“Los muertos no viven, las sombras no se alzan; porque tú los juzgaste,
los aniquilaste y extirpaste su memoria”
palabras como astillas infectadas de amargura, al igual que las miradas de los allí convocados, media docena, no más. Palabras impresas en las vaharadas de su aliento como ondas aturdidas, empujadas con desgana por su respiración entrecortada. Palabras que se transformaban en semillas al atravesar el cedazo de su breviario, e iban a perderse en el hoyo excavado en la tierra acartonada que pronto acogería el cuerpo inerte de Gabriel. Las mismas semillas, que tragara de los pechos que lo amamantaron, de donde brotara el árbol que fuera creciendo más rápido que su cuerpo, hasta quedar asfixiado, como su vocación de sacerdote. Cuántas veces habían contorneado sus ojos las mismas palabras; cuántas su boca declamado aquellas imprecaciones; cuántos muertos le habían precedido y, sin embargo, ninguno más lo haría. Palabras…
“Como la preñada cuando le llega el parto, se retuerce y grita angustiada,
así éramos en tu presencia, Señor…”
El padre Marcelo leía apresurado el responso, cabizbajo, las manos temblorosas, sin apartar la mirada del breviario, tan arrugado y ajado como su rostro: de tanto deslizar el dedo índice humedecido por las páginas; de tanto asestar la vida golpes resecos sobre su otra mejilla. Su cuerpo se tambaleaba sorteando las punzadas del gélido puñal del alba, marcando con sus movimientos el compás de las sentencias del profeta:Apartó la mirada del breviario para dirigirla hacia la hermana Teresa. El responso continuaba emancipado de su propia voluntad.
“concebimos, nos retorcimos, dimos a luz… viento”.
Cerró con contundencia el maltrecho libro, como quien atrapa entre las palmas de las manos un insecto molesto, produciendo un sonido de puerta cerrada para siempre, que coincidió con el primer martillazo que sellaba la tapa del féretro. Calló. Su mirada quedó suspendida entre el desconcierto de la neblina, buscando apoyo en los ojos ensombrecidos de la hermana Teresa, temeroso de que la gravedad le hiciera precipitarsehacia el abismo de la herida abierta en la tierra. Su cuerpo enclenque se estremecía con cada golpe de martillo, como un árbol al que se le asestan hachazos en la base del tronco. Al séptimo martillazo, el enterrador se reincorporó para cambiar de lado y proseguir con el otro lateral de la caja. Exhaló aliviado y miró al cielo a la vez que se pasaba el antebrazo sobre la frente para desprenderse del sudor antes de que cristalizara por el frío. Con el octavo golpe, el rosario que la hermana Teresa sostenía entre las manos se
deslizó sin que ella cayera en la cuenta. Sus manos, inconscientemente, comenzaron a acariciar su vientre e iban descendiendo sigilosas hacia el origen de unas punzadas cada vez más acusadas que sentía con cada
clavo que se hundía en la madera. Como los clavos que alguien martilleara en esa parte inexplorada de sí misma, aquella noche remota, en vísperas de convertirse en esposa de Cristo, arrancando las mismas
sensaciones dolorosas que ahora revivía. Como si las tres páginas del diario que escribiera para describir lo que para ella había sido un extraño sueño, hubieran sido arrancadas de aquel cuaderno enmohecido por una mano misteriosa y trasladadas desde su celda hasta el breviario del padre Marcelo. Como si las palabras que éste había leído no hubieran sido las del profeta Isaías, sino la crónica de aquella noche, la revelación
del significado de su sueño.
