Cada vez estoy más persuadido de que buena parte de los peatones que transitan por las principales calles del centro de Madrid son de pego, aunque cabría mejor decir de pago. ¿No les ha ocurrido alguna vez que al pasear por la Gran Vía han tenido la sensación como si una cámara oculta siguiera sus movimientos, no porque su vida sea excepcionalmente interesante per se, que seguro que es así, sino que la gente que les rodea se les antoja que son extras de un anuncio de moda, a juzgar por su aspecto de aspirante a Cibeles rechazado sin miramiento: —hijo mío, hija mía, ¿tú donde te crees que vas de esa guisa? Esto es una pasarela de alto nivel, vete a la Gran Vía a fingir de transeúnte; paga el ayuntamiento—. Para mí que Gallardón se ha conchabado con los dueños de lo que antes se conocían como boutiques y ahora se llaman firmas, para hacer creer a propios y extraños que Madrid sigue en aquella cosa vaga y cutre que fue la movida, y el tierno alcalde sería el nuevo viejo profesor Alberto.
Gallardón, al igual que Zapatero a escala nacional, se ha propuesto fundar un nuevo paradigma de la concepción política: las decisiones políticas no dimanan del análisis de los hechos para mejorarlos, antes bien aquéllos acuden cuál incautos roedores a dulcificar su híspido pelaje al son de las notas hipnóticas del edil flautista.
Si yo fuera Pilar Urbano, la periodista que oía voces según palabras de uno de los hijos del ex presidente Calvo Sotelo a propósito del libro en que la Urbano se tiró largas horas escuchando como largaba la Reina, y que ya pasara a la historia del periodismo moderno por ser testigo de lo que el juez Garzón maquinaba en su cerebro cuando este se afanaba por liberar su torturado pie derecho de la tiranía del calcetín, me atrevería a desvelar que Gallardón, lo mismito que Zapatero, al salir de la ducha, tras drenarse la dermis con su mimoso albornoz se mira en el espejo y mientras el vapor se va disipando va apareciendo reflejada la realidad de Madrid, capital del mundo, travestida en una roca tosca de afiladas aristas, como suelen ser las rocas y como suele ser la realidad. Entonces, hete aquí, que el alcalde, con ese don con que le ha gratificado la providencia, alza los brazos y dirigiendo su mirada al foco de bajo consumo del techo, obra el milagro; esto es, que al calarse las gafas la realidad rocosa se ha desbastado por arte de birlibirloque y “jamalají-jamalajá” las pupilas del Mago de la Villa proyectan una estampa de postal satinada. Así, una mañana, mientras se abofeteaba las mejillas para reforzar los efectos del alter-shave, decidió que a la Gran Vía le faltaba glamour, y que ésta debía ser al prêt-à-porter lo que Serrano era a la alta costura.
De aquí que las fulanas latinas y ex soviéticas, los limpiabotas, los mendigos, los hombres anuncio “compro-oro”, los recogedores de rúbricas para las mil y una ONGs, y los peatones apresurados como usted y como yo, menestrales despistados, al cruzar por la Gran Vía nos evanezcamos como por ensalmo entre el vapor del cuarto de baño de Gallardón, y tras atravesar el gentil tamiz de sus pupilas, nos zambullamos dentro de una realidad de pasarela. Las pedorretas de los tubos de escape, tradicional banda sonora, ha sido sustituida por el na-nananá… a todo trapo que sale de los grandes almacenes, antes teatros o cines, donde se venden esos pingos estrafalarios que constituyen el uniforme que Gallardón ha impuesto a los cientos de extras que inundan la Gran Vía envolviendo a los viandantes habituales como usted y como yo. Porque uno sale del centro y no ve a la gente vestida con esa sofisticación vanguardista: camisetas ceñidas, rotas y desteñidas; los pantalones caídos haciendo ostentación de marca de calzoncillos o de rabadilla; abrigados con cazadoras raídas, arruguñadas y rasgadas, con una manga más corta que la otra y bolsillos en el sobaco; calzados con zapatillas de cordones pero sin cordones, o con cordones y broches para que no se te desmande el tobillo o el dedo gordo (muy práctico); y ¿qué decir de los despeinados minuciosamente peinados? No, en San Blas, mi barrio, la gente va como Dios manda, ya sea formal o informal; esto es, pantalón de pinzas y jersey de pico, o pantalón vaquero y sudadera; deportivas o mocasines.
Pero el alcalde, cuyo cuarto de baño no cesa de emanar vapores que todo lo transforman, pensó que había que darle otra vuelta de tuerca al glamour de la Gran Vía. Porque la Gran Vía, no es solo esa amplia avenida que ideara el arquitecto Carlos Velasco a finales del siglo XIX. La Gran Vía tiene aledaños. Fue entonces que un nuevo proyecto de transformación alquímica comenzó a tomar cuerpo a partir de las calles Fuencarral y Hortaleza. Lo que otrora fueran tascas, mercerías, ferreterías, librerías de viejo y otros pequeños y entrañables negocios de castiza raigambre, fueron siendo subrogados paulatinamente por traperías de lujo, boutiques, firmas o como quieran ustedes denominar a esos nefandos negocios donde se visten los extras de culto. Porque a diferencia de las macro-boutiques de la Gran Vía, éstas de los aledaños producen figurines, igualmente harapientos, pero a éstos el alcalde les paga más. ¿Por qué? No sabría muy bien explicarlo, pero me temo eso nos llevaría a profundizar en la ideología centrista que subyace en las determinaciones que el alcalde toma entre los vapores de su cuarto de baño. Algo así como dar una de cal y otra de arena, mezclar churras y merinas, llevar la alta costura al proletariado y el prêt-à-porter a las clases pudientes con el objeto de crear un nuevo orden social en que nada ni nadie es lo que parece, y unos suben a la acera como si ésta fuera una pasarela, mientras los otros se pasean por la pasarela como si hubieran bajado a la acera.
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