Les quiero hacer una confesión: ser madre soltera es insoportable. No es que yo lo sea, entiéndame. ¿Y por qué digo yo esto? En realidad quería decir que ser, a ver si lo digo con tino, sin ahogarme: padre platónico, lo que viene a ser algo así como varón soltero que no ha engendrado pero que en sus delirios cree haberlo hecho, y se pasa el día fabulando conversaciones con su hijo único no nato. ¿Y la madre? Se iría a por tabaco. Mismamente. El caso es que el niño de las narices se ha convertido en un déspota. Quiero echarle de casa y no sé cómo. A ver por qué yo, a mi edad provecta, que me he dejado y me dejo la piel por darle la educación que yo no he tenido, he de aguantarle sus caprichos, pienso para mis adentros constantemente. Claro que la culpa la tiene la madre. Antes de irse a por tabaco, me lo malcrió. Le consintió todo y de aquellos polvos, vienen estos lodos. Reconozco que el carácter se me ha agriado de un tiempo a esta parte y ya no aguanto un bocado en sálvese la parte. Por un quítame allá esas pajas me llevan los demonios. Estoy desquiciado. Y lo peor es que no tengo en quién ni en qué aferrarme. Cuántas veces he pensado ahogar mis penas en alcohol o refugiarme en las drogas, aunque sea blandas como el tabaco. No hay manera. Hay tardes como hoy que salgo de la casa dando un portazo, tragándome la lengua por no escandalizar a los vecinos y gritar mientras bajo las escaleras ¡ya no te aguanto malnacido!, y me digo, me voy a por tabaco, voy a empezar a fumar; mas enseguida me viene a la memoria aquella fría mañana de invierno (o quizá fuera una tórrida tarde de verano, o una insulsa madrugada de octubre) en que el pendón de su madre dijo que se iba a por tabaco y hasta hoy. Como también la pobre era alcohólica, y otras cosas que me callo, que la desgraciada no había vicio que no tuviera asiento en su cuerpo, el mismo mecanismo disuasorio vuelve a surtir efecto. Lo único que consigue evadirme de mi infierno doméstico es pasear por el parque y charlar con los viejos, la gente de mi edad platónica. A decir verdad, lo que hago es sentarme en el banco d al lado y escuchar las chácharas ajenas.
«¿Qué tal vas Paco? Tirando chico. ¿Cómo es que no te has ido al pueblo? Otros años para estas fechas ya te habías largado. Ya, pero como la Julia está con sus achaques, y yo salí tarifando con los de la partida, no me hace chico, para qué te voy a engañar. ¿Y tú Manolo? Pues me voy mañana a Barcelona. Pero, ¿de vacaciones, o vas y vuelves? Voy a un mitin de la Falange, hago noche, y me vengo. »
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Qué interesante! Esto es vida, pienso entre mí, no la que llevo yo. Y no me duelen prendas reconocerlo. Otros se amargarían al contemplar el siniestro desnivel comparativo entre la felicidad de los otros y la desdicha propia. A mí no me ocurre. Los diálogos del parque son como un espejo donde un día espero verme reflejado cuando consiga apartar el vaho que me nubla la vista. Entonces regreso a casa, abro la puerta con sigilo, y me voy derecho a la cama sin ser notado. Él sigue abstraído en sus quehaceres, y aunque armara alboroto, me ningunearía. Luego viene a la habitación cuando estoy dormido, enciende la luz, entra en el baño y tira de la cadena, descorre las cortinas, alza la persiana, finge que tropieza y se abalanza sobre mí. Ahora soy yo el que le ningunea. Eso sí, el día que llueve y no me encuentro con nadie -yo bajo siempre pese a las inclemencias del tiempo, pero la gente es muy tiquismiquis- y no he podido desfogarme, entonces, como se le ocurra importunarme mientras yazgo, finjo un despertar violento en medio de una pesadilla, y como el que no quiere la cosa le suelto una hostia que se le quitan las ganas de hacer el tonto durante un mes. Así un día y otro día… Se nos va el tiempo haciéndonos la vida imposible.
Mi santa esposa, a la que el cielo confunda, decía que éramos tal para cuál, que un día iba a coger la puerta y ya se pensaría si volvería. Dicho y hecho. Claro que cómo iba uno a pensar que lo iba a hacer. Lo mismito llevo diciendo desde hace ni se sabe; es más, ¿habré yo hecho otra cosa en mi vida que quejarme y despotricar, ahora contra mi hijo, antes contra mi mujer, y aún antes, contra mis padres y hermanos? Pero no lo llevo a cabo. Debe de ser cosa de la voluntad, un misterio que a mí se me escapa: hay quién hace lo que dice, más tarde o más temprano; y quién sólo dice lo que nunca va a hacer. Ahí me encuentro. Ahora bien, no sé si es por pusilanimidad, o por aquello de la doble moral y las varas de medir. Vamos, que uno dice las cosas porque lo dice el guión de la conciencia, escrita a partir del catecismo, las teleseries y las siempre constructivas charlas de madrugada, teñidas de tinto aliento, bajo la sucinta luz del alba . La práctica es que al final uno se deja llevar por los instintos, bajos o altos, instintos en definitiva. Uno no está ya para malabares éticos.
Sería un iluso si pensara que mi vida va a dar el ansiado giro. Nada va a cambiar. Esa es la realidad, cruda como las vísceras de una ternera recién destazada. Mas, es la que es, no hay que darle más vueltas. Siendo así, ¿qué sería de mí, si no albergase en tardes como esta, amenizadas con la cháchara de Pacos y Manolos, la esperanza de desvelar tras un semicírculo cristalino de la palma de mi mano, que lo que se refleja es la cara de un hombre soltero o un padre como Dios manda? Como decía mi difunta esposa: «un día te despertarás y verás que no estoy, y yo sentiré que este despropósito nunca ha sucedido. » Eso sí, para sentenciar era única la jodida. Sentir que este despropósito nunca ha sucedido. O lo que es lo mismo, empezar de nuevo, volver a nacer. Estar sentado en el parque, a solas, y que la lluvia me empape, contemplando embobado la tormenta como si fuera la primera vez que veo llover. Fundirme en el agua y caer encharcando el suelo. Dejar de existir, para luego surgir del barro. Pero la vida no se gasta estas cursilerías. ¿Y por qué no, pienso? Si al fin y al cabo, estoy jodido porque no soporto a un hijo que no tengo; estoy amargado porque me abandonó una esposa que nunca tuve, que no si se anda por ahí o la ha atropellado el cercanías, ¿qué me impide mirarme en un espejo limpio?

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