Dos horas por delante, todavía. Tenía tantas ganas de partir que tras dejar el hotel por la mañana me había ido directo a la estación. A sentarme frente a los andenes y así, observando las idas y venidas de los trenes, sentir que ya me había marchado. Miré el reloj, una vez más. Quedaban dos horas. Doblé el periódico. Lo volví a desplegar. Lo arrugué y lo lancé hacia el otro extremo del banco. Comencé a mordisquearme las uñas. Me levanté y dejé la maleta en la consigna. Necesito un poco de aire.
Rumbo a la salida, me detuve en el vestíbulo. Me quedé mirando los pies. La barbilla pegada al pecho. Quise palparme los muslos, la barriga, los costados. No es que hubiera perdido algo. Me sentía truncado. Como si me hubieran amputado los miembros y en el arranque de los mismos tuviera avisperos. El alarido de los raíles pisoteados por el expreso de Coimbra me los cosió de nuevo. Cuatro notas ascendentes de xilófono entrecomillaron el anuncio de su llegada puntual a la estación de San Benito. Casi de inmediato, los tres arcos del vestíbulo desembalsaban torrenteras de pasajeros. Entre empellones y zarandeos, permanecí, junto cimbreante, a contra corriente, absorto en las escenas costumbristas de los azulejos de las paredes. Una vez la muchedumbre se hubo esfumado, mi cuerpo se enderezó, de espaldas a la calle, mirando hacia los andenes, olfateando desde la penumbra, como si los tres arcos del vestíbulo fueran las cuencas de mis ojos y los agujeros de mi nariz.
Quieto. Callado. Entre los que van y vienen. Los que se quedan. Los que regresan. Gritos, despedidas, plantes y bienvenidas. Silencio. Intento comprender el sentido de las cosas. La función de cada elemento. Los mecanismos que regulan mi organismo. Las leyes a las que se ajustan mis decisiones. Hasta que consigo detener el movimiento de mis conclusiones pendulares, antes de que consigan hipnotizarme y me obliguen a asumir rasgos que no sé si me corresponden. Lo dudo. Quizá sean míos, pese a que trate con denuedo desligarme de ellos. Aparecen y desaparecen interpretando un juego que a ratos me parece divertido y casi siempre macabro. Sin saber cómo, el pensamiento deja de fluir. Se pierden los enlaces entre las consideraciones y queda desnuda y pura, la posibilidad, la nada. Me pongo en marcha.
Al salir de la estación compré un paquete de pitillos a una viejecilla que sostenía en su regazo un cajón repleto de cajetillas de tabaco, pulseras, souvenirs y otros adminículos. Me encaminé hacia la “Rua das flores”, que desciende hacia el barrio de Ribeira. A media altura de la calle, me paré frente al escaparate de una librería de viejo. Estaba flanqueada por dos tiendas de vinos de la región. Un largo y angosto pasillo con estanterías repletas de libros polvorientos conducía hacia una estancia lúgubre donde un anciano de pelo blanco y gruesas cejas, negras como el hollín, con gafas de pasta, caladas en la punta de la nariz, se esforzaba con ademán histriónico, en poner orden dentro de un manhattan de rimeros de libros. Parecía que se iban a desplomar de un momento a otro, con sólo mirarlos. Si no lo habían hecho ya, debía de ser por el efecto aglutinador de un aire denso y áspero, compuesto de partículas procesionales a cuyos hombros se alzaban las almas de los clásicos y de los olvidados. El aire de aquella librería se podía leer. Páginas gruesas y amarillentas que desprendían aroma de vino añejo. Sólo había que menear la cabeza, de un lado a otro, de arriba abajo, para percibir el cosquilleo de una pluma o el aporreo apremiante de una máquina de escribir. Los cuentos del pasado, las historias que nos trajeron hasta aquí, y los pensamientos que entonces fueron balbuceos de modernidad, atrapados entre tantos libros, entonan cantos fúnebres con estribillo que suena a chirrido de rieles. ¿A quién pertenecen? ¿Dónde están sus herederos? Por cuántos lugares habrán deambulado. ¿Cuántas manos los abran adorado? ¿Cuántas los habrán prostituido? Manos cuidadas, tersas, suaves. Seda aristócrata. Manos de doncella pálida. Manos jóvenes, que hojearon historias nuevas que hoy son viejas, y acariciaron por primera vez la pulquérrima piel del esqueleto que hoy vaga buscándose las costillas extraviadas, quién sabe si robadas por otro, con menos talento y mejor fortuna, que medró a su costa. Vendrían después tiempos agitados, de tiempos oscuros y revueltas sociales, en que alguien, ¿quién?, lo rescatara de entre las cenizas de los herejes, o de las fauces afiladas de la revolución, para depositarlo en manos fugitivas de exilios mancos. Manos y más manos. Manos del pueblo ignorante que lo despreció. Manos burguesas que lo enviaron a cumplir condena entre tantos otros para ser esquirla de mosaico, entre otros cientos, en la ampulosa estancia donde lo más trascendente era escuchar el sorbo de una taza de te. Hasta hoy que viene a mis manos como al que le caga una paloma en la cabeza. Al hojear el libro, descubro que todavía se puede percibir el tacto suave de unas yemas incandescentes, de una caricia perdida en el tiempo que anhelaba otra caricia ajena a la historia del libro. Este libro que ahora sostengo entre mis manos, no tendría el mismo valor sin todas esas historias apócrifas que resucitan de entre los pliegues de las páginas. El anciano corcovado de las cejas negras se cala las gafas y me mira con expresión enigmática. Llego hasta una página en que una muesca en la esquina indica una interrupción. El resto del libro se me antoja que no terminó de leerse. ¿Por qué te paraste? Mi dedo índice acaricia la doblez de la página, como un zahorí que buscase la saliva oculta. Humedezco el dedo en la lengua e interrumpo mi historia en el mismo punto en que lo hiciera mi antecesor. Aquí dejo mi visión atormentada del momento, añadida a la de tantos otros, a los que estrecho la mano y dejo mi consuelo impreso con sudor en el lomo.
