Esa muchacha lleva horas asomada a la ventana. Probablemente no sea una muchacha, ni siquiera una persona ni especie animada, simplemente una silueta amable situada estratégicamente por el azar dentro de una de las casillas del tablero de ventanas de los edificios de enfrente, allá al otro lado del parque. Y a mí se me antoja que es una muchacha asomada, que ha ido derecha de la cama a la ventana a ver qué pinta tenía la mañana. Y se ha quedado ahí parada, pegada al alféizar, no sé si asustada o asombrada. Ha cambiado el tiempo. Ni rastro hay del verano. De un día para otro el rostro de la mañana ha mudado y la muchacha sigue ahí clavada, escrutando en todas direcciones, a ver si encuentra el anillo de casada, desprendido de su dedo cuando precipitadamente, directa de la cama a la ventana, ha sacado la mano para tentar la temperatura, y el frío ha encogido súbitamente su alma redonda de mujer casada. Solo eres una muchacha, aguarda, espera al verano que viene, o al siguiente. Llega el frío, ha llegado ya, de repente, sin anunciarse. Es tiempo de recogerse, de cerrar la ventana y esconderse debajo de las sábanas, y las mantas, bajo las colchas, los edredones, las fundas n órdicas… y lo que haga falta. Todavía no estamos preparados. Sólo somos muchachos, siluetas inocentes que se asoman a la ventana con la ilusión de retener en la mañana los espejismos de los sueños.

El parque se ha llenado de gente, de niños, de padres, de perros y ruidos. La mañana avanza, y sin embargo, se apaga. El fulgor de primera hora va declinando. La luz de la mañana ya no entra por la ventana, pareciera que los nubarrones grises de tu casa y la mía, hayan salido de la cama directos a la ventana a cubrir la mañana de pesadas sombras, hojas caídas y viento helado.

Entonces me he despertado. Mañana soñaré lo de siempre. El mismo sueño de todas las noches, solo que ya no correré derecho a tirar la casa por la ventana. Ni siquiera me asomaré. Las hojas que escriba bajo las mantas, no se izarán más altivas en lo alto de las copas de los árboles del parque, las necesito para cubrirme y protegerme dentro de casa. Afuera hará frío, cada vez  más frío; no habrá quien salga, salvo, quizás, esa muchacha tenaz, asomada a la ventana, esperando que alguien de abajo encuentre su anillo de casada.