Mala cosa es cuando uno deja de hacer planes y se dedica a escarbar en el pasado. O no. ¿Quién decía aquello de que en tiempos confusos hay que dar un paso atrás para tomar fuerzas y continuar el camino con ímpetu? En cualquier caso, es lo que hago, volver la vista a tras, no sé muy bien con qué propósito. Quizá sea el pasado el que salga a mi encuentro, como los restos de un naufragio vomitados en la playa por la marea. Preparando mi próximo viaje, a Japón, me ha venido a la mente el recuerdo de cuando niño, al final del verano, recién anochecido, solíamos ir los muchachos del barrio a los campos cercanos de girasoles, ya maduros. Mientras comíamos pipas, contemplábamos la pequeña ciudad de provincias iluminada. ¡Qué grande es Guadalajara! Pensaba entonces. Mi barrio entonces estaba aislado del resto de la ciudad, encaramado en la parte alta, junto a los depósitos de agua que daban suministro a toda la ciudad. Ir al centro constituía para el niño de entonces algo tan extraordinario como ir a Japón. Había dos rutas que unían mi barrio con el centro: la empinada cuesta del Alamín, y la antigua carretera de Zaragoza. El Alamín era un barrio con mala fama, de casas bajas, como de pueblo, y trazado arbitrario, habitado por gente humilde, entonces llamados pobres, y gitanos. En realidad, nuestro barrio, era un apéndice del Alamín, y aunque nunca asumimos que formásemos parte de él, la gente de mi barrio éramos igual de humildes y pobres. Quizá por ello nunca percibimos el supuesto peligro que el resto de la ciudad advertía en sus calles y eligiésemos esa ruta para “bajar” al centro. La empinada cuesta del Alamín terminaba en el barranco del mismo nombre, hoy un aséptico parque recorrido por un pequeño canal artificial flanqueado de chopos, con canchas deportivas, columpios y hasta un auditorio. Entonces era el lugar a donde se vertían las aguas residuales de los barrios aledaños. Cruzaba el barranco un puente con su torreón, resto de las murallas medievales, donde decía la gente del barrio, eminentemente de izquierdas, que se subían los “malos” a matar a los “buenos” durante la guerra civil. Quizá fuera esa la razón por la que persistía en los viejos del barrio la costumbre atávica de mirar con precaución hacia lo alto del torreón mientras cruzaban el puente. Pero allí solo crecían hierbajos. Pasado el torreón, un estrecho callejón, con la mole de la casa sacerdotal en los pares y las ruinas del antiguo cuartel de la Guardia Civil en los impares, conducía a la plazuela de la Iglesia de Santa María, la concatedral; iglesia de estilo mudéjar que entonces se caía a cachos. No era extraño oír, que a fulano casi lo había matado un ladrillo desprendido de la cornisa, que al párroco de no sé dónde había visto desfilar como un proyectil a un palmo de sus narices, medio metro de canalón estrujado. Jesús Avemaría, exclamaban las mujeres en la cola del pan. Por seguridad ciudadana o por el entonces balbuceante espíritu de conservación del patrimonio, por esa época comenzó a proyectarse la restauración del vetusto edificio. La concatedral no era nada del otro jueves, pero era la iglesia más grande de Guadalajara, había sido mezquita durante la ocupación árabe, un orgullo para la ciudad. Recuerdo como presumía mi hermana mayor, de haber sido bautizada en Santa María. “No como vosotros…”, que habíamos sido cristianados en la iglesia del barrio, una choza prefabricada. Claro que entonces mi familia, yo no había nacido, vivía por allí, puesto que mi padre trabajaba en el cuartel frente a la casa sacerdotal. Sería por entonces, cuando en el colegio, en clase de plástica, nos obligaron a hacer una maqueta de cartón de Santa María, que el Ayuntamiento había repartido por todos los colegios. La mía estuvo años guardando el polvo encima del armario del cuarto de estar. También recuerdo la imagen vaporosa de aquellas monjas rechonchas entre las columnas gastadas del atrio de la iglesia, con sus tocas voladeras que eran clavadas a las monjas de Sonrisas y Lágrimas. Eran de un convento cercano. Las monjas de Santa María, de la orden de San José, eran jóvenes y espiritadas, vestían más modernas, con uniforme gris de tela fina como de enfermera de hospital, y estaban a cargo del cuidado de los sacerdotes jubilados. Al comienzo del callejón de la casa sacerdotal, salía en perpendicular un callejón misterioso: la calle de la inclusa. Nunca se veía a nadie deambular por allí. Era un camino largo de tierra dura, como pulida, que terminaba en una verja, y tras la verja sólo se veía un cielo abierto y quieto, como pintado. “Allí dejaban a los niños expósitos”, decía mi madre, cuando alguna vez le preguntaba al pasar deprisa por la boca del callejón mientras me apretaba la mano hasta casi dejarme sin circulación. “¿Qué es un niño expósito?” preguntaba sin obtener respuesta.

