Oigo los trenes pasar atravesando lentamente el valle en miniatura que intuyo allá abajo junto al río, donde rebotan las piedras que lanzo contra el horizonte. Apenas hace unos minutos que partían de la Estación del Norte; apenas unos minutos y llegarán a su destino: Estación del Norte. El sentido lo distingo por cómo crujen las vías a su paso. Si parten, el valle es una garganta que carraspea como cuando alguien entra en escena e interrumpe de esa manera para hacerse notar. Si llegan, el valle exhuma sus muertos (las almas de los que perdieron su tren y de los que saltaron antes de llegar) que al unísono suspiran al verse liberados de la esclavitud de la tierra.

En el intervalo en que los trenes no pasan, el horizonte se acerca a la cima de la vertiente donde me encuentro. Su luz dorada de atardecer sagrado lame la ceja de la montaña y como lava incandescente se desliza con sigilo por el suelo encendiendo a su paso las briznas de hierba como si fueran mechas de vela frente al altar de una iglesia donde me siento a escuchar la voz de Dios.

Oigo el piar inquieto y juguetón de los pájaros que revolotean entre las copas.
Oigo el suave desplome de las hojas que caen de las altas ramas que los pájaros menean. Tan insegura y temerosa es su caída… pareciera que se quisieran amarrar desesperadamente al hilo invisible que todavía las une al nudo de la rama donde estuvieron sujetas. ¡Cuidado que el suelo quema!
Oigo el eco incierto de los puntapiés que un muchacho da a su pelota, a mis espaldas, o quizá a mi izquierda.
Creo oír el beso interminable, preso entre el abrazo inmóvil de dos amantes, junto a los que pasé poco antes de sentarme y que me recuerda al que nos dimos aquí mismo hace… bastante, y en cambio, no parece tanto.
Oigo el jadeo acelerado de un perro que husmea entre los arbustos, busca una sombra donde hacer sus cosas. Y oigo las voces de su dueño que lo reclama en la distancia, no sabe por donde anda.
Oigo los golpes secos como azadas en tierra seca, de gente que corre, sola y acompañada.

Oigo tantas cosas… cuando los trenes no pasan.

Y a veces pasan tantos trenes seguidos… que no oigo nada.