Tú eres como eres y punto. Me dices.
Que viene a ser como pasear por la Gran Vía a las tres de la tarde, tal que hoy mismo, y espetar al de al lado ¡qué chicharrera chico!
Aquéllo venía a cuento precisamente de la chicharrera y la manía que tiene el personal de salir centrifugado; otrora hacia el litoral levantino, gaditano, gerundense, ibicenco o tinerfeño, para gustos los colores; hoy, también, aunque los horizontes cada vez son más pretendidamente lejanos. Yo, que soy como soy, y punto, necesito salir escopetado hacia un lugar que se ajuste a otro de mis lemas (yo no muevo un dedo si no hay un apotegma que lo justifique), a saber: que no haya estado nunca, que no me conozca nadie, y por encima de todo, que ninguno de esos despreciables sujetos que lavan su cerebro en el programa genérico, y cuando la máquina coge revoluciones salen disparados a juntarse, calzoncillos con calzoncillos, ropa de cama con ropa de cama, y paños de cocina con paños de cocina; por nada del mundo se les ocurriría, no ya aventurarse a ir, siquiera visionar en su imaginación durante un cortocircuito de la máquina. Y punto.
La jodienda es que cada vez fabrican cacharros más sofisticados, y lo de ir a la Conchinchina para luego restregárselo al personal (que de eso se trata, no nos engañemos), está al alcance de cualquiera. Uno se acurruca en un agujerico del tambor, se hace el longuis, burla la mano que clasifica la colada, se pone el chubasquero antilejía, se despelota a la hora del suavizante, y cuando se abre el ventanuco convexo, ¡Jamalají jamalajá! Estambul ¡Jroña que jroña! Mikonos ¡Ándelé! Tijuana ¡Namasté! Bombay ¡Perestroika! Vladivostov ¡Tokiski Yakamoto! Tokio. Por cuatro perras se planta uno en el culo del mundo y le da para fardar hasta la siguiente escapada. Unas foticos digitales que se enseñan impúdicamente hacen de sábana ensangrentada como prueba irrefutable de que se ha hollado Virginia. Porque claro, superado el homo sapiens, qué es el hombre, sino un dispositivo fotovoltaico que se dispara cuando surge lo excepcional (abro paréntesis, lo excepcional=cualquier cosa, comportamiento, costumbre que en el lugar donde se da resulta nimia, inane, baladí, incluso estúpida; y en tu pueblo, piensas mientras tiras la foto, que cuando muestres “la cosa” a tus paisanos va a ser la monda. Cierro paréntesis) . Quién de los presentes no ha sentido el irrefrenable deseo de emular a los más reputados asesinos en serie, tras ser sometido a una infamante sesión de fotos de alcantarillas, escaparates, paradas de autobús, cubos de basura, farolas, trajes típicos, peinados típicos, confitería típica… y cuando uno ha creído sustraerse a tales encantos exóticos y está sumido en sus cosas y pensamientos (esta noche cuando llegue tengo que poner la lavadora o me tengo que cortar las uñas de los pies) de repente, se vuelven a ensañar con uno impúdicamente con punzantes exclamaciones imperativas: ¡Mira! ¡A que parece que va el traje solo andando! ¡Hala! responde uno con un grito fingidamente sorpresivo al contemplar la foto de un negro de noche vestido con una túnica blanca. Verás tú, cuando te enseñe yo la foto del conejo blanco en la nieve de Siberia. ¡Qué sería de uno si no hallara consuelo en la dilatada experiencia acumulada; si no hubiera paseado el nombre de España por los tres continentes, como bien dijera la Pantoja en su día, cuando metieran a Cachuli entre rejas, y ella pese a la presión de los medios, se mostrara esquiva sin decir ni pío, hasta que lo dijo, y bien rebien que lo dijo! Ahora que menciono la patria… no les resulta curioso que de un tiempo a esta parte hay un número desconcertantemente abultado de paisanos que paran por la antigua Yugoslavia. ¡Y qué relación guarda una cosa y la otra, dirán! Coño, por que todos regresan diciendo lo mismo: ¡es como España! ¿Qué querrán decir? Se referirán al paisaje o al escoñe