La pequeña ciudad de Český Krumlov, al sur de la región de Bohemia, más que atrapada o detenida en el tiempo, como rezan la mayoría de las guías, lo aglutina; incluso, si nos atenemos a la  panorámica desde uno de los múltiples promontorios que la agreste orografía sobre la que se asienta nos ofrece, podría decirse que lo estruja, como si se resistiera a soltar cada momento del pasado que moldeó la imponente estampa con que deslumbra al visitante actual.

La historia de Český Krumlov no se puede leer en un libro, por muy documentado e ilustrado que esté. Tan sólo obtendríamos una idea aproximada si cerrásemos los ojos y como ciegos fuéramos capaces de leer el braille que punza las yemas tras arrugar las hojas, sin vacilar. Los acontecimientos aquí no se sucedieron de manera lineal: fluyeron como  las mansas aguas del Moldava que desertaron de atravesar la ciudad, para escribir, con trazos ebrios de gloria, su nombre (no en vano, proviene del alemán Krumben Ouwe, que significa “prado con forma curva”).

El origen, así como el subsiguiente devenir de la ciudad, va ligado indefectiblemente a la de su colosal castillo. Erigido sobre varias colinas ceñidas por uno de los hiperbólicos meandros del río, su visión se asemeja a la de un viejo navío cargado de tesoros que ha encallado entre las brumas de un sueño lejano y profundo. Varias dinastías de la aristocracia navegaron y naufragaron entre sus muros. Cada una de ellas imprimió, con mayor o menor fortuna, su impronta, pretendidamente indeleble, ampliando, enriqueciendo y remozando la herencia adquirida al gusto de los tiempos que les tocaron en suerte.
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