Al salir de casa esta mañana lo he pensado. De regreso he vuelto a tener el mismo pensamiento: algún día tengo que subir allí. Subir no es el verbo adecuado —pienso ahora— para describir el deseo suscitado por la visión de una hoguera a lo lejos, que ardía boca abajo, quemando las raíces de la tierra, purificando todos los males que me aquejan, hundiéndose poco a poco hasta desaparecer por completo, justo antes de llegar al trabajo; o a casa, aquí o allá, tanto da, el este y el oeste se tocan. La vida que llevo es una flor de plástico, inodora, incolora e inmarcesible. Debe arder. Adorna, que es lo que cuenta, según parece. “Fíjate que flor más vistosa ¡Y qué rara!”, murmuran las miradas entornadas de los que pasean por aquí, también por allá.: los que van al sur y los que vienen al norte, o eso creen ellos. Esta vereda empieza y termina en el mismo punto. No tiene recorrido, es un punto. Y punto: así terminan todas las historias, aquí. No hay coordenadas. Un punto que todo lo engulle para vomitarlo seguidamente. Y sin embargo, algo se mueve. A veces, en el fragor de la digestión, se divisa a lo lejos el resplandor de un fuego mágico, allá arriba, donde debo ir algún día a arrojar mi vida artificial a las llamas, mi vida inodora, incolora e inmarcesible. Que arda todo, pétalos, tallo y, sobretodo, las raíces.

Que ardan hasta las cenizas. Y la tierra apelmazada entre los delgados filamentos de las raíces. Y el aire que arrastren los vellos del tallo. Solo aquel fuego, allá arriba, donde debo ir algún día, se me antoja capaz de fulminar las flores de esta especie, que no son de ninguna especie, que imitan a las flores de verdad, tan torpemente, que se nota a la legua que son lo que son: plástico inodoro, incoloro y aburridamente inmarcesible.

Y después… seré una flor de verdad: fragante, lozana y, sobretodo, mortal. En otro jardín. Aquí no hay espacio. Las flores de verdad no crecen en un punto, ni son comestibles. Mi flor no es de aquí. Este no es lugar para las flores de verdad. El jardín al que pertenezco está allá, a lo lejos, arriba, donde debo subir algún día, y no bajar, cuando subir sea el verbo adecuado para describir la realidad, que no el deseo, del día en que la hoguera arda dentro de mí, y no allá a lo lejos.