Mi amigo Bruno es de esa clase de personas que disfrutan dejándome en ridículo delante de la gente —empresa poco meritoria dada la tendencia resbaladiza que tiene uno a hacerlo — pese a lo cuál sigo estimándolo; es más, si se empeñara en paliar mis desmanes, como todo amigo que se precie se supone debe hacer, quizá empezara a sospechar que andaría en algo turbio para fomentar mi desgracia.

Antes del verano salimos tarifando por un quítame allá esas pajas: él era pro Obama y yo pro McCain. No corran, que la política nunca ha sido la clave de ningún distanciamiento entre Bruno y yo. En peores garitas hemos montado guardia. Acuérdense de aquel tenso debate que dividiera a la sociedad española en dos bandos irreconciliables que andaban a la gresca en cuanto se mentaba la bicha ¿O es que lo hemos olvidado? Yo no me acuerdo, pero se montó una buena, y la amistad entre Bruno y yo —ni que decir tiene que nos posicionamos en bandos opuestos — permaneció incólume. La política solo nos sirve para calentar antes de entrar al trapo con los asuntos que realmente tienen importancia. Para nosotros, claro. A ustedes, lo que a nosotros nos parecen asuntos de enjundia metafísica, les pueden parecer fruslerías de cóctel. ¡Ea! El caso es que uno le brinda al otro una idea, apenas esbozada, eso sí, no porque quiera dejar el asunto en el aire con el propósito de congraciarse con su interlocutor, darle pie para enriquecer el debate, inferir de una primera premisa vaga conclusiones que abran nuevos frentes en la conversación y así interminablemente hasta acabar extenuados; sino que suele ocurrir que uno sale con la primera ocurrencia que se manifiesta en su imaginación. He aquí el quid. Abro paréntesis (

Hay dos clases de personas: los proletarios y los burgueses. No, no me confundan con un petit epígono de Marx. No estoy hablando de sexo. ¿O ese era Freud? Tanto da. Me refiero, a que hay gente, gentuza diría yo, a los que la fortuna les ha sido propicia y a los pobres no les queda más remedio que centrar su atención en cosas banales como podar el arcibustre del jardín, cambiar las tejas de cerámica rojo-teja, cosa ya demodé, por pizarra, tendencia total, y asuntos de ese jaez. Estos tipos se permiten la extravagancia de que aquello que ocupa sus pensamientos está en sintonía con lo que ocurre fuera. Vamos, que si sueñan con cambiar los apliques plateados del baño por unos de madera, terminan por cambiarlos. En cambio, hete aquí que a los que la desgracia nos persigue, los proletarios, nos da por la manía de crear en nuestra cabeza mundos que no existen fuera, ideas totalmente disparatadas que no se sostienen y que no resistirían siquiera un delgado halo de luz de unos párpados apenas entornados. Me abstengo de poner ejemplos, pues supongo que ustedes son miembros insignes de este grupo y no querrán verse reflejados. Para su consuelo, Bruno y yo somos proletarios, mal de muchos… Honrados y decentes obreros de la sandez.

Cierro paréntesis ).

Bruno y yo siempre iniciamos nuestras largas e intensas conversaciones hablando de política, o lo que es lo mismo, de lo mal que está el mundo y de lo que habría que hacer para crear una sociedad perfecta. Elaboramos un diagnóstico catastrófico, salido espontáneamente de nuestras mentes abstrusas; tomamos medidas arbitrarias que transforman el infierno en paraíso con solo chascar los dedos. No hay que olvidar que desde que el mundo es mundo, los proletarios intelectuales tendemos a resumir el cosmos dentro de nuestras mentes diminutas en conceptos que basculan entre el análisis apocalíptico y el potingue balsámico que todo lo remedia. Así nos pasamos la vida mi amigo Bruno y yo: tirando por la calle de en medio, que siempre nos lleva a un banco en el parque, a la barra de un bar, a una mesa camilla con brasero o al descansillo de la escalera (somos vecinos, puerta con puerta), donde gustamos de jugar a médicos y enfermeras con la realidad. Tanta energía para desembocar hablando de si el caldo sale más sustancioso con la pastilla de Avecrem o la de Gallina Blanca, que al fin y al cabo es lo que nos importa. En aquella ocasión en que nos distanciamos, no sé que extraña ilación quiso ver mi amigo Bruno entre mi poca simpatía por Obama y mi decantación por la pastilla de Gallina Blanca, el caso es que acabamos como el rosario de la aurora. ¿Qué hubiera ocurrido si a mí me hubiera dado por sacar de contexto el Avecrem y a McCain, cosa bien sencilla por la rima obvia? Todo quedó en agua de borrajas cuando días más tarde en el ultramarinos me sorprendió comprando una pastilla de Avecrem. Fingí que me había equivocado, pero Menchu, la tendera, me enmendó la plana —¡Si tú siempre te llevas esa marca! — Entonces Bruno con la mirada puesta en el fluorescente del techo hizo uno de sus comentarios escabrosos que no quiero reproducir, para dejarme en ridículo delante de medio supermercado. Lo cuál me reconcilió con mi buen amigo Bruno.