La plazuela de la concatedral constituía la frontera entre el centro de la ciudad y el suburbio del Alamín. Había que atravesar la siempre concurrida de tráfico calle Ramón y Cajal, por donde continuaba discurriendo la antigua carretera de Zaragoza. Entonces estaba adoquinada, lo cuál elevaba el nivel de ruido Todavía tardarían años en asfaltarla. La igenuidad popular atribuía esta desidia municipal a que se trataba de una antigua calzada romana, y debía permanecer así por los siglos de los siglos. Enfrente había una gasolinera mugrienta, atiborrada de latas y neumáticos, con sus persianas metálicas onduladas llenas de abolladuras, ennegrecidas por el humo, que se bajaban al anochecer y se descorrían al amanecer, produciendo un estrépito como de toque de queda. En ese mismo lugar paraban los coches de línea que iban a los pueblos de la provincia. Creo recordar que dentro de la gasolinera estaban las taquillas que expedían los billetes. Aunque si no me engaña la memoria, entonces uno se montaba y el revisor te cobraba durante el viaje. Pero recuerdo que allí dentro había dos pequeñas ventanas y sendos tipos con pinta de contable, metidos en su cuchitril lúgubre, con un montón de papeles manoseados bajo la luz macilenta de un flexo. Tras cruzar Ramón y Cajal comenzaba el ascenso por la cuesta de San Miguel. Mientras se subía, era inevitable mirar hacia atrás y ver enfrente la colina del Alamín enfrente, con la cuesta de Hita y las torre grises, prefabricadas del Nuevo Alamín como una versión posmoderna y cutre de las casas colgadas de Cuenca. Y tras coronar la cuesta uno se hallaba por fin en el centro. Hasta los catorce años, yo y los niños de mi barrio, frecuentábamos dos lugares, básicamente: los recreativos Ju-Jú, y los sábados en que no habíamos dilapidado completamente la paga en máquinas de marcianitos –siempre ayudaba la supervisión de aquel tipo barrigudo con voz cascada que siempre te daba un toque de atención en el hombro justo antes de enviciarte- acudíamos al cercano cine Imperio. Supermán, Rambo, La Guerra de las Galaxias, E.T… Ya frisando los catorce, que era cuando uno pasaba de la E.G.B. al instituto, lo cuál suponía una especie de pre-mayoría de edad, los que habíamos dado el estirón y nos empezaba a asomar el bigote, nos colábamos a ver una porno en el cine La Prensa, aquel antro con cartones de huevo en el techo como sofisticada estructura acústica. Antes de regresar al barrio, nos aprisionábamos de pipas y gusanitos en los kioscos del parque de “La Concordia”. Por entonces hacían furor los “peta-zetas”, una especie de granos de arroz que con el contacto de la saliva estallaban en la boca produciendo un ruido como de fritura, que nos parecía el no va más. La vuelta, si se hacía tarde, la hacíamos por la ruta alternativa. El Alamín, de noche, se nos antojaba terrorífico. Justo antes de comenzar la cuesta de la calle Zaragoza –ésta de pendiente más suave que la del Alamín- estaban las ruinas de una antigua fábrica de pastas, edificada justo encima de la parte alta del barranco. Se decía que había sido abandonada tras la última avenida de aguas torrenciales, que había arramblado con todo a su paso. A veces, nos metíamos dentro, donde todavía había miles de bolsas vacías transparentes con letras rojas, que se utilizaban para el envasado, las llenábamos de tierra y las arrojábamos al otro lado de la carretera, contra las garitas del fuerte de San Francisco donde se asomaban desconcertados, los soldados de reemplazo que montaban guardia y se les oía proferir amenazas que