El otro día en uno de esos portales estúpidos que uno tiene que atravesar para abrir su buzón me sobresaltó una noticia estúpida —¡desde cuando una estupidez me sobresalta! ¿Me estaré volviendo igualmente estúpido?—: Natalie Portman rechaza un papel de monja porque no entiende el celibato y le encanta el sexo. ¡Córcholis!, exclamé con el alma en un puño. Lo normal es que esta jilipollez hubiera despertado en mí el mismo interés que otras de similar calado que suelen adornar el dintel y las jambas de este tipo de portales tozudamente estúpidos: bajan las temperaturas, nieva en la sierra; sube la bolsa, baja la bolsa; Zapatero tiene un plan para afrontar la desaceleración acelerada; Marujita Díaz estrena permanente… Como mucho hubiera depuesto una contenida exclamación a la altura de mi talante: ¡pues a mí rica como si te metes el palo de la escoba por el culo mientras te despachurras las domingas con la puerta del frigorífico! Sin embargo, esta vez —reconozco que desde que he renunciado al papel higiénico de doble capa perfumado con aromas marinos extra suave y tintado a juego con los azulejos ocres del cuarto de baño (cosas de la crisis, hay que ahorrar), estoy más sensible— me zambullí en la noticia, me dio por indagar, y el tío Google me pertrechó de suficiente munición como para iniciar una guerra. Anda que por menos se han organizado unas: ahí tienen la guerra de Crimea, por un quítame allá esas pajas entre los frailes de la Basílica de la Natividad de Belén. Encontré artículos de psicólogos pontificando sobre la aberración que supone el celibato, que el sexo es algo natural en el ser humano y privarse de la cosa acarreaba no sé qué trastornos de la personalidad, venían a decir —¡Y para esto habéis estudiado una carrera chatos! —. Además, la Portman no es una petarda al uso ni una suripanta convencional, que la chica estudió filosofía nada menos que en Harvard, ¡como Obama!, recalcaban otros menestrales de la prensa catódica. Como si la universidad le privase a uno de emitir estupideces. Antes bien, ¿conocen a algún tonto del culo que no refute su autoridad asnal con una carrera? Total, que pinchando aquí, pinchando allá, con tanta monja-monja, la decisión de la Portman me llevó al jamón del ruedo ibérico, que aquí, en casa, también el debate de las monjas y el sexo ha tenido su guerra. Almudena Grandes en El País —¿Dónde si no? — lucubraba sobre el placer con que la madre Maravillas hubiera fantaseado de haber sido violada por un grupo de milicianos, jóvenes, armados y ¡mmm! Sudorosos (sic). Ésta no estudió en Harvard, pero lo hizo en la Complutense, que tampoco es mala silla donde han tenido asiento ponderables culos. La autora de “Las edades de Lulú” infería su tesis a partir de una frase de San Juán de la Cruz sobre el alma, que ella, por ser vos quien sois, sin atisbo de escrúpulo intelectual no sólo se la atribuía a la madre Maravillas, sino que además la embutía, sin miramientos, dentro del contexto del comportamiento de obediencia y sumisión que debe tener una monja, especialmente cuando la Providencia pusiera en su camino una panda de exaltados, armados y sudorosos milicianos: “Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta. “. Lo de Natalia al lado de la deyección de Almudena, que es nombre de Virgen -la vida está llena de paradojas-, me pareció un pellizco de monja. Entonces, elevé la mirada al techo y, aparte de ver una telaraña y una gotera, exclamé ¡Cáspita, esta afrenta repentina a las monjas no puede ser casual, tiene que haber un trasfondo de mayor calado! El tío Google corroboró mis sospechas. La madre Maravillas, cuya existencia ignoraba pero que a partir de ahora incluiré en mis letanías, entre Santa Margarita de Escocia y Santa Magdalena de Pulpis, por lo visto, ha protagonizado una polémica de aúpa en el Congreso, cosa que también ignoraba, a cuento de una placa que Bono quería poner en su memoria. Hasta fue blanco de las iras de Cristina Almeida, recuperada para la causa de “En este país hubo una guerra y hay una España que guarda aún el rencor de viejas deudas”, en la otrora checa de Bellas Artes. Menos mal que uno no ha estudiado en Harvard ni en la Complutense, sino, después de andar por estos berenjenales sacaría la conclusión de que la Guerra Civil la montó una monja por renunciar al sexo. Y gracias a Dios, que el tío Google, al final, me condujo al blog de Sister Julie, donde esta buena mujer le da la réplica a la Portman y le viene a decir algo así como que tú hija déjanos a las monjas usar los palos de la fregona para bruñir el enlosado del convento, cosa que tú no entiendes, y tú sigue metiéndotelos por donde te plazca, cosa que nosotras sí entendemos. Qué obsesión con el sexo, qué manía con que la gente para ser feliz tenga que andar dale que te pego a la entrepierna. Que cada uno, para encontrar la felicidad, siga el sendero que honestamente quiera tomar. Respetad la castidad de las monjas, dejadlas ser como quieran ser… Liberticidas del mundo, Let Poland be Poland.
1 comment
Paco Pérez 31 de octubre de 2009 at 19:07
En realidad Almudena, al escribir esa barbaridad, lo que se imaginaba, incluso masturbándose mental y materialmente, es que la monja de la que hablaba era ella misma, y los violadores milicianos, sudorosos, asquerosos, se ponían sobre ella en tendido prono o en tendido supino y descargaban su semen sobre la monja Almudena.
Mira Almu, tantos años de onanismo literario te pasan factura, y te llevan al delirio metafascistoide de escribir toda una apología de la violación femenina. ¿Y aún te tienes por progre y feminista? Alucinas nena. Háztelo mirar, que estás peor de lo que parece. No me extraña que no te dure ninguna pareja.
Ah y no busques consuelos lésbicos porque con este rollo no creo que te resistan, o sí, no lo sé, de todo hay en botica.
Muñoz Molina, bien en la réplica, porque una cosa es ser de izquierdas o no y otra apoyar la violación que no deja de ser un crimen horrible como otros muchos, pero de los peores, siempre.
Almu, hazme caso, al psiquiatra ya!