Quiteria Valiente perdió la cabeza el mismo día en que se cumplía el primer aniversario de la muerte de su esposo, Marcos Rodríguez. Ella misma fue la primera en darse cuenta, cuando se despertó sobresaltada y tuvo la paradójica sensación de estar muerta y viva al mismo tiempo, diez días antes de su entierro.
Se quedó mirando al ventanuco de su habitación iluminado por un resplandor como de incendio lejano. Los diez días que precedieron a su deceso, tuvo permanentemente el gesto de fascinación en el rostro de quien contempla una hoguera. El viento bufaba afuera. El golpeteo de la persiana le pareció la voz trapajosa de su marido que le decía “Mujer a dónde vas tan apriesa, entoavía no son horas”. El pobre Marcos que antes de morir llevaba veinte años sin abrir el pico. Se comunicaba dando manotazos sobre la mesa, como matando moscas, para exigir las cosas fundamentales.
Se levantó, dobló las sábanas y las mantas y las guardó en el armario. Dejó el orinal encima de la mesilla de su marido, y se arrodilló para rezar un rosario. Después, recorrió toda la casa, descalza, con las manos en las pantorrillas recogiendose el camisón, como si vadeara una corriente que anegara el suelo. Abría y cerraba las puertas varias veces, pues en este ejercicio creía volver a escuchar la misma voz con la misma frase “Mujer, a dónde vas tan apriesa”. Finalmente regresó a la alcoba. Tomó el orinal en las manos y hundió la punta de la nariz en el liquido que rebosaba el recipiente. Aquel olor acre la aterrorizó. Sin embargo, no pudo apartar la mirada de la superficie ondulante donde parecía reflejarse no su rostro sino el de Marcos. Con el orinal en las manos, descalza, en camisón, la larga cabellera canosa cayéndole sobre los hombros y tapándole la cara, salió de la casa camino del cementerio.
Las chimeneas todavía humeaban deshilachadas espirales de los hogares exhaustos a esa hora tan temprana. El viento era menos fiero que lo que parecía dentro de la casa. Los gatos se acercaban atraídos por el recipiente de loza. Rezongaban al percibir el olor a orín y salían espantados. Un cielo empachado que casi tocaba el suelo tenía el color de una ventana de velatorio. Recorrió la media hectárea del secarral donde estaba asentado el camposanto. Fue tanteando y olfateando el terreno aledaño de cada lápida. Ningún olor era comparable al que se desprendía del orinal. Hizo el camino de vuelta y se dirigió al cementerio viejo, junto a la Iglesia. Volvió a rastrear las tumbas amontonadas. Entre olores de pólvora, de leña ardiendo y piedras rotas vio muertos de guerra, brujas quemadas y niños apedreados antes de nacer, pero no vio a su marido, Marcos Rodríguez. Agotada, se sentó en la escalinata de la puerta norte de la iglesia, con el orinal en el regazo. Mojó las puntas de sus dedos en el orín y se mesó los cabellos. Después metió las manos hasta las muñecas y se dió unas friegas en los pies que le ardían como si hubiera deambulado horas y horas por el bosque incendiado que se barruntaba tras el ventanuco de su habitación.
Ya en casa, depositó el orinal debajo de la cama y se acostó. Se durmió en el acto. Quiteria Valiente volvió la mirada hacia su marido y al observarle masticar aire mientras orinaba respiró aliviada. Creía haberme vuelto loca, pensó.
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