Bien podrías ser uno de ellos, un hombre cualquiera, alguien normal, al menos no ser un don nadie en la nada, sin otro don que el de no ser nada para nadie. Bien quisieras ser como los demás, como ese, como aquel, como todos los que van y vienen de sus casas y de las casas en donde son bien recibidos. No como quien huye de todas partes, a sabiendas de que vaya donde vaya estará de más y echará de menos lo que deja atrás. Vuélvete y verás… sigues igual. ¿Cuántas veces has pretendido cambiar? Sólo cambia la gente normal. ¿Acaso podrías soportar tú la insoportable inanidad que le supones al común de los mortales? No. Tú no alternas con la normalidad. Tu no transformas tus traumas en razones que defienden teorías absurdas sobre la vida, el amor, la muerte… el más allá. Pura charlatanería. Bien lo sabes tú que duermes permanentemente. Y el más allá es territorio exclusivo de los sueños, antesala de la muerte. Cierto que a veces te despiertas en duros catres verticales, te haces carne, y hasta piensas que eres normal, uno más, alguien que se sabe alguien para alguien, como ese, como aquel. Te olvidas de que no eres nada, te crees alguien.Hablas de esto y de lo otro, lo mismo que el resto; haces tuyos chascarrillos extraídos de seriales televisivos; comentas los libros que más se venden, los que lee todo quisque; vas al cine a ver la segunda parte de aquella película que causó furor hace no sé cuánto, o esa otra de ese director que tanto promete, y sostienes que éste por fin ha encontrado su propio lenguaje y que aquélla es peor que la primera, lo mismo que sostiene tanta gente. Y al llegar al punto en que estás a punto de dejar de ser lo que eres para ser uno más, sin saber por qué, sientes que no puedes más. La normalidad saca sus navajas y te retiras, igual que se ahuyentan las aves de cierta envergadura de las espinosas ramas de las acacias. Quieres dormir, o quizá te quieres morir. Ni lo uno, ni lo otro. Tienes cuentas que rendir. Eso, por dormir de pie. Para coger el sueño, antes la vida te tiene que golpear, repetidas veces en la frente, si quieres que te deje libre, por tus pecados de omisión. Duerme… Desaparece… Deja que la vida pase mientras sueñas. Lo que pase a este lado del muro, no será para tanto. Al fin y al cabo, tiempo habrá para corroborarlo, cuando los perros que vigilan tu sueño estén hambrientos y te vuelvan a incomodar con sus ladridos para urgirte a ser ese hombre que bien pudieras ser, y que de haberlo sabido… Desengáñate nunca lo sabrás.
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admin 7 de marzo de 2010 at 17:37
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