territorial. Debe de ser el paisaje. El otro día, sin ir más lejos, no sé a dónde iba, lo que si recuerdo es que paré a exonerar el vientre; ¡miento!, me disponía a aliviar la vejiga; ¡qué más da, aguas mayores que menores!; era cerca de Gajanejos, un pueblo de La Alcarria, eso sí. Tras la faena, se me ocurrió hacerme una foto. Se la enseñé a un reciente viajero en Croacia. Mira, esto es a las afueras de Zagreb, do you remember? ¡Anda, es verdad, no había caído! Claro que si usted está en uno de esos momentos en que no quiere dejar de presumir de vacaciones, pero tampoco se quiere complicar mucho la existencia, siempre nos quedará París, o la opción “ahí estuve yo”, socorrida frase para cuando pasan por la tele un filme o documental en el que despunta la Torre Eiffel entre cúmulo-nimbos anaranjados; y mutatis mutandi, para la Estatua de la Libertad, las Pirámides de Egipto, el Taj Mahal…
Pero como les decía, atravesamos tiempos confusos. No resulta fácil dejar de ser uno más, miembro o miembra del rebaño. Antaño, las convenciones estaban bien marcadas. Todo quisque sabía quién era Moisés, el pueblo conocía el decálogo y se sometía a él. Los que lo trasgredían, los adoradores del vellocino dorado, estaban bien identificados. Entonces los viajes eran iniciáticos. Se viajaba por necesidad, material o metafísica. Y nunca se regresaba, he ahí el quid. Y si se hacía era para volver a irse, pura melancolía; es decir, el punto de partida, el orígen, constituía el siguiente lugar de veraneo. Ahora nos estresamos con el revoloteo de una mosca y necesitamos relajarnos, ¡normal! Cuando no, experimentar placeres insospechados y disfrutar de lujos asiáticos. Volvemos a vivir tiempos de destierro babilónico. El despiporre es lo convencional, no se engañen. El hecho de observar la ley resulta de lo más osado. En esas estoy, que soy como soy y punto. Pasarme por el haz y el envés del forro de las pelotas las normas ya no me resulta excitante, es más, me parece un coñazo. Si el sol sale y se pone, vuelve a salir, y el condenado no se cansa y vuelve a ponerse por el mismo lado. ¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol? Ni tampoco ná: vanidad de vanidades. ¿Qué se me ha perdido en el otro extremo del planeta? Constantemente trajinando de un lado a otro, como puta por ratrojo, sin oficio ni beneficio, pretendiendo ser el primero que pone una pica en Flandes… Ya está el planeta suficientemente trillado. Lo que pueda hacer uno no es sino acomodar el pie en la horma de quienes ya lo hicieron, como en el paseo de la fama de Holliwood. Claro que si uno no viaja en plan Marco Polo, aparte de París, siempre nos quedará Curro ¿Qué nos mueve, si no, cuando cogemos un avión, un tren o un autobús, mas que matar el tiempo en una playa de lisas arenas y aguas azuladas bajo el sosegante abrazo de la sombra de una palmera tropical, luciendo torso y abdominales bronceados, enfundados en unas bermudas de un color chillón, que para eso nos hemos dejado las pelas en las rebajas y el gimnasio? ¿No les tienta una imagen similar cuando simplemente pronuncian la palabra vacaciones? Hagan la prueba, cierren los ojos y digan conmigo, va-ca-cio-nes, ve-ra-no, pla-ya… Daikiri, Dry-Martini, Mojito, Mulata, mueve tu cu-cu…
En fin, ¡qué chicharrera! Les he soltado todo este rollo para llegar a la conclusión de que pese a ser como soy, soy como los demás: uno más; del montón, como decían las novias desdeñosas de antaño cuando te dejaban por otro. ¡Tú qué te crees, si no eres nada del otro jueves, eres… del montón, y punto! Que ya no hay lugar en el mundo donde pueda sentirme diferente, o evadirme de ser uno más, porque a todos os ha dado por lo mismo y ya no hay quién diantres diferencie el grano de la paja, el trigo de la cizaña, las churras de las merinas. Bienvenidos a un mundo de iguales.
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