En 1996 una gran exposición en el Prado conmemoraba el 250 aniversario del nacimiento de Goya. Fernando Gordillo obtuvo un permiso especial de la dirección de la pinacoteca para realizar fotografías libremente en sus salas durante mes y medio. El fruto de aquella experiencia es un magnífico ensayo fotográfico titulado “Goya y el pueblo de Madrid”.  Las cinco fotografías que reproducimos en este artículo corresponden al capítulo “Los espíritus de Goya”. El pintor, disfrazado de sus personajes, abandona los límites del lienzo para confundirse con el pueblo…

Cada fotografía es el resultado de varias tomas superpuestas en un mismo negativo, sin trucos de montaje ni retoques digitales; un puzzle de dimensiones voraginosas, compuesto por piezas que son momentos matemáticamente cincelados durante interminables horas de espera. El fotógrafo, agazapado tras su cámara, aguarda inquieto hasta atrapar esa fracción minúscula e inasible del tiempo en que sucede lo inefable. Ese instante en que sus pasos, cargados con la medida de todas las baldosas de las salas del Prado, se detienen para captar el encuadre susurrado por las musas. Lapso en que los elementos se disponen en perfecta armonía: la mueca de un retrato cobra vigor y se dirige a un espectador, que le corresponde con el ademán adecuado; la  luz, la estancia, el ángulo y el enfoque se conjuran para conformar una atmósfera encantada. Y así, enfoques,  luces, muecas, ademanes… se van turnando en un juego sincronizado que transcurre dentro de los límites de una misma porción de película.

Como ocurre con cualquier genio, uno tiene la sensación de que ya está todo dicho; más aún si de por medio se cruza una efeméride. Todo intento de añadir algo nuevo abunda en el terreno de lo consabido, y suena a homenaje póstumo. Gordillo se aparta de la imagen estereotipada que todos identificamos con el pintor aragonés. La misma que, por otra parte, nos impide descubrir nuevas interpretaciones, otros enfoques. Pues cuando surge el estereotipo es porque ya hemos dado una obra por concluida; la hemos convertido en un telón bajado, en un párpado caído, en un obturador atascado que vela el escenario donde se representa la verdad de un tiempo ido. Por contra, Gordillo consigue  proyectar en nuestras retinas,  como trallazos de luz, todas esas escenas preteridas, renovadas mediante una sucesión magistral de disparos de su cámara. Cada uno de ellos es un empujón enérgico que nos arroja  dentro de la película de la cámara; al igual que durante mes y medio, fueron engullidos por el objetivo los cuadros de Goya y los visitantes del Prado. Nos convertimos así, en la última toma, la pieza que faltaba para completar el puzzle imposible. Nada más posarse nuestra mirada sobre cualquier fotografía, nos transportamos al taller del pintor. Nos zambullimos en esa extraña e ignorada dimensión en que el tiempo y el espacio son coordenadas superadas. Es como si Goya hechizara la cámara para continuar su obra; para añadir lo que durante todo este tiempo le ha sido sustraído. Como si a través del obturador no se recogiera la luz de la escena en el momento; sino que aquél proyectase ráfagas de rayos X sobre una atmósfera tomada por espíritus goyescos, y pinceladas que el pintor ha ido superponiendo en todo este tiempo. Nosotros, espectadores de la obra fotográfica, nos transmutamos en  una pincelada más.  De repente, nos hallamos deambulando por las salas del Prado, elevados sobre unos zancos, o asomados a un balcón, vestidos de majas;  formando corrillo, mientras la duquesa de Villafranca se emancipa de su retrato para tertuliar con nosotros; o frente a Fernando VII que despliega su manto regio sobre nuestras cabezas, a modo de bendición, mientras la persona amada nos amarra por la cintura…

El secreto de toda buena obra artística radica en la incitación a la dudala que desbarata el orden establecido; la que nos hace rebelarnos contra nuestros propios límites y dejar en entredicho las certezas, esas que nos aseguran a un modo de entender la vida  cómodo y, en definitiva, empobrecedor. Más aún, si fotografía y pintura se hermanan, se miran cara a cara; cuando en un mismo instante confluyen innumerables ráfagas de luz que abarcan lo inconmensurable; lo que se nos escapa normalmente, y nos aguarda en esa otra dimensión que sólo los genios habitan. Esa dimensión de la vida que Fernando Gordillo logra que, por unos instantes, habite en nosotros al contemplar las fotografías de esta espléndida colección.

Metaphore. Marzo 2004