La madurez de Max  Brandoni consistió en pasar de ser un niño con mentalidad de adulto, a un hombre abstraído en el recuerdo de juegos de infancia que nunca desempeñó. Raquel, su primera esposa, y por ello quizá la que conservaba una imagen más pura de Brandoni,  lo describió en el obituario publicado en la prensa local al día siguiente de su entierro,  como aquel muchacho que conjuraba el insomnio estival asomado a la ventana, contemplando embobado el resplandor de las fábricas en la lejanía. ¿Qué miras Brandoni? Le preguntó aquella noche, cuando eran niños. Raquel vivía entonces  justo encima de Brandoni y ya soñaba con casarse con su nuevo vecino y compañero de clase al que todos llamaban por su extraño apellido. ¿Qué miras Max? le preguntó la noche de bodas, cuando tras consumar el matrimonio con desgana administrativa se dirigió a la ventana para fumar un cigarrillo. Las fábricas, contestó lacónicamente mientras exhalaba el humo alzando la cabeza, con la mirada perdida entre las volutas, como si con ellas se esfumara la parte de sí mismo que se resistía a encarar el nuevo rumbo que su vida tomaba. Igual que cuando eras niño, murmuró para sus adentros Raquel antes de arrebujarse entre las sábanas y conjurar el sueño estrujando contra sus caderas puñados de tela; fabulando en su cabeza el recuerdo de un retozo inexistente.