Magueritte R., de unos ochenta años de edad, ha fallecido hoy sobre las siete de la mañana en la estación de Brujas. Según afirmaron los servicios de urgencia que la atendieron, la anciana sufrió un desmayo y al caer se golpeó la cabeza contra el suelo, lo que le produjo un traumatismo cráneo encefálico que le causó la muerte de manera prácticamente instantánea. En su mano izquierda fue hallado un billete antiguo para el expreso de Amberes con fecha 15 de Mayo de 1940. Asimismo en un bolsillo de su chaqueta se encontró un recorte de periódico de 1940 donde se hacía eco de la toma del fuerte Eben Emael por las tropas Alemanas.
Brujas, 12 de Junio de 2001. Sección de sucesos de la prensa local.
Querida Magueritte:
No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que nos despidiéramos, en este mismo lugar. El tiempo se paró para mí en aquel instante. A partir de entonces he vivido en un perpetuo adiós. Adiós Magueritte susurré al reloj de la estación, dándote la espalda, mientras todavía tu mano fría y blanda temblaba entre mi mano. Adiós Bernard, te oí decir, como un roce de vendaval helado en la nuca. Entonces sonó el aviso que anunciaba la salida inminente del tren expreso hacia Amberes del andén número dos, eran las siete de la mañana del 30 de Abril de 1940. Igual que ahora, tantos años después. Mi cuerpo marchó, pero yo me quedé, sosteniendo con la mirada, las manecillas del reloj, forcejeando eternamente por que no avanzaran, sin pestañear, no fuera que al abrir los ojos, hubiera pasado un segundo, y en ese segundo te hubieras soltado. Fundidos los ojos en uno solo, uno solo mutado en la esfera del reloj, blanca y luminosa como la niebla de aquella tibia mañana. La guerra empezó y terminó para mí en el momento en que dejé de sentir el roce de las yemas de tus dedos en mi mano. Lo que embarcó en ese tren fue mi cadáver, como una piltrafa arrojada a la tierra quemada del campo de batalla. Todos los vagones estaban ocupados por muertos cuando la locomotora echó a andar, vomitando humo de crematorio. Todo el trayecto no fue sino un viaje de regreso de cuerpos exhumados para ser enterrados por fin en el cementerio al que pertenecían. Un interminable abandono de la trinchera por el cuerpo de la amada.
Tantos años después, la locomotora regresa ya, impulsada por el estallido de las bombas que cayeron entonces. Huía del infierno, batiendo bielas a velocidad enloquecida, hendiendo la niebla, licuando las balas enemigas que quedaban derretidas sobre los rieles de las vías, reconstruyendo el camino de vuelta. Ahora resucitan las almas en los vagones intermedios. Allí se descorren las cortinas de las ventanas, donde se asoman miradas atónitas que contemplan los desgarros del paisaje, como páginas arrancadas del libro de la historia que nunca se cuenta. Prados inmensos, ligeramente ondulados, totalmente deshabitados, donde languidecen espaciados, troncos secos de abedules, como bellos canosos sobre el pecho de un varón. Tierras blanquecinas y estériles, cubiertas de cortezas desconchadas de los troncos, como velos de novia abandonada en el altar. Territorios ensombrecidos por el último amanecer. Fáciles de olvidar por quien va de paso. Y todos los que los atraviesan, van de paso. Nadie desearía nunca quedarse aquí. Parece que nadie nunca los habitó. Y aquellos que lo hicieron, enmudecen al recordarlos.
Todo este tiempo he permanecido en el mismo lugar, sentado en este banco del hall de la estación, esperando a que llegases cada mañana y te situases enfrente de mí, a contemplar los paneles de salidas y llegadas, que mostraban destinos inalcanzables. Nunca has faltado a la cita. Cada día, cada amanecer. Siempre joven, con la misma inquietud concentrada en tu mano izquierda que tirita como si sujetase el mecanismo del reloj que marca el tiempo que solo caduca en tu piel. Tu mano inclinándose día a día, arrastrando a todo tu cuerpo hacia el suelo, encorvando tu espalda como una balanza que sentenciara justicia. Todo este tiempo he estado esperando tu desplome. Aguardando el día en que el parpadeo de las letras del panel de salidas y llegadas se paralizase y anunciase la llegada del expreso de Amberes. Midiendo día tras día la distancia entre tu mano y el suelo. Ese recorrido hacia el suelo de tu mano ha sido mi tiempo y mi espacio. Como la planta busca la luz, tu mano buscaba encontrarse con la mía, hasta tocarme y darme la vida que me quitaste al separarme de ti y devolverme al ayer en que fuimos uno, crearme como el Todopoderoso en la escena de la creación de la Capilla Sixtina. Despierta Bernard. Levántate y anda.
Sigues tan bella como entonces. En aquel amanecer que había de ser perpetuo. A pesar de que te has ido consumiendo hasta prácticamente esfumarte de ese traje chaqueta de mecanógrafa que parece abandonado en un perchero. Y tu piel que huele a bolas de alcanfor sublimadas. El cono invertido de tu falda que aletea al ritmo de los vaivenes de los transeúntes que te sortean como las corrientes a las rocas, dejando apenas ver tus pálidos tobillos de estatua de Praxíteles arrumbada en un desván perdido, todavía por inaugurar.
Siete de la mañana. Se anuncia la llegada del expreso de Amberes ¿No lo oyes? ¿Qué te mantiene en pie todavía? Acaban de limpiar el suelo de la estación. Asómate al suelo y verás reflejada mi mano en la baldosa. Antes de que los pasos de los pasajeros que llegan o se van la ensucien. No permitas que nadie la pise. Que ninguna despedida altere el aire que delimita su espacio. Que ninguna bienvenida se pronuncie encima, solo la nuestra. Deja de darme la espalda, mi querida Magueritte. Abandona el revés de tu desamparo. Vuélvete. Termina de caerte de una vez. Lánzate conmigo en el abismo del paraíso. No temas.
Eternamente tuyo,
Bernard.
Leave a reply