En un cajón conservo dos guantes de la mano derecha, negros. De piel, no me preguntes qué tipo. Uno pertenece a un par que me regaló mi madre: son de piel, hijo, cuídalos. El otro, es de un par que me compré en una tienda de saldo –ahora llamadas outlets- de Chueca: están a un precio estupendo, son de piel, subrayó el dependiente mientras realizaba un sutil gesto como si se desprendiese de unos guantes invisibles de sus manos desnudas. Son casi idénticos. Sólo se distinguen por el velcro que tiene uno de ellos a la altura de la muñeca. No recuerdo cuándo ni dónde perdí a sus respectivos compañeros. Hoy he añadido un tercero, éste de la mano izquierda. También es negro, pero no es de piel: es de una tela especial, extrafina, que, en cambio, conserva la mano a una temperatura tropical: cómo si no llevases nada, me dijo la taimada dependienta que me los endilgó. Ciertamente, excepto lo de la temperatura tropical, por eso no siento ninguna pena. Ya puestos, podría haber perdido el otro. Unos de ganchillo me hubieran hecho mejor servicio, un día como hoy que hacía un frío de mil demonios. Tengo unas manos desprendidas, despistadas o simplemente aficionadas al nudismo. Son reacias a ser aprisionadas por cualquier material que se interponga entre ellas y la atmósfera, sea un tejido sin grosor o piel de la buena. Piel sobre piel es pleonasmo, deben de pensar. Tampoco son amigas de atrapar nada que no les pertenezca. La última subordinada completiva la he puesto porque si no la frase se me antojaba insoportablemente corta. ¿Cuántos paraguas han salido de casa y no han vuelto? ¿Cuántas propinas he soltado por servicios que no he solicitado? ¿Cuántas veces he hecho cola para encargar un nuevo juego de llaves? Cualquier objeto se transforma en agua que resbala al contacto con mis manos que parecen untadas de sebo, pese a su aspecto de pantano en construcción. Siempre han tenido esa apariencia. Recuerdo que de niño adquirí la fea costumbre de chuparme las puntas de los dedos como los gatos. Luego esparcía la saliba con el pulgar por las falanges y éstas a su vez hacían lo propio por toda la palma de la mano. Mi hermana pequeña me hizo desistir de tal vicio a bofetada limpia. Le costó lo suyo. No era tan niño cuando dejé de chuparme los dedos. A decir verdad, sigo haciéndolo a escondidas. Es más, lo acabo de hacer inconscientemente. Por eso lo reseño. Si fuera aficionado a la superstición psicológica ya hubiera extraído algún tipo de conclusión del esquivo comportamiento de mis manos. Alguien que una vez fue amigo, lo hizo por mí. Suelo perder amigos como pierdo guantes. Los amigos necesitan de uno que de vez en cuando se les acerque el cuenco de la mano para recoger alguna lagrimilla. Quizá si humedeciera con más frecuencia la yema de mis dedos con este tipo de jugos no necesitaría chuparme las manos a escondidas. Mis manos… ¡qué frías las traía! Tan solo el ejercicio de la mecanografía consigue sacarlas de su acurrucada posición de aldaba huérfana que busca incesantemente puertas a las que llamar y puestas de sol que atrapar.
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