Querido T.K.P.
Es la hora del desayuno. En el comedor se han quedado los voluntarios junto con algunos hermanos. No me siento cómodo con ellos. Estarán hojeando la prensa y haciendo comentarios anodinos sobre lo que leen. También supongo que intercambiarán algún detalle sobre sus vidas, igualmente anodinas. Son de ese tipo de gente idealista que parece tener la clave para arreglar el mundo, pero que, aparte de juguetear con los críos, ofrecer su sonrisa y echarle buena voluntad, carecen del más mínimo talento siquiera para comprender lo insignificante que resulta su papel en esta pequeña parte del mundo. También andará por ahí enredando ese tipo gordinflón de pelo ralo y canoso que dicen que viene a observar y tomar nota. Por lo visto está escribiendo un libro. También merodeaba por aquí hace un par de años. Aparte de zampar, no veo que haga cosa de provecho. Eso sí, los hermanos lo reciben como si se tratase de Dominique Lapierre.
No me hagas mucho caso, no soy quién para juzgar a nadie, ya no me queda nada de peso que poner en la balanza para compensar la gravedad de lo que observo.
Te recuerdo aquella vez en que perdiste los nervios por una vez, creo que solamente yo me di cuenta, había demasiado bullicio ese día en el comedor, y todos, voluntarios y hermanos, departían desenfadadamente sobre asuntos livianos, unos; otros leían plácidamente el Times of Calcuta, mientras bebían el te. Como en estos momentos deben de estar haciendo ahora abajo en el comedor. Te pedí alguna sugerencia sobre una película de Tolliwood para ir a ver algún día. Al repasar con desgana la cartelera, te pregunté qué clase de películas te gustaban. Entonces te quitaste las gafas, desviaste la mirada hacia un lado y dijiste algo así como que ya no había nada que te llamase la atención. Nada en absoluto, ni películas, ni libros, ni personas. Ya no sabías en qué creer, el mundo entero, el mundo soñado se había desvanecido a modo de mortaja sobre el mundo real, y ambos se tambaleaban bajo tus pies. Te volviste a calar las gafas y seguiste leyendo. Salam Namaste fue la película que me recomendaste esbozando una sonrisa. Cantan y bailan, te gustará, me dijiste. Y efectivamente, me gustó. Hasta me compré el CD de la banda sonora. La de veces que lo habré escuchado a la vuelta, en España. Lo que se te pasó por la cabeza en aquellos momentos constituye un misterio para mi. Quizá ni tú mismo lo supieras. Tampoco sabría decirte qué es lo que me hace ladear la cabeza ante todo; qué me hace menospreciar a cuantos me rodean a la vez que me siento menospreciado. No se me va de la cabeza la idea de que existe un perverso plan divino que me lleva a obtener lo contrario de lo epserado. Qué fácil sería evadirse y sencillamente cantar y bailar despreocupadamente como si la vida fuera una película de Tolliwood.
Acaban de subir tres hermanos. Se han quitado las camisas y se han remangado los pantalones. Se han puesto a hacer la colada. Mientras frotan en la pila, juguetean salpicándose unos a otros. Son tan jóvenes… Podría pensar que querría ser uno de ellos, como un crío que se solaza con las cosas sencillas y cotidianas. O, en el peor de los casos, podría querer sentir la dicha vicaria de un anciano cuando observa la dicha ajena que le recuerda remotamente a la que un día vivió en primera persona. Ni una cosa ni la otra. No sé lo que quiero querido TKP. Todo me resulta indiferente, cuando no, molesto y humillante.

Hoy no he podido darle su masaje a Mr. Haru. Estaba cubierto por una sábana que le tapaba completamente de la cabeza a los pies. La sábana dejaba entrever su cuerpo enteco como un bajorrelieve. El señor que hay a su lado, ese que está siempre rascándose un muñón, mientras con la otra mano da manotazos al aire espantando moscas invisibles, ha hecho un gesto réprobo con la cabeza, o eso he querido entender, conminándome a largarme. Por un momento he pensado que había fallecido. Cuando Sumi, el hermano, me ha visto santiguarme, me ha dado una palmada en la espalda y sonriéndose me ha dicho que estaba descansando, simplemente. Inopinadamente me he sentido más agotado que si me hubiera tirado las dos horas diarias que paso masajeando torpemente el cuerpo consumido de Mr. Haru. Me he ido a sentarme al comedor de los niños. Sonu ha venido enseguida remedando el gañido de los perros que hay junto al garaje. Me ha tomado de la mano y me ha guiado hasta allí. Sin embargo, no eran los perros a los que quería ver, sino la ambulancia que hay allí aparcada. Esa es su obsesión, quién sabe por qué. Ya esté aparcada o venga de fuera con algún enfermo, él sale disparado a encaramarse sobre el guardabarros trasero para mirar por la ventanilla. Luego he vuelto a sentarme junto a Raju que estaba repanchingado bocabajo, como es su costumbre, balanceando la cabeza y trepando con sus piernecillas por la pared. Quizá sienta placer tentando el barniz suave del bosque dibujado sobre las paredes. Al momento ha venido a acurrucarse en mi regazo. Como un gato, frotaba su cabeza contra mi costado y me arañaba tiernamente en los brazos. En gestos como este de Raju descubro la evidencia de que, pese a su comportamiento similar al de un animal indómito, estos niños muestran una sofisticada sensibilidad, más intensa que la que pueda tener el más humano de los humanos. Esto me recuerda aquel día en que estábamos rezando antes de comer y eché en falta a aquel muchacho que tenía el cuerpo lleno de ampollas, cuyo nombre no recuerdo, y que ya no está por aquí este año. Salí al patio a buscarle y lo encontré tirado sobre el suelo, junto a los columpios. Respiraba como lo hacen las bestias que han sido atrapadas en una trampa. Cuando lo levanté tenía uno de sus costados en carne viva. Temblando te llamé. Quise gritar para que acudieras enseguida, pero sólo me salió un hilo de voz sollozante. Viniste inmediatamente de todos modos. Entre los dos lo llevamos al botiquín. Recuerdo tu cara como si la tuviera enfrente en estos momentos. Cómo desearía, querido TKP, volver a tener enfrente siquiera un vislumbre del alma que hizo espejar en tu cara aquel día tanta serenidad y comprensión. Tendré que conformarme con recuerdos. Creo que es lo único que me retiene todavía aquí.
Namasté.
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