El último golpe provocó en la hermana Teresa un ligero desvanecimiento que la hubiera hecho caer abatida sobre el hoyo preparado para el féretro, si no hubiese sido porque la madre abadesa y la hermana Gloria, conscientes de su creciente alteración, la socorrieran a tiempo. Una vez sellada la tapa, el padre Marcelo se volvió hacia el enterrador y su aprendiz, y con una mueca aquiescente ordenó que se procediera al enterramiento. Uno de ellos guardó con gesto avergonzado un puñado de clavos que habían sobrado, generando un tintineo prolongado en su bolsillo que hizo encogérsele el alma a la hermana Teresa. El otro, todavía en cuclillas, lanzó con desdén el martillo al pie del montón de arena, y procedió a entrelazar las sogas entre las argollas del féretro. Dispuestos en diagonal los enterradores, tirando cada uno de un cabo, esperaban taciturnos a que los otros dos cabos fueran recogidos del suelo por alguno de los presentes. Los segundos transcurrían, pesados como horas, pero nadie se postulaba a desempeñar tan onerosa tarea. Los enterradores aguardaban imperturbables. El padre Marcelo, indignado, le quitó el crucifijo a su monaguillo, y con un movimiento oblicuo de su barbilla le conminó a salir. Éste dio un paso atrás significando su desaprobación. Acabó por aceptar refunfuñando, después de propinarle el padre un golpe con el pie
del crucifijo. El último cabo fue recogido por un joven de aspecto recio, que había permanecido distanciado del resto. Iba ienfundado en un gabán negro, algo estrecho para su complexión, y tocado con un sombrero de exagerada voladura, que ocultaba su mirada pero no conseguía disimular un acusado prognatismo en su barbilla.
Con leves, casi imperceptibles, gestos y miradas hacia sus colaboradores improvisados, los enterradores iban dirigiendo el desplazamiento del féretro hacia el hoyo, entre llantos congelados, gestos resignados y el castañeteo de dientes de los presentes, que era como el tic-tac acuciante de un reloj que iniciara la cuenta atrás de un tiempo periclitado.
De repente, el movimiento se detuvo, y con una mueca circular de su cuello un enterrador indicó dar la vuelta a la caja, al caer en la cuenta de que los que quienes dan la espalda a la vida de esa manera no
merecen contemplar el rostro de Dios al amanecer. El féretro descendía dentro del hoyo, como un cubo arrojado por el brocal de un pozo seco, con movimientos pausados. El roce de los guantes con la soga causaba un rugido lastimero que se acoplaba con los gemidos de la hermana Teresa que, cada vez más aturdida, se palpaba el vientre con movimientos retorcidos de sus manos. El féretro tocó fondo. Los cuatro
cabos cayeron sobre la tapa como cuatro golpes en la puerta de la eternidad.
La hermana Teresa volvió a sentir un vahído, esta vez más intenso, que la hizo caer hacia atrás, socorrida de nuevo por la hermana Gloria y la madre abadesa. Con las manos tendidas hacia delante, tanteaba desesperada el vacío, como si no fuesen las manos de sus hermanas las que buscase para encontrar apoyo, sino alguno de los cabos del féretro. Como si, hasta ese momento, hubieran estado conectados a su vientre,
al igual que cordones umbilicales. Y era esa desconexión la que la sumía en el desconcierto. Lo que había crecido dentro de sí misma, que la había trasladado hacia un lugar mágico, equidistante entre el misterio de la divinidad y la crueldad del hombre, le era arrebatado con la misma brutalidad con que aquella noche lejana, una mano fría escarbara en la tierra yerma de su vientre para arrojar una semilla extraña, no
catalogada en su ingenuo conocimiento.
Sin recibir esta vez el mandato del padre Marcelo, los enterradores comenzaron a arrojar paletadas de tierra apelmazada de rocío helado sobre el féretro, y caían encima de la madera como golpes de tambor procesional.
La hermana Teresa yacía con los brazos entrelazados entre los brazos de sus hermanas, la cabeza ladeada y la toca descolocada dejando entrever su pelo ralo y canoso. Un hilo de sangre comenzó a fluir, lento pero imparable, de entre sus piernas marmóreas hacia la herida de la tierra. Una herida que en lugar de supurar su propia sangre, la recibía de la herida precursora. Sangre que se mezclaba con la tierra última, espesándose, formando costra sobre el ataúd, para cicatrizar definitivamente ambas heridas. Su cuerpo se hacía más ligero, hasta quedar exangüe, totalmente vacía.
