I.
Amigo, así nos conocimos:
Acodados en el ocaso,
Coincidimos una tarde,
En medio de un camino
Por el que íbamos de paso.

Tiempos lejanos, o quizá no tanto
Lo que entonces parecía suficiente
Ahora no es bastante.
Entre el pasado y el presente
Solo hay un instante
En que nos contamos lo de siempre.

Mi pensamiento suspendido en el aire
Y tu mirada en otra parte.

Como bestias con empacho de rabia
Éramos furtivos y perseguidores
De sueños imposibles
Y posibilidades extrañas.
Todavía no habíamos aprendido
A medir el tiempo que acorta la distancia
Entre la realidad y el deseo.

II.

El cielo infinitas veces soñado como escenario de cuento,
De mil formas concebido y parcialmente mostrado,
Troceado y travestido de cuerpos cotidianos,
Entre palabras esbeltas y pérfidas historias envuelto.

Ese cielo no era el nuestro.

El cielo no está hecho para estar de paso,
Ni para ser de él expulsado
Por muy grave que sea el pecado.

Solo el cielo reflejado en el espejo curvo
Del perfil del mundo que es solo tuyo,
Cuando abres la mirada en sutil parpadeo,
Y echas una ojeada directa, sin rodeos,
A la siniestra oscuridad sin nombre.

Solo el cielo auscultado entre densas humaredas
Por mis manos sordas ()
Que tientan hacia dentro y hacia fuera,
El locuaz silencio de un mundo enfermo.

Ese cielo sí es el nuestro.
Debe ser enseñado y contado,
Para entrar en él sin ser perdonado.

III.

Venimos de mundos absurdos,
Donde cada cuál sigue su curso,
Los sueños son colectivos y los caminos
Llevan todos al mismo destino.

Si bien todos pretenden ser distintos,
Que sus recuerdos son íntimos,
Sus sueños únicos y sus objetivos…
Cada cuál tiene el suyo propio.
¡Se engañan!
Allá donde vayan, ya han ido otros,
El mismo mar de todos los tiempos,
Otros  submarinos han alzado ya su perspicaz periscopio.

Digan lo que digan, ya ha sido dicho con anterioridad.
Y si creen ver lo que jamás se ha visto,
Ya pasaron a la posteridad los pioneros del paisaje descrito.

Mansamente pastoreados por los blandos brazos del atardecer
Son guiados hacia el mismo ocaso donde brotan fuentes
De aguas cantarinas y sabor agradable
Beberán hasta hartarse,
Sentirán que sienten la vida como nadie,
Que las rosas solo son rosas
Si las sostienen sus manos.

IV.

Así fuimos,
Cuando todavía no nos habíamos apartado del camino
Y tan sólo éramos testigos de que nuestros mundos,
El tuyo y el mío,
No eran tan distintos
Pues ya ardían por dentro.
El fuego que los había prendido,
Era el mismo,
Provenía del mismo sitio,
Tenía el tacto de lo divino.
La ira de un Dios apostado en las jambas del destino.
Su grandeza, bondad y belleza, esperaba entre las cenizas.

V.

Hasta aquí lo que es nuestro, dijimos,
Lo que trajimos cuando aún no habíamos aprendido
A estar vivos.
Vagábamos por el desierto calcinado
De un mundo que no era el nuestro,
Dando tumbos a diestro y siniestro,
Sorbiendo las cenizas de los muertos,
En oasis ondulantes surgidos de espejos
Trizados a pedrada limpia
Entre tormentas de polvo fariseo
Levantadas por los insensatos que transitaban
Por el camino por el que una vez fuimos,
Solo de paseo.

Maltrechos, heridos, caímos…
Moribundos, casi regresamos al lugar
De donde habíamos huido.
Gritamos de dolor, lloramos de rabia,
Creímos haber perdido el mundo.
Fingimos ser uno más,
Entre llantos tartamudos,
Habíamos tenido nuestro merecido.

Aunque tarde, comprendimos
Lo que hasta aquí nos había traído.
Supimos lo que es nuestro cuando entendimos
El sufrimiento de nuestras madres.

VI.
Fueron tiempos confusos,
De seductoras tentaciones,
Dudas oscilantes,
Verdades tullidas,
y ambiciones tempranas.
Tiempo dividido
Entre  ficticios instantes
Tiempos indecisos que
Precisamente fueron
Los tiempos decisivos.

VII.
Ayer soñábamos con el mañana,
Y mañana inventaremos un ayer soñado.
De momento, sabemos que lo que es nuestro,
Se quedó allí dentro,
Con nuestras madres, al abrigo de su vientre,
Donde volvemos continuamente…

Si mis manos sangran al acariciar
La afilada piel del mundo.
Si tu mirada se irrita perdida entre sulfurosas tinieblas.
Cuando mis manos y tus ojos son piedras que chocan soltando chispas
Para prenderle fuego al pequeño universo que nos asfixia…

Allí volvemos a buscar lo que es nuestro,
Lo que es eterno,
Porque, amigo, no somos hombres perecederos,
Nosotros somos dioses,
Porque Dios se esconde en nuestros cuerpos,
Cuando regresamos al punto de encuentro
Y recuperamos lo que es nuestro
Lo que nuestras madres amasaron sin saberlo,
Entre sus manos, antes de nacer y perdernos,
El sueño de Dios que duerme en su seno,
Tenebroso lecho al que el mundo no tiene acceso,
Ni puede ponerle cerco.

Solo tú y yo podemos
Si queremos hacer uso
De lo que es nuestro.
La herencia que guardamos tan adentro
Que tan solo al hacernos pequeños
Y dejarnos caer al fondo del abismo
Para golpear el misterio
Y encender la hoguera donde arde lo viejo.
El fuego postrero que esplende haces de luz para iluminar
La senda que conduce hacia lo infinito,
Lo inabarcable, lo eterno.