El modernismo probablemente sea el movimiento artístico que con la perspectiva del tiempo despunta con más fuerza entre la maraña de vanguardias que proliferaron entre finales del siglo XIX y principios del XX. Nunca antes, en un período tan corto, habían surgido tantas escuelas y tendencias, con estilos que se sucedían o convivían, que se oponían unas veces, otras dialogaban entre sí, con el objeto de dar respuesta a las necesidades e inquietudes del hombre de aquel tiempo. Los movimientos artísticos del período de entre siglos fueron reflejo, quizá consecuencia, de los cambios, avances y descubrimientos que en aquel entonces convulsionaron el orden establecido y alteraron radicalmente la conciencia del hombre moderno y la visión que tenía de su propia realidad y existencia.

En el campo de la física, la tesis cuántica de Max Plank, la teoría de la relatividad de Einstein, las aportaciones del matrimonio Curie sobre la radioactividad y el modelo atómico de Rutherford, entre otros, iniciaron la revolución más decisiva y sorprendente que se había producido en la Física desde el siglo XVII cuando Newton propusiera sus leyes de la dinámica y la gravitación universal.

A finales del XIX, los estudios sobre la herencia de Mendel, que habían sido ignorados décadas antes cuando se propusieron, fueron redescubiertos y contribuyeron al encumbramiento de la genética como explicación científica irrefutable de las características de la especie y del individuo en un momento en que las teorías darvinistas de la evolución y selección natural se habían demostrado insuficientes para explicar las variaciones de las especies.

En la década  de 1890, el ruso Pavlov desarrolló la teoría de los “reflejos condicionados” en la que defendía que la mente estaba regida por leyes mecánicas no muy distintas a las que regulaban el funcionamiento fisiológico del cuerpo. En 1900, Sigmund Freud publicaba “La interpretación de los sueños”, donde establecía que las frustraciones, los deseos reprimidos y la contención de recuerdos dolorosos estaban estrechamente ligados a la neurosis y quedaban  grabados en el subsconsciente, estado oculto de la conciencia que se manifestaba libremente durante los sueños.

Es comprensible que en este ambiente de ebullición intelectual, en que la física, la biología, la psicología tomaron un impulso sin precedentes hasta la fecha, y que suponía poner patas arriba la concepción que el hombre había tenido del mundo y de sí mismo, los artistas de la época reflejaran en sus obras el asombro, la perplejidad, la incertidumbre, el miedo… ante el nuevo horizonte que se abría. La búsqueda incesante de nuevos estilos, formas estéticas y sensibilidades que podemos observar desde la década de 1890 se conoció con el nombre, impreciso y vago, de Modernismo. Lo que revelaba este movimiento era precisamente la necesidad de encontrar respuestas nuevas, explicaciones definitivas, en un mundo donde muchas de las viejas creencias, ideas y valores parecían haber perdido su vigencia de la noche a la mañana.

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