Fue entonces que la hermana abadesa y la hermana Gloria, al licuarse el cuerpo de su hermana y ser engullido completamente por la tierra, se hincaron de rodillas para rezar mirando hacia lo alto. El padre Marcelo deshizo el nudo de su casulla, dejándola caer a sus pies. Tiró de un extremo de la estola, recorriendo su cuello hasta caer al suelo. Luego la dobló minuciosamente. Tímidamente se asomó al hoyo
que poco a poco perdía profundidad. Arrojó su estola, pero fue repelida por un viento racheado que se levantó de repente, y fue a parar junto a la toca de la hermana Teresa, a los pies de un ciprés. Una vez tapado el hoyo, se reclinó sobre el montón de arena, e hincó sus dos brazos en la tierra.
El joven de aspecto recio, resumido en su estrecho gabán, desnudó sus manos y guardó los guantes. Se descubrió la cabeza, y sostuvo el sombrero a la altura del corazón. Tenía los ojos cerrados. Los párpados le
temblaban, dejando escapar de vez en cuando espesas lágrimas que discurrían por sus mejillas hasta acumularse en la barbilla, de donde goteaban y caían al suelo formando un reguero que era sumido por un
orificio del túmulo mortuorio, buscando las cuencas secas de los ojos de Gabriel. Sus labios ejecutaban continuamente los mismos movimientos. ¿Por qué Gabriel? Con su otra mano se acariciaba el cuello intentando aliviar la opresión que sentía. Como si la respuesta a su propia pregunta encontraran en su cuello y en su mano alguna pesquisa.
Mañana te convertirás en la esposa de Cristo. La hermana Teresa, clavada de rodillas en el confesonario, escuchaba absorta las palabras del padre Marcelo, mientras le recomponía el rostro, agujereado tras la
celosía. Fue en aquel instante cuando su mirada, por única vez abandonó los abismos en que deambulaba, y alzando la cabeza, disolvió la penumbra del confesonario y fundió la celosía en un halo incandescente que cegó por siempre la mirada de su confesor. Esa mirada fría, siempre directa, y a la vez desnortada que quedó orientada para siempre a unos palmos de la tierra, sin comprender que ese momento simplemente había sido un punto de transición en su trayectoria hacia lo alto; que, a pesar de su empeño por sostenerla, esa mirada era como una cometa, cuyo hilo se le había escapado de las manos y volaba ya ineluctablemente hasta perderse y encontrarse para siempre en lo alto, el lugar al que pertenecía.
Nueve meses de encierro en tu celda, nueve meses de convalecencia de una supuesta tuberculosis. Y después aquel momento interminable, infinito como el primero, inexplicable como el último. Todos esos
atardeceres, oscuros y densos, fuera del tiempo, en los que se fraguaba el código indescifrable en que se han trascrito todos tus días hasta el último momento: susurros distantes, pasos apremiantes, golpes de
puertas remotas, respiraciones contenidas, bisbiseos de oraciones interminables, campanadas a destiempo, ojeras a plena luz, olores orgánicos de cuerpos lejanos, llantos de madrugada que te reclamaban. Quién te llamaba desesperadamente, te preguntabas desconcertada. Llantos que se multiplicaban en otros llantos, cuyos ecos se amplificaban y atenuaban los unos a los otros. Y quién sino quien te pertenecía, aquel que crecía tan cerca y tan lejos, en brazos de otras madres que no eran la suya; aleccionado bajo las directrices de un padre que sí era el suyo. Era la llamada de tu propia vida, la de una vida desdoblada, secuestrada de esa otra vida deseada por otros, de los que pretendieron poseerte. La llamada de todas las vidas que no llevaste, por ignoradas, y que otros quisieron atribuirte; las vidas anheladas en los sueños ajenos; semillas de vida que tú sembrabas sin saberlo, sólo con tu mirada melancólica, con tus movimientos esquivos, tu voz sofocada que a otros decía cosas que no querías decir. Palabras, siempre palabras, tus palabras. Palabras que no pertenecían a ningún lenguaje, palabras solas, silentes, insubordinadas, sin conexión. Y sin embargo, eran las palabras que te definían; las que salían de tu boca cuando callabas; las que brotaban de tus oraciones, y que eran ejecutadas como mandatos divinos en otros ámbitos inasibles; las que explicaban tus miradas cuando no mirabas a ninguna parte; las que permanecían cuando te marchabas. Tantas y tantas palabras para un solo secreto agazapado bajo una toca. Palabras que ahora encuentran acogida en el regazo de la tierra.
