La “A” parece una “P”, la “C” es una “O”. De cerca no distingo bien las letras. Confundo unas con otras y juntas forman palabras que desconozco. A veces, creo captar un mensaje, pero seguramente sea un truco de la memoria y creo percibir delante lo que tengo guardado dentro; palabras viejas: padre, madre, hermano, amigo, y sus derivados. A diez metros de distancia, la realidad pasa ante mí deprisa, y mis ojos se han vuelto holgazanes, son incapaces de seguirle el movimiento para poder leer dentro del barrido los trazos grandes y precisos de una palabra conocida. Solo si cierro los ojos, puedo leer los caracteres toscos como escritos por la mano de un niño: he de irme lejos en el recuerdo, el pasado de cerca también me resulta borroso. Veo la palabra “mamá”, bien grande, balbuceada en el papel, recién aprendida. Mis ojos se quedan quietos, como congelados en su humor, cuando fusionan significado y significante. “Mamá” quizá fuera la primera palabra dicha, la primera palabra escrita, la primera aprendida. Ahí está, con sus caracteres descomunales, las letras separadas, las “emes” son montañas desiguales, las “aes” con su rabillo alargado como la manita del niño que busca la mano de la madre, con trazos angulosos, timoratos… la mano tan insegura, la punta del lápiz casi agujereando el papel hasta partirse escalando alguna eme, o al final del rabillo de la última “a”. Mamá, papá, después, amigo, hermano… tantas palabras, al cabo del tiempo escritas tan resueltamente, tan deprisa, que acabaron cansando a la vista, desprovistas ya de su significado y de su caligrafía. Cuando abro los ojos, las palabras, empapadas de lluvia, se van emborronando, el papel se desintegra, y su significado acaba fundiéndose dentro del barrido monocolor de la realidad cercana. Mis ojos, dos peces que nadan de costado, las escamas pegadas al cristal blindado de las gafas de aumento, para ver de cerca, y ver no se ve nada, nada legible que llevarse a los ojos, más que el llanto de lo que pasa, y lo que pasa, pasa deprisa, no vale la pena derramar una sola lágrima por lo que pasa tan rápido, teniendo en cuenta que volverá a pasar nada más perderse, siempre es lo mismo que va y vuelve. En cambio, lo que veo cuando cierro los ojos, las grandes palabras, las cuatro o cinco primeras palabras que aprendí primero cuando niño, las primeras que aprendí a escribir, esas, o bien permanecen por siempre, o se van para siempre, esas no regresarán nunca. Entonces tendrá sentido llorar. Abro los ojos y trazo una mirada periscópica que me permita asomarme por encima de los acontecimientos que me tapan la vista, y entonces los peces de mis ojos brincan como impulsados con pértiga y caen allá a lo lejos, del otro costado y mueren al cabo del tiempo, ebrios de significado. De lejos veo claro, no tengo que forzar la vista. Si cierro o abro los ojos da igual, las palabras son las mismas, perfectamente legibles: madre, padre, amigo, hermano… Pero eso solo ocurre a lo lejos, fuera y dentro de mí, siempre las palabras fundamentales que me darían la vida quedan tan alejadas que no me basta para sentirme vivo. Quizá ya no lo esté. Madre, padre, hermano, amigo, amor…. Pasaron, se marcharon. No son palabras de ida y vuelta. Y yo me quedé con la mano tendida, como un niño abandonado en la puerta del colegio, con el recuerdo de una madre, un padre, un amigo, un amor, todavía caliente en las yemas de los dedos, poco a poco enfriándose con el tacto de la lluvia. Abre los ojos, me susurra una voz. Entra en clase, aprenderás palabras nuevas, palabras de consuelo, palabras que no son las palabras que ni dan ni quitan la vida, esas palabras no me dicen nada.