Uno contempla las fotografías de esta serie como quien acude al diccionario a repasar las diversas acepciones de una palabra que emplea habitualmente y que en un momento dado siente la necesidad de profundizar en su significado. Frágil tiene el clasicismo imperecedero de las estatuas mutiladas, la palidez intemporal del mármol maltratado, la belleza aparentemente superficial del desnudo mostrado en su más incruenta imperfección, la austera concisión de una definición.
Se aplica a lo que se rompe fácilmente por golpe. Sobran los adornos, las explicaciones están de más. Esa parte le corresponde al espectador. Pertenece a la región irredenta de la propia experiencia personal donde los humanos anhelos se exilian. Ese territorio que pretendemos anexionar a nuestra realidad, y de repente, cuando lo creemos conquistado, inopinadamente el cielo que nos cobija se desploma, el suelo que nos sostiene se desfonda y en medio solo queda el abismo inconmensurable.
Fácil de estropearse o trastornarse. El tiempo, pétreo diccionario de instantes de arena que nos explican. Grano a grano van cayendo hasta apelmazarse y formar un todo contundente como una piedra maciza que infaustamente es arrojada contra el cristal con el que blindamos la intemperie para protegernos de la caducidad de las cosas. Es tiempo entonces de darle la vuelta al reloj y ver los acontecimientos desde su revés para ponderar su importancia y su verdadera dimensión. Aquel grano que confundimos con una montaña vuelve a ser grano, un momento extraordinario entre las sueltas brumas de lo cotidiano que dominó nuestro pensamiento hasta convertirnos en súbditos de la tiranía del deseo.
Se aplica a una persona con poca fortaleza para resistir las tentaciones. Así fuimos, sedientos zahoríes en busca de sueños imposibles e ilusiones desmedidas que anhelaban ser dioses hinchados de fatua perfección. Tarde o temprano, el indómito azar nos salió al paso y desplegó sus armas para detener nuestro obsesivo desenfreno y dejarnos en medio del camino con los miembros amputados, la piel arrugada y el cuerpo lleno de desgarros y dentelladas, huecos por donde reverbera el inefable eco de nuestra alma. Así somos tras la derrota, la pérdida, el desplome, el fracaso. Lamentables figuras conforme a lo que un día ansiamos, pero revestidos de la dignidad que tienen las estatuas tullidas de los grandes imperios arrasados, sabiamente reducidos a la esencia de una metáfora precisa que explica la verdad subjetiva sobre nosotros mismos.
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