
Con motivo del 120 aniversario del nacimiento de Kafka, en otoño de 2003 se inauguraba en el pequeño parque situado junto a la Sinagoga Española de Praga un monumento, obra del escultor checo Jarslav Róna, en honor a uno de los escritores más relevantes de la historia de la literatura universal del siglo XX. Coincidiendo con la efeméride se reeditaron sus obras y se promovieron las exposiciones “Las fábricas de Kafka”, en la que se descubría al gran público el trabajo de inspección del escritor como funcionario en la aseguradora de riesgos laborales donde trabajó la mayor parte de su vida; y, posteriormente en el verano de 2004, coincidiendo con el 80 aniversario de su muerte, en el museo Kampa, “Kafka y Borges”, donde junto al escritor praguense se rendía tributo a otro de los grandes y quizá el autor que más empeño puso en reivindicarlo y divulgarlo con prólogos, estudios y traducciones. No en vano durante mucho tiempo le fue atribuida la primera traducción de “La Metamorfosis” al castellano, que también lo fue a una lengua extranjera. De este modo Praga se reconciliaba con Kafka. Su pecado radicaba en haber escrito su obra en alemán, lo cuál constituía anatema para la intelectualidad checa, que tras la emancipación del imperio Austro-Húngaro se había zambullido en una vorágine vindicativa de la tradición puramente checa, donde la lengua desempeñaba un papel primordial. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista lo arrumbó en el olvido por considerar sus obras poco edificantes para sus intereses. Tampoco los alemanes supieron apreciar su genialidad. Su alemán heterodoxo, contaminado de expresiones y giros checos, su lenguaje sencillo y directo alejado de las sofisticaciones expresionistas al gusto de la época, y sus historias protagonizadas por personajes patéticos sometidos a infaustos destinos, poco o nada tenían que ver con el nuevo hombre que la sociedad alemana fomentaba y que degeneraría en los desastres del nazismo. Las primeras publicaciones que se hicieron de la obra de Kafka fueron en francés, auspiciadas por intelectuales franceses como Sastre, Camus o Gide que consideraron a Kafka como un apóstol de sus tesis existencialistas. Aspecto este puesto en cuestión por los exegetas kafkianos modernos. La obra de Kafka, difícilmente separable de su biografía, es lo suficientemente rica y compleja que cualquier planteamiento que pretenda encasillarlo en esta u otra corriente ya sea filosófica, política o artística, resulta reduccionista.
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