Ayer tarde Gritón andaba inquieto. Barruntaba algo. El invierno acechaba, antes de tiempo. Más no era eso. Poco después del Pilar ya había empezado a tiritar sin venir a cuento cuando acudía durante la siesta y se acurrucaba con el lomo pegado a mi costado. Entonces supe que para los Santos a más tardar vendrían los primeros hielos. Pero no era la cercanía del invierno lo que trataba de anunciarme, a pesar de que seguía estremeciéndose cuando se restregaba en mis piernas entre idas y venidas. Tenía el extraño comportamiento que había oído contar al abuelo de cuando los perros detectaban la amenaza del lobo. Se metía entre el ganado y tropezaba con las ovejas, se encaramaba a un tocón y ladraba hasta quedarse afónico. Correteaba como alma que lleva el diablo de aquí para allá. De repente se paraba para husmear con el hocico apuntado al cielo, casi en vertical. No atendía al ganado. Le aticé un par de varazos, mas se quedaba rezongando, mirándome desafiante.
―Mañana llevo las ovejas a la Povedilla―. Le dije a madre en la cena.
―¿Y eso?
―Allí estarán más a resguardo.
―¿No es temprano todavía?
―Hace unos días que Gritón barrunta el frío.
―Tienes que deshacerte de ese perro―. Dijo padre que acababa de entrar en la cocina. ―Te lo tengo dicho, está viejo y ya no sirve para gobernar el ganado. Mañana mismo hablo con mi primo a ver si le queda algún mastín de aquella camada de enero que le salió tan buena.
―Te he dejado ahí unas tajadas, por que sopa, Fructuoso, no querrás…
―No traigo ganas, María. Me voy a acostar.
―Bien está.
―Madre, ¿usted cree que todavía quedará algún lobo por la zona?
―¡Quiá! Aquí nunca ha habido lobos. Por el norte preciso dicen que hay. Pero aquí…
―El abuelo me contó una vez que un lobo le mató veinte ovejas.
―Tu abuelo era como tu padre. Con eso te lo digo todo. De esto hacen esto otro― dijo agarrándose la punta de un dedo primero y luego el hombro, levantando el brazo hacia el techo.
Al día siguiente, de camino a la Povedilla, parió la Morena. Un pareja de carnerillos que fueron bautizados por los primeros copos del invierno, que efectivamente se había adelantado. Ya había hecho el trecho de la Hoz Somera rezagada. También el parto se le había adelantado. Madre murió esa misma tarde.
Llegué a casa ya caída la noche. “¡Ha parido la Morena!”, fue mi saludo al entrar. “Bien está”, hubiera respondido madre. La misma respuesta siempre, al regresar, cualesquiera que fueren mis nuevas, proclamadas mientras colgaba el morral en la percha del pasillo. “Me he encontrado con el padre Julián en el barrancón. Me manda saludos” le había dicho la tarde anterior. “Bien está”, fue su contestación. “¡Vengo hambriento madre!”. “Bien está”. Anteayer.
Me quedé un rato paralizado, con las manos todavía apoyadas en el brazo de la percha, esperando el “bien está”. Ella, que ya no estaba, descansaba en su mecedora, con las manos en el regazo, sosteniendo un rosario, la cabeza ladeada y los labios entreabiertos, como solía permanecer mientras rezaba. Mas esta vez sus labios parecían haberse parado en el último Amén. Bien está, me dije a mí mismo mientras la contemplaba. Padre no había acudido todavía. Cogí el acordeón y me senté a su lado. Toqué un pasodoble. El que tanto le gustaba: “Islas Canarias”. De vez en cuando paraba para balancear la mecedora. La última vez que se lo toqué estaba sentada en ella haciendo punto, tejiéndome el jersey que llevo puesto. Cuando terminaba una vuelta, me miraba, negaba con la cabeza y sonreía simultáneamente. Luego me preguntaba por Isabel, aquella moza que conocí durante el servicio militar en Las Palmas. Padre llegó una vez la luz del candil se hubo consumido y ambos, madre y yo, dormíamos, cada uno a su manera. Me quitó el acordeón de las manos y a madre le quitó el rosario. Padre se sentó en su butaca del rincón. Debió de pasarse toda la noche contemplándonos taciturno.
A las siete y media acudieron la Remedios, la Pura y la María para desayunar con madre y marcharse a misa, madre e hijas tomadas del brazo, las manos entrelazadas y los rosarios colgando, como cada domingo. Los ayes de la Remedios me despertaron. Padre, impertérrito, seguía sentado en su butaca. Yo me fui a buscar al Jesús y al Máximo. Cuando regresé con ellos, se la habían llevado a la habitación. “Se le ha parado el corazón, Fructuoso” le decía a Zacarías, el médico, desde sus casi dos metros de altura, a Padre, sentado en su butaca.
Primero fueron las jaquecas. Víboras serpenteando dentro de su cabeza, entrecruzándose unas con otras. Estirándose hasta dar la vuelta y morderse la cola para fagocitarse entonces, oprimiéndole los huesos del cráneo. Cuando sufría sus ataques, se le quedaba esa mirada enloquecida, como si tuviera todas las cabezas de las víboras asomándole por las pupilas. Se iba a su mecedora y se balanceaba, eso la calmaba.
