Diciembre se ha estrenado con bajas temperaturas y una dosis moderada de esa cursilería que en el parte llaman precipitaciones en forma de lluvia, osea lluvias en cristiano; dejémoslo en lloviznas y nos ahorramos la rimbombante expresión “dosis moderada”. Esto me lleva a reflexionar sobre el comportamiento humano que se desprende del uso del lenguaje. Diríase que hay dos tipos de personas según el enunciado anterior: las que llaman al pan, pan y al vino, vino; y las que llaman al pan baguette, y al vino caldo. No me refiero a hablar bien, esto es hacer un uso del lenguaje gramaticalmente correcto, y sintácticamente sensato; sino de la actitud a la hora de contemplar y analizar la realidad que, esencialmente, solo se puede hacer de dos maneras: encararla de frente, atravesarla con el puñal de la verdad entre el esternón y el espinazo para después zampársela; o bien, jugar a la técnica del disimulo para esquivarla, rodearla y espolvorearla de azúcares saturados con el fin de disfrazarla bajo una apariencia amable. Tengo la impresión de que esta división no se debe a motivos culturales, ni educativos, ni de clase, ni siquiera genéticos; más bien se trata de una cuestión de imagen pura y dura. Una imagen vale más que mil palabras, cierto es; y mil palabras más que una, habría que añadir. Se da la paradoja de que mientras la imagen ha evolucionado hacia la síntesis, el lenguaje lo ha hecho en igual medida hacia la perífrasis. De modo que para describir la maltrecha situación económica actual, un fotógrafo se iría con su cámara a la calle Dr. Cortezo al caer la tarde, y registraría el contraste entre la cola del comedor Ave María, que dobla la esquina de Jacinto Benavente, y las puertas semidesiertas del Cine Ideal; mientras que un político diría que nos enfrentamos a un complejo proceso de desaceleración acelerada —¿mande?—. Es verdad que los políticos son los bagueteros mayores del reino, pero ¿quién no alberga en su interior un presidente de gobierno, o un ministro, el más humilde? Si bien hay dedicaciones más propensas que otras a la baguetería, no es una cuestión de profesión, sino de devoción. La función primigenia de la palabra, la comunicación, ha sido subrogada por la de la estampita. Los discursos ya no sirven para la comunicación sino para conjurar de un modo tan solemnemente cursi como inane los inveterados fantasmas de la humanidad. Una sociedad relativista y desorientada como la actual, necesita de iconos para brincar a la categoría de nueva religión. Lo audiovisual se ha erigido en el método más eficaz de propaganda para difundir la buena nueva. Donde haya una imagen más o menos estridente, o una sucesión trepidante de fotogramas taimadamente escogidos, sobran las palabras. La palabra acertada, sincera y pertinente, se entiende: eso es pan para hoy, y hambre para mañana.