Volviendo sin querer volver.
Y quedarme, para qué.
Quieto no sé estar si dentro, inquieto,
aletea el pájaro ave de corral
que anuncia que tengo que regresar.
¿A dónde? Al hogar.
¿Cómo? Si no puedo andar, no me tengo;
me muevo, sin embargo.
O no: es un simple mareo.
Demasiados tragos y caladas de cigarro,
surcos en el barro,
cuando la noche era un campo,
y tus ojos, abono para mis ojos.
Para que la cosecha se la lleven otros:
cuervos sin reparo,
que mastican la madrugada,
entre graznidos beodos
y acrobacias suicidas;
remueven los cimientos de la
que quise que fuera mi posada;
toda esta noche y las que hicieran falta,
con tal de librarme de la servidumbre
de mi biografía, como es costumbre fingida
cuando es de día e imagino que oscurece,
miro a lo alto y siembro campos
donde solo hay asfalto;
luego me voy de esta casa,
y llamo a todas las puertas,
a ver si hay suerte,
parece que la había,
mientras pulsaba el timbre,
y se abría, pura, tu mirada,
mirilla de tu alma,
¿a qué aguardas? No la hubo.
Mañana, volveré a intentarlo
―deseo que conjura mi desamparo―
en caso de que la noche sea noche
para echar la jugada,
y los cuervos no tapien
con su desplumadura el agujero
por donde tus ojos me miran:
el ojo de la cerradura que dejas abierto
para que te siga cuando me vaya,
aun cuando lo haga sin querer volver,
igual que he pensado esta noche
mientras me iba. Mejor así.
Si un día me puedo quedar,
quizá piense que me tengo que ir.
La noche poco dura, enseguida termina,
viene el día y hay que alimentar a los cuervos,
que no es poco. Destino de locos.