Dejé la librería. Seguí calle abajo. Al pasar junto a la “casa da Misericordia” recordé que días atrás visité este museo que, según la guía, custodiaba un espectacular lienzo, “Fons Vitae” , atribuido según unos a Van Der Weyden, y según otros a Hölbein. El cuadro había sido trasladado a la “Alfondega”, para formar parte de una exposición enmarcada dentro de los actos del jubileo del año 2000. Decidí bajar hasta allí para verlo, pues el título ejercía sobre mí una oscura atracción. Fons Vitae. La sola pronunciación me producía un efecto sedante. Tampoco esta vez lo conseguí: la exposición había terminado, justo el día anterior. No obstante, me decidí a entrar dentro del magno edificio. Un largo corredor conducía hasta un muelle junto al Duero, donde en otros tiempos las mercancías eran desestibadas para luego ser depositadas en los almacenes a la espera del cumplimento de los correspondientes trámites arancelarios. Me senté en una escalinata que descendía hasta el río, a contemplar sus aguas mansas, espoleado por la idea sugerida por aquel lienzo que me había sido tan esquivo. La fuente de la vida mana en un lugar escondido. Enseguida se bifurca, y se vuelve a bifurcar hasta el infinito. Llega a todas partes. Solo hay que abrir los ojos para verla discurrir a nuestros pies cuando sentimos que el cansancio nos vence. Aquí está, lamiendo las rocas de este muelle. Las aguas parecen siempre las mismas, mas no lo son, ya lo dijo Heráclito. Los cientos, miles de kilómetros que habrán recorrido, desde la fuente, hasta llegar aquí. Las historias de las que habrán sido testigo mudo, pero fiel. Historias como la mía. Historias tan distintas a la mía.
A un par de metros un muchacho contempla cabizbajo las aguas atolondradas, fruto de las presiones contrapuestas entre el río que quiere llegar, y el mar cercano que quiere subir a renovarse en la fuente. Saco un cigarrillo. El muchacho parece liberarse de sus cavilaciones. Me pide un cigarro, por favor. Extiendo mi brazo. Un pitillo del revés entre mis dedos. Me mira desconcertado, gatea un par de metros y coge el cigarro con la boca. Me vuelve a mirar, turbado. Acerco la palma de mi mano a su mejilla para hacer de pantalla contra el viento. Él une sus manos a las mías. La llama del mechero prende el cigarrillo. El leve roce de las yemas de mis dedos con sus mejillas me deja una sensación inflamada que ilumina mis uñas. “Obrigado”. Sonrío como muestra de cortesía impostada. Me quedo mirándome las manos. Me pregunto por cuánto tiempo guardarán aquella caricia. En algún lugar deben almacenarse todas estas cosas. No pueden perderse.
Mientras atravesaba de nuevo el largo corredor para abandonar la “Alfóndega” leía precipitadamente los paneles colgados en las paredes en que se explicaban las funciones que las distintas secciones del edificio desempeñaron en el pasado. Misión extinguida con el tiempo para dar paso a otros métodos y otros lugares acomodados a la lógica pragmática de los tiempos modernos. Largos pasillos, amplias naves, ahora vacías, que eventualmente acogen una exposición, quedan como vestigios que inútilmente nos guían hacia una época en que el ajetreo y el tumulto de hombres y mercancías marcaban el ritmo de los días. Otra historia olvidada, resumida a traición en las cuatro líneas asépticas de unos paneles. ¿Quién conoce el resto?
Emprendí el camino de vuelta. Subí por la “Rua das flores” en dirección hacia la Plaza de la Liberación, para regresar a la estación y partir. Todo estaba en su sitio. Por las céntricas calles de Oporto, a esa hora, circulaban autobuses atestados y taxis enloquecidos. De la estación de San Benito entraban y salían viajeros. Los vendedores de frutas y hortalizas exponían su mercancía en las aceras. Allí estaba ella cuando salí de la estación, hacía apenas dos horas, pero ya no estaba, aunque su cuerpo seguía ahí, asiendo con firmeza el cajón todavía repleto de paquetes de tabaco, mecheros, souvernirs y otros adminículos, que ahora servía de almohada para su cabeza. Quise pensar que dormía. Al alzarle con cuidado la barbilla, aquélla se desplomó sobre la palma de mi mano. La gente pasaba, indiferente, calle arriba, calle abajo. Unos estudiantes acudieron solícitos. Enseguida se la llevaron en una ambulancia. Miré al cielo y por un segundo, me pareció verla flotando en un río de nubes, remontando el curso del Duero hacia el origen del agua, con su mejilla derecha enrojecida. Allí había reposado la palma de mi mano.
Cuando el tren se puso en marcha, poco me acordaba del motivo de mi partida anticipada. Observando la palma de mi mano, pensaba en la anciana, en el muchacho a orillas del Duero y en aquella librería de libros viejos. Me volví a preguntar por el lugar donde reposan todas esas sensaciones minúsculas que una vez la palma de mi mano y las yemas de mis dedos, recibieron en forma de caricia, y sin saber por qué, desaparecieron de golpe.
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