Al doblar la esquina —¿a dónde iba?— me he topado con el recuerdo de una vivencia vieja que me ha hecho olvidar el recado perentorio que me había hecho salir de casa. En apenas unos segundos he vuelto a respirar el aire fresco y perfumado de leña cortada el invierno anterior en los bosques de mi infancia. Solo he tenido que inspirar una vez para recuperarme y desandar el siniestro camino que había emprendido, y regresar al hogar, al mismo punto de donde había partido hacía unos minutos, como si volviera de un lugar remoto después de un largo período de ausencia. Había dejado la casa sola, con las luces dadas, y el fuego encendido cocinando un estofado de ternera como para varias personas. Allí seguía, rehogándose, justo a punto de ser retirado. Lo he apartado para dejarlo reposar. Me he acercado a la sartén para aspirar el aroma que desprendía. He mojado un dedo para ver cómo estaba de sal. Y me he sentado en la mecedora a esperar. Mientras me balanceaba he empezado a sentir malestar en el estómago y he decido acostarme a ver si me callaba el dolor. Pero se ha ido agudizando. Me he tentado la frente para constatar que tenía fiebre. Sentía que tenía la sartén con el guiso de ternera pegada a la cara. Y el estómago me ardía como si toda la leña de los bosques de mi infancia se estuvieran consumiendo allí dentro por un fuego apocalíptico. ―Si al menos pudiera vomitar, quizá eso me calmaría―, he pensado. Pero no había probado bocado desde por la mañana. El dolor se ha hecho tan intenso que creo que he perdido el conocimiento. Cuando he vuelto en mí, me he sentido tan extraño como se debe de sentir un resucitado que nunca tuvo fe. Recuerdo haber delirado. Entre las cosas incoherentes que he dicho, sé que he rezado para conjurar a todas las personas que de niño me enseñaron a conocer el bosque. Les pedía que acudieran a sofocar el incendio: coged todos los bidones que podáis, formad una cadena desde la fuente hasta al bosque para irlos trayendo hasta aquí. Lentamente he ido a la cocina. El estofado todavía seguía ahí. Me he inclinado sobre la sartén, y he percibido un débil olor a socarrado. ―Todavía se puede comer―, he pensado. Después de todo, tenía hambre y era lo único había. He puesto la mesa como si fueran a comer varias personas, hasta he expandido el tablero para que pudieran caber todas. No sabría precisar el número exacto, las que me ayudaron a extinguir el fuego. Cuando todo hubo estado dispuesto he mirado el reloj y he caído en la cuenta de que me había adelantado. Todavía tardarían en llegar. Tenía tiempo para dar un paseo, incluso podría hacer el recado que había dejado de lado la vez anterior. ―Mejor les esperaré fuera, sentado en el portal― he pensado mientras cerraba la puerta. El recado podría esperar…
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