nos resultaban descacharrantes. Ya en el barrio, antes de subir a cenar, otro entretenimiento estrella, era llamar a los timbres. Tras la cena, con la noche y el buen tiempo, volvíamos a las andadas, y cuando los juegos de cartas en la acera, el correcalles, policías y ladrones nos habían dejado con ganas de guerra, tirábamos piedras contra las blancas persianas metálicas plegables de aquel vecino del bajo que no sé por qué nos cebábamos con él. Quizá por que sólo él en todo el barrio tenía ese tipo de persianas. El verano era propicio para las historias de terror que solíamos escuchar boquiabiertos detrás del transformador de luz, sentados en corro a oscuras. El “Isma”, que tenía una imaginación portentosa, principalmente para lo funesto, actuaba de maestro de ceremonias. Era el lugar propicio, porque estaba oscuro, y allí estaban los covachos donde los cazadores del barrio guardaban sus perros. Y las historias de miedo no hubieran sido lo mismo sin el gruñir o el rebullir de los galgos a nuestra espalda. Al terminar la sesión, íbamos a apostarnos bajo la ventana de aquel chico monstruo de la Sole, que había nacido con una extraña enfermedad, y hacía un ruido al respirar como el viento al atravesar un tubo oxidado. Al rato, supongo que cuando notaba nuestra presencia, emitía una especie de aullido que nos hacía salir por piernas despavoridos. Al terminar el verano, cuando la vuelta al cole estaba a la vuelta de la esquina, la temporada de de terror concluía. Entonces subíamos a los campos de girasoles, por esas fechas ya maduros y contemplábamos la ciudad a nuestros pies, con la torre de la Iglesia de Santa María, enfundada entre andamios, abajo emergiendo del barranco del Alamín, y la antena de Radio Guadalajara emitiendo guiños a lo lejos. Mientras comía pipas, pensaba apabullado en lo grande que me parecía aquel amasijo de edificios, que estaba a punto de empezar el instituto y tendría que recorrer todos los días la ciudad de extremo a extremo, y quizá la pandilla que comía pipas junto a mí, casi todos compañeros de clase del mismo colegio del barrio, se dispersaría, como así acabó siendo. Pasó el curso y vino otro verano. Pero ya, uno estaba para otras cosas, cosas de mayores, como ir a los bares y discotecas, conocer a chicas de otras partes de la ciudad… Llamar a los timbres, arrojar piedras contra las sobreventanas metálicas del vecino, tirar bolsas de tierra a la garita del Fuerte, incluso, escuchar absurdas historias de terror, me empezaron a parecer entretenimientos de críos. Quizá fuera al verano siguiente, mi amigo Raúl y yo, nos acercáramos al campo de girasoles como hacíamos otros años, y de repente, por un quítame allá esas pajas, nos liásemos a hostia limpia, y acabáramos rodando terraplén abajo. “Pues mi Raúl, fíjate Paulina, con el labio partido que vino anoche. ¡Uy! Pues el Miguel Ángel también, y lleno de tierra hasta las orejas. ¿Qué harían estos zagales del demonio?”. Comentaban nuestras madres en el descansillo de la escalera al día siguiente, entre los consabidos comentarios sobre el precio de las patatas, el parte meteorológico, y los embarazos no deseados, epidemia que por aquel entonces aquejaba al barrio con la amenaza de superpoblarlo. Hoy el barrio ha sido engullido por la fiebre constructora que se desató a finales de los noventa, y los campos de girasoles de antaño son los cimientos de unos ostentosos chalets donde sus inquilinos quizá, pasen las veladas estivales comiendo pipas en sus porches y jardines, contemplando las lucecitas de la ciudad a sus pies.