Antes fueron las preocupaciones. “Este hombre me va a matar”, lo decía por padre. Él no la mató. Dejó de quererla, o quizá fue que la quiso a su manera. Como nos quiso a nosotros. Sólo Dios sabe que no sabía querer de otra forma. Los recuerdos mataron a madre. Una fe inquebrantable en como eran las cosas mucho tiempo atrás la consumió. No pudo seguir el paso de padre mientras envejecían. Ella se levantaba temprano, con los primeros despuntes del alba, y rezaba el rosario. Padre se levantaba maldiciendo, a medio día, no antes. Marchaba con un portazo. Hasta la noche no aparecía. A comer no acudía. Se alimentaba con lo justo para sostenerse en pie, picoteando aquí y allá, cuando le ofrecían algo en casas ajenas, si le apetecía. Bebía toda la jornada. Madre permanecía en casa, esperando. Recorriendo las estancias, frotándose las manos, mirando por la ventana, Mascullando por doquier sus “Bien está”. Si teníamos hambre, nos hacía esperar. “Un rato más, a ver si acude este hombre”. Muchos días, salía en su busca. Iba enca el Jacinto, el tabernero. “¿Anda por aquí el Fructuoso? No María. Bien está”. Después recorría las casas de sus hijos. “Por aquí padre no viene nunca”, siempre le decía la María. “Bien está”. Tampoco comía. El hambre les unía. “Come tú, hijo, que yo no tengo gana”. La jaqueca le fue absorbiendo la cara. La boca se le fue resumiendo en un círculo, casi un punto. Su pelo liso, recogido en un moño, se le fue consumiendo hasta quedarse como dibujado sobre el cráneo.
Por último, fueron los suspiros, exhalados entre bien está y bien está. Tenía 54 años cuando murió. Yo tenía justo la mitad. Padre sobreviviría hasta casi doblarle la edad. Casi nos enterró a todos, a mí el primero.
Los días siguientes a la muerte de madre, no fueron muy diferentes. Faltaba ella, claro. Pero fue como si un fantasma hubiera tomado la casa. “Bien está”: Lo oía por todas partes. Era como si dijera sigo aquí, viva. Ya no lo estaba. A veces, al volver de atender el ganado, mientras colgaba el morral en la percha, me quedaba con la boca abierta, como a punto de decir, madre… Entonces, me decía a mí mismo “bien está”, mientras miraba desde el pasillo su mecedora vacía. Permanecía amarrado a la percha, pues que veía que se movía y me mareaba.
Anoche acudió padre poco antes de yo llegar, inesperadamente. Todavía andaba en el pasillo liberándome de mis bártulos. Apenas hizo ruido al entrar. Sentí en el cuello esa mezcla de vino fermentado y tabaco mascado que desprendía su aliento. Me miró de soslayo sin mediar palabra. Se quitó la boina y la lanzó con desdén sobre la mecedora de madre. Después estuvo deambulando por toda la casa escupiéndose y frotándose las manos. El fuego estaba apagado. Ya no estaba madre para alentarlo. Se fue a la cama. Estuvo tosiendo y carraspeando toda la noche. El tiempo de las noches se podía medir por el sonido de su orina al caer sobre el orinal. Al amanecer se oía arrastrar lentamente el orinal casi repleto y un pesado goteo que colmaba el recipiente. Entonces es cuando se quedaba dormido. A esa hora me levantaba.
Esta mañana fui donde el ganado. Gritón me ha saludado ladrando, desafiante como todas las mañanas desde que muriera madre. Como lo hiciera la otra tarde en que me pareció que barruntaba algo extraño. El lobo, me dio por pensar. Lo he matado de una pedrada. He salido corriendo de vuelta al pueblo, dejando tirado el bordón y el morral. Al llegar a la plaza, Segundo estaba cargando la camioneta con bidones de resina. Se iba a Cuenca a venderlos. He pasado por casa a recoger un poco de ropa, el bote con todos mis ahorros y mi acordeón. Me he ido con él. No me ha preguntado nada en todo el camino. Es como padre, se me ha pasado por la cabeza. Como todos los padres de por aquí. “Dile a mi hermano Máximo que se encargue de mis ovejas. Descuida”. Nos hemos dicho como despedida.
Me he ido derecho a la estación. He estado a punto de irme a Madrid. Salía un tren en media hora. Pero me ha entrado un nosequé y me he puesto a deambular por el vestíbulo, tropezando con la gente, como Gritón la otra tarde entre las ovejas. Finalmente le he echado otra ojeada al panel y he visto que mañana a las siete sale el expreso para Barcelona. “Bien está”, me he dicho. Me he sentado en un banco del andén a esperar. Me ha venido la imagen de padre sentado en su butaca, contemplándonos, a mí y a madre, como si estuviera aquí en el andén sentado, tras despedirse de nosotros. Me duele la cabeza y me siento solo por primera vez en mi vida. Si al menos tuviera a Gritón aquí acurrucado para darme calor…
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