La noche cayó, inundada por una fría y envolvente niebla que enfundaba los volúmenes de las lápidas como muebles de una casa a punto de ser abandonada; aniquilando todo rastro de vida; de esa vida que, durante un tiempo, pareció ser interminable; que el tiempo alargó en el espacio, como un muelle, hasta no dar más de sí; y que, imprevisiblemente, la mano que sostenía ambos extremos soltó, uniéndolos para siempre; desprendiendo en el choque todos las cosas que fingieron dar sentido a unas vidas que no lo encontraron nunca; todos los signos impresos entre las espirales que configuraron la manera de ser y estar en el mundo. Ahora, sueltos, dispersos, como partículas flotantes entre las turbulencias de la niebla, huérfanos de cuerpos donde materializarse, pululando como almas en pena, recorriendo las hileras del cementerio, se posan a descansar entre los pliegues de las estatuas de las lápidas, buscando desesperadamente un gesto, una mueca congelada donde encontrar acomodo.
Aquí yacen Gabriel y Teresa, madre e hijo. Fueron las últimas palabras del padre Marcelo. Pero esta vez no salieron de su boca, ni están escritas en ningún breviario. Fueron cinceladas en su cuerpo, de bruces sobre la tierra, transformado en losa de lápida, una vez que sus brazadas desesperadas e inútiles se rindieron agotadas entre las entrañas de la tierra, como raíces que serpentearan en busca de minerales en un terreno árido. La tierra los acogió en su seno, a madre e hijo, para convertirlos en otras sustancias que abonen otro tipo de esperanzas y sueños, otra clase de raíces. Las de otras vidas. Las vidas que se vieron postradas. Las que fueron truncadas. Las que no encontraron su sentido. Las que formaron parte de este mundo pero no pertenecieron nunca a él. Porque existieron, siguen existiendo y existirán para conservar en nosotros ese sentimiento que nos eleva cuando nos alejamos de la vida y la vivimos como muertos.
A los pies, la hermana abadesa y la hermana Gloria, separadas por la distancia de un cuerpo, el cuerpo de la hermana Teresa, transformadas en ángeles orantes que miran a lo alto. Dicen que quien se sitúa entre las dos y mira al cielo, nunca más volverá a mirar la tierra. Y tú, hombre misterioso, te has quedado en la cabecera de la lápida, para tener eternamente un vislumbre de lo que pudo ser tu vida si no hubieras llevado a cabo la traición. Tus últimas lágrimas ya han sido borradas de tus mejillas. Aunque se dice que de vez en cuando vuelven a brotar para regar las flores que todavía alguien del convento, una vez al año, por estas fechas, deposita sobre la repisa que otrora fueran tus manos. Has quedado como testigo que nos recuerda a los que pasamos al lado de esta tumba todas nuestras miserias y cobardías. Para eso vamos a los cementerios los que no vamos a visitar a nadie; los que pasamos de largo por tumbas como esta; para no perderle el paso a esas otras vidas que forman parte de nosotros, de nuestros anhelos y esperanzas, y no queremos que terminen petrificadas, convertidas en elementos de una sepultura.
“¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los
que habitan en el polvo! Porque tu rocío es rocío de luz, y la tierra de las
sombras parirá.”
Isaías I 26, 14-19

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