Se me ocurren cientos de cosas que hacer un día como hoy, festivo y de estar por casa: el tiempo desabrido de hoy no invita a salir, o eso me parece. Por la ventana se ve una estampa como de realidad apartada, de objeto que no se sabe muy bien qué hacer con él, tirarlo parecería despilfarro, por actual, y dejarlo a la vista generaría malas vibraciones, así que se guarda y se tapa en ese cajón donde se meten este tipo de cosas y que solo se abre una vez al año para vaciarlo en el cubo de la basura. Y, sin embargo, ninguna de las cosas que se me ocurren consigue entretenerme, es más, abandono al poco de comenzar. Al final, acabo regresando a la silla frente a la ventana, como quien acude al Cristo de Medinaceli, a ver si la estampa esquiva de la realidad consigue abrir una vía de comunicación entre el mundo y yo. Quisiera entender lo que pasa afuera. Sigue sin pasar nada, siempre la misma imagen imperturbable, tenuemente iluminada por la mortecina luz de dos velas encendidas en mis pupilas. Mi columna serpentea por el respaldo buscando una postura que me deje extático como la estampa que contemplo. Cruzo las piernas, en un sentido y en el contrario. Resoplo ora con desgana, ora con rabia. Ninguno de mis movimientos altera lo más mínimo la silueta inmutable de la santa realidad, patrona de mi ventana. Tan solo cuando la espalda repta por el respaldo, o la cabeza se debate con incesantes vaivenes sobre qué punto cardinal tiene mejores vistas, las dos llamitas de mis ojos titilan y proyectan sombras absurdas sobre las paredes de mi oratorio. Pero ya las conozco. No son reales, salen de mi imaginación, forman parte de mí. Hubo un tiempo en que creí que era la estampa que cobraba vida, se movía y quería decirme algo. ¡Qué frustración! Eran tan parecidas a mí. Si reía, ellas reían; si lloraban, su contorno se estremecía; se paraban cuando me quedaba quieto; pero, si me acercaba, incomprensiblemente ellas se alejaban, y viceversa. Ahí comencé a sospechar.
Un pitillo tras otro. Me preparo un café. Abro otro paquete de tabaco. Vuelvo a poner la cafetera, la tercera o la cuarta, como si me fuera a preparar el primer café de la mañana, y ya es la hora de comer. El día transcurre y afuera sigue la realidad pintada con los mismos tonos que a primera hora. Sólo ha variado el color de mi lengua, enfundada ya en su negra cobertura, cien por cien cafeína, permeable solo al silencio; y el siniestro color mercromina en la comisura de los dedos índice y pulgar de mi mano derecha. Nicotina en lugar de incienso. Así como quiero que mis plegarias se atiendan como Dios manda.
El día se va agotando. Lo percibo, no porque afuera la estampa anuncie el final, ni porque se me agoten las posibilidades en que podría emplear mi tiempo, sino porque mi cuerpo imita a la realidad y se queda clavado en el asiento: mi cuerpo arrellanado, diríase que exangüe, a lo largo de la piadosa silla tras la última exhalación en forma de pregunta: realidad, ¿por qué me has abandonado?
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