
El verano había amontonado toda la leña a una distancia corta de nuestros cuerpos. Hacía frío todavía. Tan sólo unos días para que saltara la chispa. Nos faltó empuje. No tuvimos el arrojo necesario. El verano no llegó, ni su fuego ni su luz devastadores. La leña, súbitamente, se transformó en cenizas, sin haber ardido.
Cuando nos miramos, por última vez, pensamos que nos despedíamos para volvernos a ver en breve, para mirarnos de nuevo pausadamente, en la penumbra de la mutua ignorancia, aguardando pacientemente a que las pupilas se dilataran y calladamente se fueran bosquejando nuestros cuerpos humeantes, llenos de aire caliente, ascendiendo hasta un cielo estival, cubierto de ensoñaciones flamígeras. Sin embargo, nos miramos pensando que ya nos habíamos mirado demasiado. Ya habíamos visto lo suficiente. Nítidamente nos habíamos dibujado con trazos preconcebidos. Habíamos mojado los pinceles en un lugar equivocado. De donde se extraen tintes de contrabando. Al mirarnos cara a cara, no quisimos vernos, preferimos poner a resguardo la estampa de un falso mesías a quien seguir esperando.
La última vez que nos miramos, mirábamos más allá del tiempo, con la vista puesta en el suelo, nuestras manos acariciando las roderas del camino embarrado de donde partieron nuestros coches, aceleradamente disparados. Si al menos hubiéramos esperado a que llegara el verano, siquiera para mirarnos como deben mirarse los que no habiendo podido amarse solo pueden ser odiados.
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