de cuando en cuando un “ea” por aquí o un “enfin” por allá, antes de volver a repasarse todos los dedos de la mano. O mi vecina Eusebia, que se pasaba horas sacándole brillo a los barrotes del enrejado de sus ventanas. Primero con un trapo húmedo quitaba el polvo; luego pasaba uno seco y finalmente con un tercero untado de algún líquido abrillantador les sacaba lustre. Una y otra vez, toda la santa mañana. Son todas actividades que en principio tienen un sentido, pero que prolongadas excesivamente o repetidas, lo pierden, o tienen otro muy distinto, y aunque a la mirada ajena le resulte exasperante, algún misterio encontrará quien se dedica a ello. Hay quien hace puzzles de miles de piezas, para desmontarlo cuando está completo; quien se va de pesca para soltar la presa cuando pica el anzuelo; gente con posibles que rebusca en la basura; andantes que dan vueltas a la misma manzana; y no sé si habrá alguien que como yo, pase las tardes de verano cazando moscas para encerrarlas en una caja de cerillas y luego prenderles fuego. Qué nos ocurre mientras miramos a las musarañas, mientras matamos el tiempo perpetrando cosas sin sentido. Sin duda, son momentos íntimos en que extraños pero suculentos, quizás inconfesables, pensamientos nos asaltan o puede que seamos nosotros mismos los asaltadores de diligencias ocupadas por personajes de ensueño, que quizás no nos sean del todo ajenos y les hacemos decir, hacer o sentir lo que normalmente no sucede. O quizás sea todo más prosaico y pensemos en cuantos cigarrillos quedan en el paquete, en lo que haremos de cena, en si es mejor untar mantequilla o aceite de oliva en las tostadas, o si un día de estos aprovecharemos ese trocito de terreno del jardín de atrás para plantar pepinos. Para mí que debe de ser algo parecido a dormir. A veces soñamos cosas extraordinarias, otras salen a flote como restos de un naufragio lo que nos empeñamos en ahogar, y otras, las más, cosas que ni nos acordamos, por anodinas, o porque simplemente no hemos soñado nada. Quien sabe. Lo único cierto es que llevo tanto tiempo mirando a las musarañas, que he empezado a divagar sobre la literalidad misma de la frase. Y lo peor, es que tengo la sensación de que todo el mundo se ha entregado con fruición a este entretenimiento, aunque pretendan revestirlo con ropajes solemnes, como si hubieran descubierto la pólvora o quisieran reinventar la rueda.