Mis habituales empiezan a sospechar que llevo una doble vida. Ya saben, esperan de uno que sea una especie de generador de noticias electrizantes. −¿Y tú que te cuentas? Ya ves, poca cosa−. A uno le parieron parco en palabras. Y parco en aventuras. Parco en casi todo. −Pues no me lo creo. Pues ya ves, es lo que hay−. Entonces viene esa mirada oblicua y ese ¡ja! o ese ¡uhm! que se traducen en un “a mí me vas a engañar”. Conclusión: llevo una doble vida. Pues nada, para ti la perra gorda. Y a mí, que ya me da igual todo, y me aburre, me fatiga, me zZzZ… Hasta hay quien piensa que soy un asesino en serie, un pederasta o como poco un… esto me lo guardo que, aún siendo lo más leve de la enumeración, se me hace un poco crudo lanzarlo aquí y temo conducirles hacia malas interpretaciones. Un travestí. Ya está, ya lo he soltado. ¿Y por qué pueden pensar eso? Me dirán, con la pinta de machote que tienes. Nada, que un día me dio por decir la idiotez esa de que todos tenemos una parte femenina (los varones, vamos) que de vez en cuándo había que liberar, que no era bueno asfixiar ciertas pulsiones que todos llevamos dentro −con cierto control, bien es verdad− y así, enhebrando un cabo con otro, el embrollo fue servido, en frío y sin anestesia. Lo peor es que tiendo a mimetizarme con los comentarios abstrusos sobre mi persona. No sé si les habrá pasado. Me refiero a aquello que dicen de los niños; o lo que dicen que no se les diga: no le digas a Celestinín que es tonto que aunque es verdad que es medio tonto acabará por serlo completamente. De esta manera, por ejemplo, me pasa cuando subo unas escaleras que, al contrario que las vedettes, que siempre se ha dicho que tienen estilazo al bajarlas, a mi me pasa al subirlas: brazos en jarras, pescuezo enhiesto, mirada desafiante y cimbreo de caderas. Sólo me ocurre cuando hay gente mirando. Y claro, me imagino los cuchicheos: ahí va ese, o esa, dices tú que no, pedazo travelo; este, llega la noche, se calza los taconazos, se enfunda la ristra de bananas… y un pelucón rubio, y unas tetaza postizas, lo estoy viendo. Dicen unos, replican los otros. Lo malo es que mientras subo las escaleras me voy visualizando a mí mismo de esa guisa. Ya en la cima, me enciendo un pitillo y tengo tentaciones de bajar cantando «Fumando espero», pero para eso todavía necesito ensayar.

Si bien, cuando no hay escaleras de por medio, en pista lisa, soy una bestia y me sale la hombruna que me había dejado descansando en los peldaños. Me da por insultar a la gente, desafiarles, amenazarles, maldecirles… a veces les escupo y luego me doy la vuelta mientras me agarro los huevos como para colocármelos dentro del slip. Hasta hay veces que, tras el alarde testicular, me giro de súbito y lanzo una mueca como de mosqueo barriobajero. Y si se da la circunstancia de que en esos momentos hay a mano una buena moza, me acerco a sus pechos y le meto sutilmente la lengua en el canalillo. El inevitable comentario está servido: mira éste, si hace esto aquí en un sitio respetable, que no hará fuera, de noche, por esos callejones oscuros y solitarios que debe de frecuentar.

Ya sé que exagero, que ni subo las escaleras como Joséphine Baker, ni vacilo al personal en el vestíbulo como si fuera el Travolta en Fiebre del Sábado Noche a punto de transformarse en Hannibal Lecter. Sin embargo, la conjunción de ciertas miradas y gestos junto con determinadas interjecciones, me hacen verme transformado exactamente tal cuál he descrito. En fin, se está haciendo tarde y no sé qué diantres ponerme para esta noche. Seguramente opte por la minifalda y la chupa de cuero con muñequera de chinchetas.